¿Existe una conexión entre el arte, la creatividad y la locura?

Por Fernando López Armenta

La cultura griega ha legado al mundo herencias valiosísimas como la voz de María Callas, la musaca y la película de Hércules (esa en la que Tatiana no quiere hablar de su amor). También fue esta civilización balcánica la autora intelectual de las primeras teorías de la personalidad que se conocen y en las que se ha rastreado el origen del mito sobre la ineludible simbiosis que supuestamente existe entre la genialidad y la locura. Los médicos y eruditos griegos agruparon diferentes afecciones físicas y mentales bajo un mismo nombre: la melancolía, término que proviene de la fusión de dos palabras griegas: melas (negro) y cholis (bilis). La personalidad melancólica, en aquel tiempo, estuvo asociada con la excelencia y la genialidad, ya que muchas personas que destacaban en la política, las artes y la guerra mostraban rasgos típicamente melancólicos. Platón, por ejemplo, consideraba que algunos estados de alteración mental eran un regalo de los dioses que les permitía a los artistas llevar a cabo sus obras. De acuerdo con este prolífico filósofo, existía un tipo de locura que se convertía en el manantial del que emanaba el genio creativo de los artistas.

Siglos después, con la llegada del Renacimiento, la cultura grecorromana fue retomada como fuente inagotable de inspiración y gracias a ello se fortaleció la concepción helénica en la que se vinculaba la genialidad artística y la creatividad con algunos padecimientos mentales. Es bien sabido que la comunidad intelectual tuvo demasiadas ocupaciones durante el Renacimiento (por ejemplo, escapar de la persecución de Estado Vaticano y planear los efectos especiales de la película del Código Da Vinci) y tal vez esta fue la razón por la que decidieron obviar la hipotética correlación entre la locura y la genialidad. Desde entonces, esta idea quedó arraigada profundamente en el imaginario colectivo y, durante mucho tiempo, nadie se detuvo a pensar en que toda esta teoría carecía de bases empíricas reales que sustentaran sus conclusiones.

Sí, es verdad. Está ampliamente documentado que muchos artistas, científicos e intelectuales reconocidos internacionalmente, presentaron síntomas de enfermedades mentales en algunos momentos de sus vidas.  Frida Kahlo, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Vincent van Gogh, Virginia Woolf, Edgar Allan Poe, Nikola Tesla, Salvador Dalí, Sigmund Freud y la mismísima Lindsay Lohan son solo ejemplos de las celebérrimas personalidades que, en su particular estilo, solían pasar algunas temporadas del otro lado de la frontera de la cordura. Gracias a muchos de ellos, en nuestra cultura se popularizó el arquetipo del artista que se debate entre tener las cabras amarradas o soltarlas libres por el monte. La imagen del genio atormentado parecía tan verosímil que incluso hubo estudios “científicos” (de dudable confiabilidad) en los que se juraba por los clavos de Cristo que la creatividad predisponía a la locura.

Por desgracia para la prensa sensacionalista, las leyendas urbanas y los mitos hipsters tienen un enemigo implacable que cada día se vuelve más poderoso: la estadística inferencial. Basta que esta disciplina sea nombrada para que más de un científico comience a temblar y a suplicar misericordia. Gracias al desarrollo de software especializado y complejos lenguajes de programación,  los análisis estadísticos actuales tienen la capacidad de medir la confiabilidad, validez y credibilidad de los resultados que se obtienen a través de diferentes métodos experimentales. Con el uso de estos procedimientos matemáticos se ha podido corroborar la presencia de errores metodológicos y sesgos importantes en el diseño experimental de muchos estudios en los que supuestamente se había comprobado la teoría helénica sobre la creatividad y la locura.

En aras de mantener el rigor periodístico de este texto, es necesario mencionar que los resultados de las investigaciones sobre este tema no han sido completamente concluyentes. El hecho de que no se haya comprobado una correlación causal entre la creatividad y los trastornos mentales no quiere decir que ambos fenómenos no lleguen a tocarse en algún punto del amplio espectro que cada uno abarca. Lo que sí se puede afirmar con seguridad es que no todos los enfermos mentales son artistas y no todos los artistas presentan trastornos mentales. Los creativos, los científicos, los contadores, los fontaneros y los youtubers tienen el mismo riesgo de presentar síntomas de psicopatología.

Las neurociencias han llegado a ofrecer un premio de consolación para los artistas modernillos que son miembros del club de los “únicos y especiales”.  En años recientes se han publicado estudios en los que se ha probado que ALGUNOS circuitos neuronales funcionan de forma distinta en las personas que se dedican a actividades creativas. Pero esperen, todavía no truenen sus cuetes. Decir que estas redes neuronales muestran un funcionamiento peculiar en los cerebros creativos, de ninguna manera debe tomarse como un indicador de funcionamiento superior o de patología mental. Por desgracia, estos estudios no son suficientes para saber si dichos circuitos neuronales mostraban ese tipo de funcionamiento antes del ejercicio de actividades creativas o si fueron las actividades creativas las que modificaron el funcionamiento de estas vías neuronales.

Muchas dudas sobre este tema permanecen en el aire y para resolverlas será necesario recorrer un largo camino minado con ecuaciones estadísticas y mantener siempre una postura crítica ante los mitos que parecer creíbles. En el caso que nos atañe, el mito de la conexión entre la patología mental, la genialidad artística y la creatividad probablemente solo ha sido el pretexto que algunos han utilizado para justificar hechos tan cotidianos como la falta de asertividad, carencia de habilidades sociales y un nivel deficiente de inteligencia emocional, situaciones que pueden presentarse en cualquier persona, sin importar su ocupación.


Imagen: http://primeview.co/healthcare/mental-illness-and-perceptions/

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