Eterno camino

Por Jimena Cerón

 

Parece absurdo el pensar que hay cosas que terminan en el momento que se decide, recuerdo como llegué a aquel lugar, recuerdo no tener un plan ni intención de permanecer, sólo se trataba de hacer algo en los momentos donde la ociosidad podría traicionarme y convertirse en un momento incómodo de soledad que si bien siempre me es grata, fue suplida por la tranquilidad que me producía no parar de estar, de caminar.

Los primeros escenarios fueron la descripción de algunos pensamientos que entendí al paso de los meses, impresionándome con algunas antiguas calles de la ciudad, museos, parques que se quedaron en un lugar inferior cuando la impresión de las calles solas y los momentos de soledad compartida llegaron. El encuentro  por mil y un excusas se vio repetido para postergarlo hasta que pudimos encontrarnos unidos en un sólo ente de dobles extremidades, tras cada uno de esos momentos quedé perpleja, hasta que podía mantenerme en pie y seguir el andar.

Las primeras letras de este recuerdo deben permanecer en algún cuadernillo de hojas rayadas con una y mil ideas dispuestas a aparecer en el momento que nuevamente quiera escribir el final para recordarme que olvidé un detalle y debo regresar por él. Pasando de los libros a la lluvia y terminar corriendo por la vereda que conduce al castillo estuve aquella ocasión que felizmente contemplé una orquesta que tocaba para tres: Carmina Burana es el apartado musical que debe de ser recordado conexo a estas líneas que hacen entender algo de lo comprensible que se vuelve el tiempo cuando la relatividad es su principal característica, así no hay fin.

Prefiero hablar de la parte en que la sombra de los árboles que celan completamente un tramo de las vías del tren, un recorrido extraño que puede enseñar desde el paso de los infantes a la primaria como la ostentosidad industrial que ha llegado a esos puntos. Como si lo suplicara de forma fuerte y clara, la tranquilidad producida por la plática y la risa, mucha risa; me hizo recobrar el sentido del caminar y por el cual llevaba tiempo sin detenerme, pasaron imágenes de viajes a otras tierras donde suponía ya no era en el que me encontraba, aunque siempre estuve equivocada al encontrarme pensando en aquello.

Fue aquel día cuando lo entendí, me encontraba en un lugar que no tenía límites, cada que suponía me acercaba al final o saldría, descubría que solo crecía más, se extendía a aquellos lugares donde nunca había estado y subsanar con nuevos recuerdos aquellos lugares donde alguna vez la vida me había hecho sufrir. Si de eso se trataba entonces tendría que aprender a estar en los lugares donde se ponía difícil el camino, aprender a apoyar en los cambios. Por eso es que dejé de intentar huir, porque era grato superar algunas cuestiones porque siempre era la tranquilidad la que terminaba estando.

“The woman in gold” debí de ser llamada desde hace tiempo, como una espesa pintura de 1907 que sólo puede permanecer en la memoria si alguien habla de ella, si la muestra, si se siente observada, si desarrolla un interés particular en su tratar que misma ella, sin vida, postrada en la pared, se siente viva. Se siente viva porque puede escuchar como es admirada cuando dan la media vuelta y porque siempre que pasa el plumero cerca de su nariz, la arrisca de un modo cautivador para que se le pida lo haga de nuevo, la sonrisa del observador se convierte en una bella carcajada en silencio que le hace temer que pueda dejar de provocarlo, ser la única modelo que gustes pintar.

Si pudiéramos unir los trazos de camino donde se acompaña de su tranquilidad descubriremos un mapa enorme donde los escenarios son tan diversos que podría ocurrir cualquier cosa que logres pensar, y si lo que existe no siempre es real porque tendría que ser real y no existir, por ello la unión de los relatos deberá contener en algún momento la totalidad de lo que puede ser externado, para que nadie lo entienda y todos tienden a generar una imagen desde el punto propio donde están alojados.

No existe tampoco una lista ahora de los lugares a donde se piensa ir, pues llegarán y serán descubiertos cuando se puedan ampliar esos horizontes, lo que se sabe es que se tiene una amplia disposición para seguirlo haciendo, para no detenerse, para seguir de frente y retroceder para caminar de vereda si en algún momento se decide ir la tranquilidad, mientras eso pasa será reforzada con momentos de compartir la dicha de sentir el vibrar de los dedos o la ausencia de las palabras para ocupar lo que nos representa, la escritura, en distintas dimensiones, con distintos signos sin olvidarnos de los símbolos que ya son ahora nuestros. Caminar siempre será la mejor opción para saber andar.


Imagen: The Woman in Gold by Gustav Klimt All rights reserved Neue Galerie

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