Estimulación textual

Por Guillermo Alvarado

En realidad ella no era tan diferente, disfrutaba del chocolate y de los días lluviosos, y aunque quizás existan millones de personas con quien comparta estos gustos, ninguna de ellas podría reaccionar a la lectura como ella lo hacía, porque ella encontraba el placer sublime en quien posara sus dedos, sus labios y su capacidad lectora en lo que la vida y también quizás algún dios curioso y morboso le concedieron por genitales: un libro.

Tal cual se lee arriba y tal cual cuesta trabajo el entenderlo a la primera, ella era una chica con una peculiar anatomía, para algunos quizás repulsiva o incluso innecesaria, pero para mi, era una maravilla, una diferencia que al final marcó mi vida con un antes y un después en tanto a mi concepto sobre el amor, y en ella encontré una manera diferente de amar, de entender el amor, de practicarlo, de saborearlo y de trascenderlo.

La conocí en una librería, hecho curioso puesto no imaginaba lo que pasaría después, ella revisaba los libros con tal afición que me interese de inmediato y comencé a observarla, cabe destacar que era una librería de libros usados, una amplia bodega rectangular de techos altos e iluminación amarillenta, en donde la vasta mayoría de aquellos libros habían pasado por al menos un par de manos antes de llegar allí, pero no por ello carecían de lustre o de interés y conocimiento por brindar, al contrario, cada historia, ensayo o idea plasmada en sus hojas había inspirado a alguien, dando pie al devenir creativo ya sea para bien o para mal, dando como resultado una selección de libros con experiencias almacenadas, cada hoja doblada o cada nota al pie o al margen de las páginas era una distinción de su efectividad, de su estadía con un literato o un médico o quizás un joven estudiante ávido de aprendizaje.

Llevaba un tomo de pasta dura en color vino quemado, no alcanzaba a distinguir de qué trataba o cuál era el titulo, pero me llamó particularmente la atención en como lo sostenía, con ambas manos, lo hojeaba con movimientos lentos y firmes, como si en el libro existieran diminutas corrientes de aire que facilitarán el roce de sus manos al pasar las páginas dando la impresión de que cambiaban por sí solas, sus dedos finos y blancos se deslizaban suavemente por entre las hojas al ritmo de su lectura, era un espectáculo que solo las estanterías altas de la librería podían aprecia, solo ellas y yo, que me encontraba a un librero de distancia, y que por entre los lomos de los libros la observaba, sus manos, sus dedos, su cara, sus labios, era una mujer joven, con un par de ojos atentos y arqueados protegidos detrás de uno lentes de pasta, coronados por unas cejas pobladas y negras con una expresión de intriga y diversión, su boca haciendo una mueca al leer, ladeando sus labios de un lado a otro, casi podía adivinar el movimiento de su lengua en conjunto al de sus labios, su nariz y pómulos le otorgaban un aire diplomático, como si leyera o analizara el texto desde un estrado. Vestía una blusa con bolsillos diminutos inútiles en la parte del pecho y una falda tableada, ambas prendas en color negro, la acompañaba una bolsa de mano pequeña, que no se movía de su antebrazo izquierdo. No notaba algún maquillaje particular, ni algún aroma especial, quizás el lugar no era el idóneo para encontrarte a alguien tan interesante y bella, una tienda de libros viejos no parecía ser el lugar para encontrar al amor, pero estoy seguro que en ese momento el amor me había encontrado a mi.

Me delato mi propia sombra, unos movimientos torpes detrás del librero próximo hicieron que ella me descubriera, de inmediato bajó el libro y se giró dándome la espalda, fingiendo buscar entre los lomos de los libros algún título que aún no se ha escrito. No reaccione de inmediato, mi intención no era acosarla, pero tampoco saldría de allí sin siquiera conocer su nombre, quizás podría encontrarla nuevamente algún otro día, pero de no ser así me lamentaría terriblemente. Tome una distancia considerable esperando que ella no se retirara de la librería y por fortuna no fue así, comencé a arrastrarme y agacharme escondiéndome de ella para por fin situarme en un librero al que ella se aproximaba. Escogiendo mis palabras cuidadosamente y esperando un encuentro menos pervertido y más natural, voltee mi cabeza y mirándola le dije -Uno encuentra muy buenos libros aquí, ¿no?- ella solo asintió con su cabeza y siguió de largo, de inmediato me gire a dónde se dirigía y agregue -Perdón por si llegue a asustarte mientras leías allá atrás, no fue mi intención y de verdad te pido disculpas, leer es algo muy personal…- se detuvo y me respondió -Esta bien, no te preocupes- me regalo una sonrisa genérica pero amable y continuó su andar a la caja. Era claro que no le interesaba charlar, quizás había arruinado su visita a su librería favorita, lo mejor era tomar distancia, quizás después de todo la volvería a ver en algún otro momento.

Y así fue, visitaba aquella librería cada que podía, al menos dos veces a la semana estaba allí, y casi siempre la encontraba a ella, cabe destacar que siempre iba los sábados por la mañana y algún otro día entre semana siendo regularmente miércoles o jueves por la tarde, y en la mayoría de las veces tuve a bien encontrarme con ella, claro que no intercambiamos palabras, solo de vez en cuando nuestras miradas se cruzaban y compartíamos una cierta complicidad solo respondiéndonos con un gesto o asintiendo con la cabeza, a veces nos encontrábamos en el mismo pasillo pero sin emitir ningún comentario, por lo general estábamos solos nunca había más de cinco personas en la librería, hacía algo de frío y la luz seguía siendo amarillenta, así pasaron un par de meses, al final de ese tiempo me pareció ver algún atisbo de sonrisa en su cara al encontrarnos, yo me conformaba con poder encontrarla en aquella librería, sin conocer nada de ella salvo lo que la imaginación me dictaba y reescribía constantemente.

En una ocasión mientras estaba revisando la mesa de libros en descuento, donde usualmente terminaban varias copias del mismo título siendo por lo general libros de autoayuda o de vez en cuando libros de espiritualidad, llegó ella un poco agitada, mirando por arriba de su hombro, me pareció un poco extraño, pero verla era suficiente para mi, ella pasó de largo internándose en la librería rápidamente sin poder notarme, poco tiempo después entró un hombre, era joven quizás estudiante pero en sus ojos lo vi, no buscaba libros, la buscaba a ella, tenía práctica escudriñando los libreros y estanterías así que lo seguí, el la encontró rápidamente, escuche le decía algunas cosas, ella le respondía cortante, me acerque un poco más, ella le decía -Ya deja de seguirme, o le diré al dueño, le diré que…-

en ese momento el la tomo del brazo y la intentó acorralar ella se zafó pero empezó a levantar la voz, sin pensarlo dos veces salí de donde estaba y lo confronte, quizás haya sido por la forma tan sorpresiva casi inmediata en que salí a su llamado pero él no reaccionó violento su prepotencia se desvaneció y asustado sin decir mas nada se retiró sin decir más, solo volteo viéndonos con desdén pero sin detenerse un momento, lo vimos salir de la librería.

Ella -Gracias, me estaba siguiendo desde el metro, pero no pensé se atrevería a entrar aquí y seguir molestándome.-

Yo -¿Estas bien? ¿No intento nada más?

Ella -No, es un cobarde que piensa que tiene el derecho de acosar solo porque puede hacerlo

Yo -Entiendo. He tratado con gente así.

Ella -Son detestables, yo he tratado con muchos más.

Yo -Me imagino. Soy Saúl por cierto, te he visto varias veces pero nunca he podido presentarme.

Ella -Aidé, mucho gusto Saúl, si te he visto por aquí los últimos meses.

Yo -Si, esta librería me trae buenos recuerdos, me aleje un poco y comencé a frecuentar otras librerías, ya sabes, con instalaciones modernas y cafeterías incluidas, llenas de títulos nuevos en bolsas, pero empezaba a oler más a café y plástico, la gente compra libros que no lee habla de ideas que no son suyas, y toma café para soportarse no para estimular la charla, en fin estoy diciendo de más creo…-

Ella -No, para nada, es justo lo que pienso. Aquí los libros tienen vida, fueron útiles para algunos y les serán útiles a otros mas, de nada sirve tener libros si no eres capaz de compartir lo que sabes.

Yo -Si, no lo había pensado así, pero tienes razón, compartir es lo que debe unirnos, no solo poseer.

Ella -Sí, ¿y a que te dedicas?

Yo -Soy mi propio jefe, vendo diversos productos por medio de internet.

Desde luego que no podía decirle que tipo de productos, no siempre es bien visto el negocio de juguetes eróticos y estimulantes sexuales.

Platicamos un rato más entre libros, no me pareció oportuno invitarla a salir en ese momento pero compartimos teléfonos, al menos ahora podría estar en contacto con ella fuera de la librería, era un paso decisivo a poder conocernos mejor.


Imagen: https://lapaseata.net/2016/12/03/alla-voy/

 

 

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