Escritor de Vips (A manera de presentación)

Por Gerardo Akbalam Contreras

Tazas de café, humo del cigarro e interminables charlas de mujeres treintañeras, eran justo las cosas que buscaba evadir. La primera vez que fui a las reuniones de mi madre conocí la eternidad.  El aburrimiento me hizo explorar nuevos horizontes del único Vips de la ciudad de Oaxaca. En una de esas escapadas encontré un aparador inmenso que daba vueltas. Mitología griega para niños, ¿Cómo enfrentarse a su jefe?, Mitología egipcia para niños, Consiga un aumento, Leyendas de México. En una actitud de infantil exigencia lloré para que mi madre me comprara alguno de esos libros. No hubo resistencia y a falta de un jefe con el que me enfrentara me decidí por la mitología.

El sonido líquido del café desapareció. El olor a nicotina se difuminaba. Las quejas contra los maridos callaron. Pegasos, momias, héroes y dioses me hicieron encontrarle final a esas reuniones. Historias cortas, letra enorme y dibujos hechos con las patas, motivaban a mi ego para verme como un devorador de libros.  

Dejé de ir a las reuniones  y deje los libros de la editorial SELECTOR. Cambié la mitología por la laboriosa búsqueda de Wally y las enormes imágenes de El Pequeño Larousse. Mi papá observó mi entusiasmo por los libros y sus esperanzas, diluidas por mi hermano al no leer,  resurgieron. Me mostró sus libros de Rius que me parecían de otro siglo. Trató de explicarme los versos de quién sabe qué poeta. Me dio un libro de leyendas escritos con las mismas palabras que se usaban en la época de la Colonia. Yo no entendí nada de Los Agachados, no sabía porque un poeta podría odiar a la Ciudad de México, ni me llamaba la atención las historias de hace muchísimos años.

Su actitud me aterró al ver como se proyectaba en mí con los libros como lo hacía con mi hermano y el fútbol. Al ver ese probable escenario no me quedó más que huir. Encontré refugio en el Play Satation y el Nintendo 64, en horas pegado frente a la tele viendo toda la programación del Canal Cinco.

Mi padre, después de un tiempo, me dejó en paz. Yo lo más que leía era la caja de las Zucaritas en el desayuno, pero conocía a la perfección todos los capítulos de los Simpson, Dragón Ball y Pokemón. Esa rutina de constante enajenamiento me hizo darme cuenta que todos los capítulos eran parecidos, que eran predecibles y siempre ganaban los buenos. Para ese entonces ya estaba en la secundaria y necesitaba algo más.

Un amigo y yo iniciamos la búsqueda de ese “algo más” en la ventana del cuarto de servicio donde se cambiaba la del aseo. Nos dimos cuenta que no era el camino en el instante en el que fuimos acusados y castigados por andar de mirones. Mi camarada y yo llegamos a la conclusión de que por el momento la única forma de ver cuerpos femeninos y desnudos era comprando una fotonovela porno, literatura de altos vuelos.

Tuvimos el material por una semana hasta que la encontraron mis papás bajo el colchón. No nos importó mucho, compramos más. Las leíamos con religiosidad y presumíamos de nuestros conocimientos en el tema con nuestros amigos.  Las historias eran más que bizarras y el lenguaje una proeza al acomodar las palabras “calientito” y “rico” en casi toda oración.

El fin de esa práctica llegó con el internet, que para ese entonces, todavía hacía sonidos rarísimos al conectarse. La imagen fija fue sustituida por la imagen en movimiento y fuimos felices por algún tiempo. El problema llegó cuando nos dimos cuenta que en esos videos no había historias, y si las había, no pasaban de la del lavador de piscinas o el plomero. Comenzaba a necesitar una trama que no encontraba ni en las caricaturas ni en el internet.

La solución llegó en unas vacaciones en el que me puse a explorar los libros de mi papá. Encontré un libro diferente a los de superación personal que nos obligaban a leer en la escuela. En éste no me decían cómo encontrar el éxito en la vida haciendo analogías con un queso ni con armaduras oxidadas. Era la historia de un tipo como de mi edad que contaba lo que le pasaba. Todo muy casual, muy cool.  El libro: De Perfil de José Agustín.

Un libro me llevó a otro y me acerqué a vidas ajenas a la propia. Encontré temas de conversación con mi papá y apague la televisión. Viví vidas que estaban fuera de México y hasta fuera de este tiempo, fui pirata y fui explorador en una sola semana, fui detective y prisionero de guerra en un sólo año escolar. Evadí las pláticas de futbol que eran el pan de cada día en la escuela y disfruté el estar solo, pero como buen ser humano la satisfacción del deseo sólo fue el inicio de una nueva ambición.

Ya no era suficiente consumir las historias de los demás, quería contar lo que mi imaginación me dictaba, quería escribir en mi libreta lo que nunca nadie había dicho. Lo intenté y fallé casi con la misma gracia que lo hice al tratar de espiar a la del aseo. Mi primer intento fue una noveleta de unas treinta hojas en la que un joven embaraza a su novia y al momento de enterarse de que iba a ser papá se descubre homosexual. Una historia llena de estereotipos, salidas fáciles y predecible desde la primera hoja. Haz de cuenta un capítulo de la Rosa de Guadalupe.

No me di por vencido y seguí escribiendo. Aprendí que hay que leer a todos los que puedas para aspirar a escribir como nadie. Ahora sigo escribiendo y leyendo, pero ya no símiles de la Rosa de Guadalupe. Ahora escribo lo que estás leyendo que por una extraña razón, no sé cuál,  fue redactado en un Vips donde hay tazas de café, humo de cigarro y charlas de mujeres treintañeras.


Imagen: http://georgenebieridze.tumblr.com

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