Esclavitud, por favor

Por Ale Sánchez

Quien haya acudido a una entrevista de trabajo sabe bien todo lo que está en juego al responder cada pregunta. No importa lo estrafalaria, invasiva o denigrante que pueda resultar, cada una tiene una respuesta “más correcta” que otra y demanda ser atendida sin evasivas. Desde “¿por qué dejaste tu otro trabajo?”, pasando por “¿con quién vives y a cuánto ascienden tus gastos?”, hasta extremos como “¿estarías dispuesta(o) a coquetear con la clientela?”.

Sabes que no puedes hablar de enfermedades y achaques o te descartarán sin piedad. ¿Qué más da si el anuncio no indicaba que debías (por ejemplo) cargar cajas y cosas pesadas? Si pides empleo en un supermercado o en una bodega de muebles, debes dar por sentado que lo harás y ninguna receta médica o alma clemente te salvará si realmente quieres el empleo. Tampoco se te permite hablar mal de tu antiguo trabajo, independientemente de que tus jefes te hayan acosado o de que no hayas podido tener veinte minutos completos al día para sentarte y comer en paz. A recursos humanos no le interesan los “golpes” que hayas recibido, sino tu capacidad para aguantarlos; si te quejas, eres débil y poco apto.

O bien, te postulas a una vacante que anuncia un sueldo determinado y al llegar a la entrevista descubres que se trata de un sueldo integrado cuya base es la mitad de lo que anunciaron, pero ¡cuidado si les mientes en el CV! Ah, y debes de tener el estado civil adecuado, la disponibilidad de tiempo adecuada – o sea, TOTAL- y contar con un magistral control de esfínteres. Eso si no se trata de un timo o un negocio mucho más macabro.

En fin, todas estas situaciones y muchas otras que han quedado sin mencionar, hablan de un escenario laboral terrible y totalmente inhumano al que la población económicamente activa es sometida en nuestro país. En pocas palabras, se acude a las empresas a rogar ser aceptados como sus nuevos esclavos. ¿Y por qué? Pues porque no se nos presenta algo mejor, porque somos muchos en pos de un mismo puesto y porque tenemos que comer.

Una vez dentro, existen otras adversidades: que si te queda muy lejos y pasas fuera de casa 10 horas al día (o doce o trece, porque la jornada resulta más larga de lo que marca la ley y porque de alguna forma hay que reponer la hora de descanso, si te la dan); que si un tercio de lo que te pagan se va en transporte y en botanitas para aguantar hasta tu siguiente comida; que si tu único día libre lo pasas reponiendo energías y no te alcanzan las horas para lavar la ropa, dejar limpia la casa, preparar tus lunches y aparte desarrollar una afición constructiva; que si ya no ves a tus hijos y amistades… Y las cuestiones propias de la relación laboral: la presión, las horas extra involuntarias y/o no pagadas, etcétera.

Cuando logras medio cubrir tus gastos básicos y te tratan al menos con cierta decencia, te dices que es un buen empleo y que estás a gusto. Y claro, te da terror volver a la incertidumbre financiera, de manera que, si de ti depende, permaneces. Puede que esa sea la peor parte, cuando ya no logras distinguir la importancia de esos detalles y se convierte en lo normal.

Sin embargo, el sistema educativo público desde las primeras etapas y la sociedad en general, continúan reforzando la idea de que “se puede llegar muy lejos simplemente echándole ganas a la escuela”, por más que pasen de largo sin enseñar las cosas que realmente exige un empleo (al menos uno bueno), incluyendo una lengua extranjera realmente dominada –que si no sale del bolsillo propio, menos del presupuesto público- y más requisitos que vas descubriendo en el camino y que el bolsillo no permite subsanar por fuera.

Así que al crecer la realidad es dura, en especial si se toma en cuenta que los empleos en su mayoría pagan solamente entre uno y dos salarios mínimos y están dirigidos a egresados de educación básica y media superior. La experiencia -para rangos de edad determinados- dominio de herramientas o técnicas constantemente actualizadas así como la agresividad comercial a veces mejoran esta perspectiva. En cambio, los empleos para candidatos con licenciatura escasean notablemente o son ofrecidos a pasantes y recién egresados para mantener un sueldo bajo y pocas prestaciones, a su vez que los candidatos con título -y/o no tan “fresquecitos”- son rechazados inclusive en los puestos de bajo perfil. Irónicamente, es la época en que resulta contraproducente contar con educación superior, salvo quizá para algunas carreras y para egresados de universidades privadas prestigiosas.

Pero la economía –o la administración pública- se las arregla para voltear el argumento y se inventa nombres graciosos y creativos como ninis o treinteenagers, con los que logra que la carga negativa de esta situación recaiga sobre los afectados, que no tienen ingresos fijos ni viven por su cuenta supuestamente porque “no han madurado” y “son holgazanes”. De ahí que el emprendedurismo se haya vuelto la nueva panacea, aunque pudiera no ser ni una solución global ni un camino sencillo.

Más allá de si el autoempleo (formal) –PyMEs- debe o no convertirse en el modelo nacional de desarrollo económico individual y comunitario, reverbera la necesidad de conseguir tanto un buen capital que soporte desde los primeros pasos hasta el retorno de inversión, como una asesoría y capacitación adecuada sumadas a un marketing de calidad para asegurar que prospere. Por esta razón, aunque funcione para unos, sigue siendo complicado para otros, quienes de momento continuarán en las filas de los buscaempleos y los empleados convencionales, ayudando a perpetuar la fea realidad laboral antes descrita.


Imagen:  http://cospringsrealestatenews.com/wp-content/uploads/2011/11/Man-Holding-Work-For-Food-Sign.jpg

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