Equidad en todo el sentido de la palabra

Por Ana Elvira Quiñones

“La igualdad es el alma de la libertad, de hecho, no hay libertad sin ella.”

Francis Wright

Recientemente, me he topado en las redes sociales con memes, imágenes o comentarios en los que se desprestigia el movimiento feminista, llegando a ver que incluso hay quienes utilizan la palabra compuesta “femi-nazi”. No sé cómo, por qué o a quién se le ocurrió, pero lo único que puedo inferir es que desafortunadamente, debió haber sido porque confundieron el concepto de feminismo con el de hembrismo. O si esa persona conocía las diferencias y creó el término para referirse a las mujeres cuya forma de pensar va más orientada al hembrismo, probablemente no tuvo idea de que podía generar confusión para quienes no distinguían entre ambos términos.

El feminismo, dicho sencillamente, es la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres; mientras que el hembrismo es el desprecio hacia los hombres y sentimiento de superioridad sobre ellos, en otras palabras, es lo que a los hombres les correspondería como machismo.

Y aunque es verdad que mucho se ha avanzado desde que surgieron los primeros movimientos feministas en el mundo, la batalla para que la igualdad de género deje ser considerada algo utópico, aún es larga. Porque si bien, podríamos mencionar como ejemplo, que actualmente las mujeres tenemos las mismas oportunidades que los hombres de estudiar, es un hecho que todavía tenemos dificultades para desarrollarnos en el ámbito laboral, porque existen los dos polos opuestos: si tienes un buen sueldo y empleo es porque eres mujer, y si no, también ha de ser por eso; sin ni siquiera, algunas veces, analizar las aptitudes o capacidades que pudieras poseer como profesionista. De igual forma, algunas personas siguen catalogando de “jotos” o “maricones” a aquellos hombres cuyos intereses se orientan a actividades que son consideradas propias de mujeres por la sociedad, tales como ser estilistas, diseñadores de moda o inclusive chefs.

Además, ya sea por cuestiones sociales y culturales, o por la influencia de los medios de comunicación, se nos ha infundido una imagen de cómo debe ser el hombre: rudo, varonil, fuerte y sin ser muy dado a expresar sus emociones o a preocuparse por su apariencia; y en contraparte la imagen de la mujer como femenina, delicada, sensible y más orientada a labores domésticas. Y aunque en las últimas décadas se han ido cambiando poco a poco los roles, aún existen los conservadores quienes tiemblan delante de este tipo de situaciones o se burlan de ello, y de igual manera piensan que el mundo se ha puesto de cabeza sólo porque cada vez hay más personas que “salen del closet”.

Pero de acuerdo con las acepciones número uno y cinco del significado de la palabra “equidad”, en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, ésta es sencillamente: “Igualdad de ánimo.” Y “Disposición del ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece.” Entonces “dar a cada uno lo que merece” es naturalmente que todos debemos poseer los mismos derechos, sin distinción entre hombres, mujeres, y abarcando un sentido más amplio; sin importar la raza, religión, edad, preferencias sexuales, o intereses políticos: solo por ser humanos.

Así pues, la equidad en todo el sentido de la palabra, no debe ser algo más que aceptarnos como diferentes y reconocernos al mismo tiempo como iguales, porque el hecho de contar con esas diferencias hace que tengamos algo en común como seres humanos.

No basta con sólo decir que estás a favor de ella, pero molestas a algún amigo al que le interesa alguna actividad que no es considerada propia de varones, o tachas de “mandilón” a aquél compañero que ayuda a su madre o esposa en las labores domésticas, o pretendes insultar a algún hombre llamándolo mujer, nena o niña, como si fueran sinónimos de debilidad; si crees que la femineidad hace más mujer a la mujer, o piensas mal cuando tu compañera de trabajo obtuvo algún puesto mejor que el tuyo, sin analizar que probablemente trabajó y se esforzó duro para ello. Tampoco es suficiente decirlo y manifestarlo en las redes sociales, si te ríes de los chistes homofóbicos, si aún ves con recelo en las calles a personas travestis o transexuales; si te parece abominable la demostración de afecto entre dos personas del mismo sexo en los lugares públicos, si utilizas la palabra “gay” como insulto; o si cuentas como anécdota a tus demás amigos que conoces a alguna persona homosexual o lesbiana.

Y ante todo no debemos olvidar, como dije anteriormente, que todos poseemos los mismos derechos y que uno de ellos es el de ser libre de ser quienes queramos, de decir lo pensemos y expresar lo que sintamos; pero antes de juzgar a alguien por alguna condición distinta a la nuestra, hay que recordar también, que nuestra libertad termina donde comienza la del otro.

 


Imagen de: http://k18.kn3.net/taringa/6/8/2/4/7/4/3/rodrigodeth/D7B.jpg?4783

Comentarios

Comentarios