Entre el deber y la imprudencia

Por Uriel Carrillo Altamirano

La vida privada de un individuo no debe ser pública, mucho menos la esfera más íntima que cada uno posee. Pero, ¿qué sucede cuando la información personal es expuesta de manera pública? ¿Se puede hacer algo para proteger la integridad?

En una sociedad actual donde la tecnología abunda y los flujos de información son cada vez más constantes, es muy poco probable que la difusión de contenidos virales se detenga. Si no se tienen los medios y herramientas necesarias la vida privada e íntima corre peligro.

Esto se vuelve más complejo cuando el individuo, el cual sufre las consecuencias de la publicidad, ya no puede hacer nada. Es decir, no tiene la posibilidad mínima de esclarecer aquello que se dice o no sobre su persona. Siendo estrictos, no importa cuanta o qué tipo de información sobre uno se comparta, lo que más importa es el uso y la interpretación que los demás hacen de ella.

Lesvy Berlín Osorio Martínez no tuvo esa oportunidad. Porque incluso cuando se corroboró que el cuerpo era suyo, ella no pudo decir qué le había pasado. En ese momento ya nada le pertenecía, para entonces la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México (PGJCDMX), los miles de mujeres y hombres asesinados en este país, la opinión pública y los medios de comunicación reclamaban su muerte.

Como una institución garante la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México, tiene muchas tareas con la ciudadanía, con algunos sectores más que otros, esto en el sentido de asegurar una igualdad de condiciones. Sin embargo, en una sociedad donde a diario se luchan con actitudes machistas y patriarcales la tarea se vuelve difícil, a tal grado que, a veces, parece mejor evadir la responsabilidad, ser insensibles a lo que sucede o no querer ver.

Asegurar justicia a los involucrados es su tarea esencial. La PGJCDMX no es una fuente de noticias ni de información. Al tratarse de un posible homicidio (feminicidio) en la vía pública tiene que dar cierta información sobre el proceso. Sin embargo, la cuenta de twitter de dicha dependencia rebasó los límites entre información y amarillismo. Lo anterior porque no tiene ningún derecho de utilizar la información personal de nadie.

Inadecuado fue el uso de ese medio de comunicación en pro de una comunicación gubernamental. Una institución como la PGJ de esta ciudad no puede ser tan insensible ante lo que publica y confundir el informar con utilizar los datos personales como fuente generadora de morbo.

Cuando los tweets fueron publicados Lesvy Berlín Osorio Martínez fue atacada, pero esta vez nada pudo hacer. Sólo su familia y los miles de usuarios, conscientes de lo que ese discurso representa, se dieron a la tarea de repudiar dichos mensajes.

No hay que olvidar que México es uno de los países con mayores índices de violencia contra mujeres. En ese contexto, cuando Lesvy fue encontrada fue necesario implementar el protocolo de feminicidio. Ese fue un acierto, pero el problema es que ese mismo protocolo no ha llegado a todas las áreas de la institución; el resultado es la imprudencia de quienes emitieron esos mensajes.

No solo se trata de evidenciar lo mal que realizan el trabajo los encargados de las instituciones. También es punto de reflexión para aquellos quienes, a partir de la información vertida en redes sociodigitales, se dedicaron a difundirla sin detenerse a pensar en las implicaciones éticas del acto.

Ser honestos y responsables significa, en tiempos de la pos verdad, repensar lo que digo, leo y comparto con los demás. No basta con lavarse las manos y culpar a los medios de ser insensibles. Todos fallamos, como Estado, como nación.

Que sí los medios son amarillistas o sensacionalistas. Sí, seguramente más de diez medios pensaron en vender la noticia y ser los primeros en publicarla. Pero, ¿Dónde queda la responsabilidad de la sociedad que decide consumir esa noticia?

Es muy sencillo arrojar la piedra y golpear al otro. Si queremos avanzar hacia una sociedad democrática, justa y equitativa (más que igualitaria), este es el momento de para ser más participativos y más responsables. Si se exige luchar por el feminismo no es por gusto o convicción, sino porque se ha vuelto una necesidad de las sociedades actuales y, como tal, involucra a todos.

No es una apología a favor de los medios. Al contrario, es una acusación hacia aquellos que decidieron darle a la información, sobre Lesvy, una mirada de insensibilidad. Para aquellos que hicieron y deshicieron la vida de una chica con palabras.

Buscar la equidad es ser parte del feminismo. Pero no de aquel que excluye a los hombres, que los considera parte de los grupos mixtos en una marcha. No, el feminismo corre el riesgo de irse por la borda sino se da cuenta de las contradicciones que, algunas de las participantes, marcan en su discurso.

Pedir justicia por Lesvy es hacerlo por las miles de mujeres asesinadas en México y los periodistas. Falta un largo camino que recorrer, pero la opción de una sociedad democrática no debe estar lejos, aunque “la conciencia no avanza en bloque”. Para ello se necesita una cultura cívica y el compromiso del Estado, es decir, de nosotros.


Imagen: http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2017/05/07/mancera-reprochable-la-informacion-de-la-procuraduria-sobre-el-caso-de-lesvy-berlin

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