En la mente de un loco

Por Hugo Sánchez

Yo no sufro de locura… la disfruto a
cada minuto.

Les Luthiers

¿Cómo chingados entenderles? Sin excepción resuenan y bailan, ríen e inquieren: desesperadas, inquisitivas, confundidas, al unísono y sin descanso se manifiestan como dando a entender que algún día todo esto llegará a su fin. Entre la bruma intelectual, algunas claman prudencia, otras muerte y destrucción, el resto tan solo molesta –estorba haciendo bulla–. Son inciertas e inquietas, cual adicto en abstinencia. Sin embargo, llegado el momento de la calma taciturna, cuando la distracción se retira a tomarse una siesta, saben como excitar mis nervios: inhiben cualquier acto, conquistan y poseen pensamientos a discreción. Las voces que viven en la profundidad de mi mente –allí donde los recuerdos no figuran–, esas voces que desconocen la paz del silencio y resuenan estridentes en mi cráneo, continúan dándome mensajes que en su mayoría no comprendo.

Me pregunto de dónde provienen. En cierta ocasión concluí que escucho voces a resultas de la multiplicidad de tonos que adopta mi mente según su estado de ánimo. No obstante –como lo advertí de inmediato–, esta primera respuesta presenta un grave inconveniente: no explica cómo es que puedo escuchar más de dos voces al mismo tiempo. Entiendo la posibilidad de experimentar dos emociones simultáneamente: quién no ha estado triste y enfadado, alegre y atemorizado, agobiado y motivado; pero… ¿tres o más emociones que para el caso de mi mente se traducirían en voces? Resulta ilógico, poco convincente, inadmisible. Lo más seguro (tras haber descartado también que en mi mente reside una estirpe de micro-personas altaneras) es que no tenga una sino varias mentes, cada una con su propio tono de voz y su reclamo. Mentes con edades, recuerdos y personalidades distintas: las hay agresivas, pero también pacifistas; viejas y jóvenes; eruditas e imbéciles; amigas y además contrarias. Sin embargo, más allá de cualquier particularidad que las caracterice, su principal rasgo radica en que son únicas; son mías –o sea, del condensado producto de todas las mentes en mí depositadas–.

A veces quisiera que las voces se disiparan de una vez por todas: un instante de calma junto con la principal de las mentes (única que se identifica con las cuatro letras de mi nombre) no estaría mal –me repito en voz alta para que las otras mentes no me escuchen, pues todo indica que, si bien leen mis pensamientos, no tienen oídos más allá de mi cerebro–. Si no fuera por sus virtuosos consejos, mi próximo contacto con las agujas sería, no para inyectarme más tinta en la piel, sino para practicarme una lobotomía y así desconectar las bocinas internas donde las voces se expresan. Si no fuera porque, gracias a las voces que transitan las veredas cerebrales, actualmente disfruto y vivo una muerte diferente, éstas habrían dejado de importarme. Si no fuese por su especial compañía, ya nos hubiéramos abandonado. Si no fuera por ellas, las voces, me habría vuelto loco. Preciso de esas voces, no por costumbre, ni mucho menos por temor a la soledad, sino por ser un constante recordatorio de mi cordura, aunque no siempre me quede completamente claro qué es lo que esto significa.

¿Qué dirán las voces internas de otras personas? Estoy seguro de que algo completamente distinto a las mías, pues ellos sí que están locos. No me refiero a los locos en abstracto, es decir, a aquellos para quienes la locura es un cliché y hasta un cumplido. Me refiero a los locos en concreto, o sea, a aquellos para quienes el orden, el respeto a las reglas sociales, la imitación y la mediocridad son sus principales directrices. Seguramente sus voces están apagadas, son inexistentes: su ausencia de confusión me lo indica.

Estos son verdaderos locos y no locos de moda o locos a medias: se les ve pasear por las aceras sin ningún tipo de motivación que no sea la de comer, descansar y sostener relaciones sexuales –los más modernos, incluso, ya hablan de comer en tanto se descansa y se tiene sexo–. Cuando no están sujetos a prolongadas y tortuosas jornadas de trabajo –desempeñando labores que aborrecen hasta el núcleo–, se consagran a ver televisión o a criticar vidas ajenas. Sé que conocen al tipo de locos cuya muerte terrenal se constriñe a un cúmulo de opacas y frías fotocopias, que se dedican a reproducir lo socialmente aceptado, que se fijan como fin último en la vida la generación de riqueza, que desprecian el arte y enarbolan innumerables pendejadas, que jamás se meten en problemas, que jamás se arriesgan, que no han experimentado la asfixiante sensación de una nariz sangrante, que no han lidiado con la peligrosidad de una idea innovadora, que conocen menos paisajes que una mosca, que no saben más palabras de las escuchadas, que se conforman con el rumor, que no trascienden las fronteras de su colonia, que son iguales, comunes, normales, aburridos. Sé que los conocen.

Ahora entiendo por qué estoy atrapado en esta camisa de fuerza. Por fin comprendo el trasfondo, todo tiene sentido: el perpetuo aislamiento, las sucias paredes acolchonadas, la dura cama con cintillos, los medicamentos que finjo tragar, las terapias absurdas, el incómodo señalamiento, las discretas pero incisivas miradas, las tristes visitas periódicas. Me están protegiendo de los demás y de su desmesurada locura. No quieren que me confunda con ellos, que me contamine de su mediocridad, no quieren que sea uno más en las estadísticas. Me tildan de loco y estoy cautivo en un psiquiátrico tan solo para pasar desapercibido, para camuflarme, para no levantar sospechas entre ellos, los verdaderos locos. No saben cuan afortunado me siento: en este lugar, mis sueños, mis saltos agigantados unánimemente despreciados, así como el secreto detrás de mis voces internas y de mi mirada perdida, están a salvo, lejos de lo ordinario.

Estoy loco de manera voluntaria, por conveniencia, sólo por un instante. Me descartan y eso resulta sumamente conveniente: mis pensamientos necesitan de la locura y ésta, a su vez, del abandono.

Atentamente: el antípoda.


Imagen: http://www.emprendedores.es/crear-una-empresa/papeleos-para-volverse-loco

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