Emociones

Por Miguel Téllez

 

¿Son importantes las emociones en nuestra vida cotidiana? ¿Debemos guiarnos por la razón o por las emociones? Estas preguntas han sido parte aguas en muchas discusiones de distintas áreas: psicología y filosofía, por mencionar sólo dos; incluso ha sido examen de la física para algunos. En las siguientes líneas expondré en qué consiste el debate razón vs emociones en la ética, algunas repercusiones de tal debate, la importancia de preguntarnos -o no- por las emociones según implicaciones psicológicas, y si el espacio nos alcanza, por qué es que la física también se involucra en este entramado intelectual.

Quizá sea al filósofo Platón a quien debemos atribuirle el rompimiento entre razón y emociones, aunque según la jerga platónica, se trata de ‘pasiones’. Según el filósofo griego -alumno de Sócrates-, lo que vemos en este mundo son sólo apariencias, así que si queremos conocer lo que son las cosas de verdad, no podemos estar estudiando asuntos contingentes: y las pasiones son contingentes, además de que nublan nuestro juicio.

Así las cosas, si queremos tener un conocimiento genuino -no manchado de apariencias-, debemos valernos de la razón nada más, y debemos rechazar a las pasiones.

Después, pasó a tomar el micrófono un estudiante de Platón: Aristóteles. El estagirita difería en muchas cosas que predicaba su maestro, una de ellas, ese rompimiento tajante entre razón vs pasiones. Pues Aristóteles le daba un papel a las pasiones, aunque no el principal, además de que debían ser reguladas, justo por la razón. Sin embargo, pasaron muchos siglos y todos le creyeron a Platón. Quizás fueron Adam Smith junto con David Hume, quienes volvieron a señalar la relevancia de las ‘pasiones’, ahora llamadas ‘sentimientos’.

Me detengo en este punto, algunos dirán que las ‘pasiones’ no se reducen a ‘sentimientos’, sin embargo, por comodidad, si es el caso que ‘sentimientos’ pertenecen al conjunto de ‘pasiones’, entonces me referiré sólo a esa pequeña parte perteneciente a tal conjunto y hay que añadir que incluiremos también emociones en tal parte.

Smith hablaba del sentimiento moral de la ‘simpatía’, que sin tanto rodeo, significa poder sentir lo que experimenta el otro. Cuando vemos a alguien llorando y nos cuenta su situación, puede ser el caso que podamos imaginarnos qué siente, incluso podemos adoptar una postura que refleja tristeza. Esto es una parte y ejemplo de ese sentimiento de simpatía, que para Smith es vital a la hora de realizar un juicio moral, es decir, si ‘x’ es correcto o incorrecto moralmente.

Para destacar otro suceso relevante respecto a la discusión que hemos estado contando, no debemos olvidarnos de la Ilustración. En filosofía, el exponente por antonomasia fue Kant. Este filósofo alemán reforzó la idea de que las pasiones, sentimientos, emociones, y ahora él las llamaría ‘preferencias’ o ‘inclinaciones’, no deben formar parte de nuestro accionar moral. Si actuamos según nuestra preferencia, entonces somos egoístas o alguna cosa así. El valor moral de una acción radica en la buena voluntad, la cual está alejada de esas preferencias nuestras. Lo anterior implica cosas como hacer determinadas acciones aunque no nos gusten, o también como aquel que se inclina por ayudar, si siente esa inclinación, entonces no está actuando moralmente.

Así las cosas, podemos más o menos notar que si queremos guiarnos bien en esta vida, debe ser por medio de la razón, los sentimientos sólo nublan nuestro juicio, no tenemos control sobre ellos, y actuar sólo por ese tipo de cosas, nos rebaja a animales, pues parece que lo hacemos por instinto.

Las repercusiones de este debate en ética son distintas; primero, al acudir a la idea de siempre actuar por la razón, hay que preguntarnos si realmente somos racionales como las teorías quieren que lo seamos. Dados los conocimientos que hoy tenemos acerca de nuestro actuar, así como de estudios de cognición, sabemos que no somos racionales como las teorías suponen; segundo, al menos en la neuroética, ya no hay duda de que las emociones influyen en nuestros juicios morales; y tercero, distintos intelectuales se han acordado de lo que Aristóteles nos contaba acerca de las virtudes y aquella idea -donde nosotros modificamos un tanto la jerga aristotélica- de regular nuestras pasiones; y han ido dejando a Platón a un lado: lo que deberíamos hacer todos.

La psicología también se abrió paso en este debate, y también hubo quienes no creían en la relevancia de las emociones y quienes sí lo hacían. Podemos señalar que el grupo que no creía en la relevancia de las emociones eran los conductistas: para ellos, los asuntos de la mente eran cosa de una caja negra misteriosa. Lo único realmente interesante son las conductas. Frans De Waal nos cuenta en “La edad de la empatía” de un conductista de apellido Watson, quien acuñó la idea de que a los seres humanos les es perjudicial cosas como el cariño, afecto y amor. Así las cosas, Watson tenía sus ‘granjas’ de niños, donde los infantes no recibían ni besos, sonrisas, etc. Si hacían algo realmente sorprendente, se les daba una palmada en la espalda. Lo que ocurrió con esos niños es que sus defensas frente a enfermedades eran nulas: si enfermaban, morían. No sabían jugar, tampoco sonreír. Luego se dieron cuenta que esos sentimientos que no fueron practicados con los niños eran importantes: cuando hicieron pruebas con chimpancés.

Quienes toman en cuenta las emociones -o pasiones, como hemos señalado antes-, se dedican a evaluar, diagnosticar y averiguar las causas, tanto de comportamientos como de creencias atrincheradas ya de manera automática en nosotros. Es aquí donde entra nuestro conocimiento acerca de terapias psicológicas, al menos cierto tipo de terapias. Se da por sentado que todo ese entramado en nuestra mente es relevante en nuestra vida, que somos susceptibles de influencia, que si continuamos con determinados sucesos que nos afectan seguramente habrá consecuencias, y que una cosa importante es ser consciente de nuestra debilidad; si acaso ser receptivo implica ser débil.

Hoy día parece que este último asunto psicológico va ganando terreno. Queda por ver qué tiene que decir una ciencia como la física acerca de asuntos de la mente, lo cual queda para un escrito posterior.


Imagen: http://xn--victoriamuiz-jhb.com/index.php/2015/11/17/esto-no-lo-digo-yo-es-neurociencia

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