Elecciones 2016

Por Brandon Ramírez

 

Las elecciones para gobernador de este año, en 12 entidades de nuestro país, involucrarán a cerca de 32% de la lista nacional de electores. Están en juego estados con un número elevado de habitantes, como Veracruz y Oaxaca, y el escenario cobra relevancia por ser, quizá, el último gran realineamiento de fuerzas en el país antes de 2018.

Desde la alternancia en la Presidencia en el año 2000, hemos dado por supuesto que nuestros procesos electorales son cada vez más competitivos, aunque lo cierto es que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha mantenido su hegemonía en algunos estados, y en otros el sistema de partidos es más bien bipartidista, debido a la falta de presencia del Partido Acción Nacional (PAN) o la Izquierda.

El PRI sigue siendo el partido con mayor distribución territorial de su fuerza electoral. Por ello mismo, quizá, gobierna nueve de las doce entidades donde se elegirá al poder ejecutivo local, solamente no gobierna Oaxaca, Puebla y Sinaloa, donde hace seis años tuvieron éxito las coaliciones del Partido Acción Nacional y del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Este contexto nos demuestra, entre otras, dos cosas: el PRI a pesar de lo que se creía tras la alternancia federal, nunca se fue, y las coaliciones PAN-PRD dan muestra que, al parecer, en nuestra política subnacional los procesos electorales no se basan principalmente en distinciones ideológicas, sino que siguen manteniendo la lógica “sistema-antisistema” o “PRI-AntiPRI”, tan presente como en el siglo pasado.

No deja de ser curioso que la mayoría de los candidatos de la alianza PAN-PRD (y algunos de estos mismos partidos en las entidades donde no se han coaligado) sean ex priistas. Es cierto que en una época donde el PRI era “El Partido” al cual pertenecer para acceder a puestos de elección popular, era de esperarse que los candidatos competitivos provinieran de sus filas (como Cárdenas), pero también lo es que tanto el PAN como el PRD tienen suficientes años en la política nacional como para esperar candidatos formados en sus filas (en especial de éste último) con los cuales competir en cada entidad.

Por cierto, de los 12 estados con elecciones: Quintana Roo, Durango, Hidalgo, Tamaulipas y Veracruz no han conocido la alternancia en la gubernatura, y debido a distintas circunstancias, podría darse por primera vez en Quintana Roo, Veracruz y con menor probabilidad (según las encuestas del momento) en algunas de las tres entidades restantes.

Por otro lado, quizá uno de los partidos “triunfadores” desde su contexto en 2015, Morena, deberá demostrar su peso electoral más allá de la Ciudad de México. En Oaxaca y Veracruz, sus candidatos pintan con relativa competitividad, y en caso de recobrar la candidatura de David Monreal en Zacatecas, podría aspirar a ocupar al menos una gubernatura de cara a la elección Presidencial de 2018.

En fin, el PRI, al ser el partido que en este momento gobierna 9 de los 12 estados que renovaran sus ejecutivos locales, podemos considerarlo el centro de esta elección. Y por lo ocurrido en Quintana Roo, todo el contexto de Veracruz y de algunos estados más, da la sensación de que el panorama es complicado para este partido. Incluso, va tener que enfrentar tanto en Aguascalientes como en Chihuahua candidatos independientes que pueden crecer, que son respectivamente Gabriel Arellano Espinoza expriista que se opuso a adherirse al pacto de unidad y el expanista José Luis Barraza. Los priistas pondrán a prueba su enorme maquinaria y capacidad de atraer el voto, una vez más.

En la Ciudad de México tenemos la elección de nuestro Constituyente, y en Baja California también tendrán renovación de su gobierno local, salvo de Gobernador. Si bien se ha hablado mucho que hay una especie de hastío por partidos políticos, la democracia representativa es de momento la mejor forma de gobierno que como especie hemos desarrollado, y los partidos parte importante de ella. En lo personal, soy más de la idea de que es mejor demostrar tu descontento votando por una de las alternativas que se encuentran en la boleta, o anulando la misma, y no dejando de acudir a las urnas, porque nuestro país pasó casi un siglo buscando y construyendo instituciones electorales autónomas que garantizaran la posibilidad de cambiar de gobierno cuando la mayoría lo quiera, y es mejor acudir a ellas que ignorarlas.

Otro tema son las descalificaciones a las instituciones electorales. Quienes hemos tenido la suerte de salir sorteados para ser funcionario de mesa directiva de casilla, sabemos que una vez que los votos entran en las urnas, es sumamente complicado que no se respete. En mi caso, fui Presidente de casilla en las elecciones del año pasado; entre las funciones que debí desempeñar fue cuidar todo el material que se usaría el día de la elección, dar las boletas a mis vecinos, y vigilar que el conteo de los votos se llevara de manera correcta, que las actas se llenaran de acuerdo a los resultados, y que esos mismos aparecieran registrados en el sistema del Instituto Nacional Electoral, tal como lo hicimos en el papel. El voto como tal, creo poder afirmar que se respeta íntegramente; otra cosa son las motivaciones que los ciudadanos tengamos para votar, sea porque optamos por la opción que consideramos mejor o porque nos ofrecieron una despensa o dinero por el mismo, ahí sí que deberíamos poner más atención.


Imagen: Instituto Nacional Electoral http://www.ine.mx/archivos3/portal/historico/contenido/Calendario_Electoral/

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