El sismo y el cisma. Lo que no se pudo predecir en México.

Por Aarón Rojas

En México han pasado una serie de acontecimientos funestos que han marcado un antes y después en las dinámicas de proceder en México. Estas dinámicas han de entenderse desde distintas perspectivas, como lo son claro la social y la económica; pero así también debe entenderse la dinámica política que habrá de llevarse a partir de ahora en este país latino.

La verdad es que en México han pasado una gran variedad de calamidades a lo largo de los últimos 6 años, cosas que pudieron haberse evitado, pero también aquello que, sin concederse, fueron marcando la pauta de desastres que terminarían devastando una de las instituciones más sólidas dentro de aquel territorio.

Sin embargo, nadie sabría las dimensiones que tomaría el desastre cuando llegara a sucederse, ni qué lugares o sectores afectaría irremediablemente.

México es un país muy lastimado, al que le han hecho mucho daño; y justo por eso es que ha tenido que aprender a defenderse y desconfiar de muchas cosas. Eso es algo lógico y natural, uno evita aquello que le hace daño y se medica para que no vuelva a enfermar, toma previsiones con tal de que aquello que le ha causado pesar y graves padecimientos se eviten o no vuelvan nunca.

Lamentablemente para los mexicanos, este dolo lo han sufrido de aquellos que dirigen las instituciones encargadas de protegerlos.

Por ello y siguiendo los principios antes señalados, la ciudadanía mexicana ha optado por protegerse de sí mismos, de sus representantes y dirigentes de instituciones, creando huecos en el estado de derecho como en la representatividad que legítimamente les corresponde por haber nacido en suelo mexicano.

Pero al estar cegados por el dolor y rencor hacia aquellos que les han fallado tantas veces, han creído que las soluciones son alejarse o hacer las cosas por su cuenta.

Por ello es que, en los sismos pasados, los ciudadanos salieron a ayudarse entre sí, sin esperar la respuesta del gobierno, fuera éstaespecializada o no; pues no querían que sus dirigentes ocuparan esto como oportunismo político.

Esta solución fue tan efectiva, como la de abstenerse de votar, pues lo único que ocasionaron fue caos y enfrentamiento entre los grupos de especialistas y los ciudadanos que solo iban equipados con su buena voluntad.

Exigieron, como es derecho legítimo de todo ciudadano, a quienes llevan las riendas del país, actuar para resolver los desperfectos; pero al mismo tiempo, los atacaban. Les pedían donar su presupuesto de campañas; pero les reprochaban haberlo anunciado en los medios de comunicación.

Seguían de cerca los medios de comunicación solo para quejarse después de la falsa información difundida al clamor del momento, solo para incrementar su rating.

Esto tuvo sus réplicas inesperadas y muy dolosas en todas las áreas que uno pueda ser capaz de imaginarse. Sirve recordar que 15 días antes se había suscitado otro sismo, por lo cual, aquellas estructuras que se creían poderosas por haber soportado el primer siniestro, acabaron de sentirse y cedieron ante la fuerza inminente de la naturaleza.

Aunque hubo instituciones que también salieron gravemente lastimadas, precisamente por fuerzas anteriores al sismo que se daría lugar en las cercanías de la zona centro de México y, por tanto, terminaría afectado en gran medida la capital de dicho país.

Como sabemos, los daños que causan los desastres no son medibles al momento en que éste acontece, sino que se van midiendo con el paso del tiempo, una vez que se van reestableciendo las distintas áreas que nos permiten comunicarnos y con ello medir efectivamente lo que ha salido fracturado o dañado.

Y precisamente así pasó en la capital, donde tiene sede absolutamente todos los intereses nacionales e instituciones oficiales y privadas que se jacten de tener cierta importancia de injerencia en el país latino.

Muchos fueron los que suspiraron aliviados al ver sus fuertes edificaciones resistir los embates de la naturaleza, también aquellos que vieron sus construcciones que llevaban años construyendo seguían fuertes y en pie, otras (las menos) se acomodaron un poco, permitiendo recuperar la confianza en el futuro.

Sin embargo, hubo otros que no corrieron con la misma suerte, pues vieron ante sus ojos, desaparecer, bajo una nube de escombros y gritos de horror, aquello por lo que habían trabajado, si bien no por años, si desde hacía mucho tiempo.

Así muchos que ya se hacían como dirigentes en diferentes cargos, casi con la mano en la Constitución jurando sus puestos nuevos, vieron desvanecerse la fácil oportunidad que habían tenido hasta antes del sismo. Casi puedo escucharlos maldecir al cielo y la madre tierra por mandarlo en tan inapropiado momento.

Pues aquello que ya estaba más o menos cimentado, se les vino abajo, sin que ellos pudieran hacer, prácticamente nada.

Dicho lo anterior, a los sismos les siguió el cisma, que afectó, quebrantó y desmoronó, las que hasta el momento habían sido sólidas edificaciones con una mirada puesta hacia el futuro. Las separaciones de entes importantes, de peso y presencia nacional en la vida política de México, de sus respectivos partidos no demuestra sino, el sistema decadente y caduco que se niega a resanar sus desperfectos. Mismos que no pudieron resistir un movimiento interno, sino que sucumbieron ante él.

Ahora se tienen registrados más candidatos independientes que partidos políticos, símbolo del descontento social y falta de credibilidad ciudadana.

Más, aunque pocos serán los que lleguen a estar en la boleta electoral del año siguiente, no hay nada cierto.

Ahora una sola mujer le gana a una institución y un hombre mesiánico puede ganar y hacer otra Venezuela.

Queda entonces la pregunta: ¿Qué será de este país? Porque México es uno donde cualquier cosa puede pasar, pero eso lo decidirán los mexicanos.


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