El silencio de Tahrir

-El ejército lo controla todo ahora. Inclusive más que antes, en tiempos de Mubarak-, me dice un amigo, al estar instalados en un café del centro El Cairo, con un matiz que más que desolación, demuestra indiferencia. –Los Hermanos Musulmanes están acabados. Regresaron a la clandestinidad- agrega. Ambas frases todos las hemos escuchado ya. Han sido manoseadas por la prensa internacional día tras día desde que Abdelfatah al Sisi y el Ejército egipcio depusieron a Mohamed Morsi.  Por esta razón, aquello que más me impresiona no es lo que me dice, sino lo que calla.

A pesar del incesante coro de cláxones que acompasa a la capital, el silencio reina en Egipto. Hallar tanques con un soldado armado encima y alrededor de todo El Cairo, es tan común como las fotos de turistas extranjeros montados en camellos. Apostados incluso a las puertas del alguna vez majestuoso Museo de Egipto, edifican el símbolo indefectible de una sociedad cuyo afán revolucionario ha sido sosegado por las garras del espejismo mediático.

De aquel histórico 25 de enero de 2011 en que Hosni Mubarak contó los días que le restaban como mandatario egipcio, hoy solo restan los vestigios del aborto de una democracia que jamás tuvo la oportunidad de gestarse. Los auténticos revolucionaros, no los Hermanos Musulmanes ni Mohamed el Baradei, sino aquellos que colmaron la Plaza Tahrir con el afán de emular aquello que sucedió en Túnez unos cuantos meses antes, encarcelados están, o volvieron al secretismo de sus actividades diarias.

Hoy, desafortunadamente para el mundo árabe, la revolución de Tahrir es un espejismo, un simple cuento que difícilmente creerán aquellos que nazcan y crezcan en un país gobernado por el Ejército. ¿Qué es entonces, aquello que como mi amigo, callan todos aquellos egipcios que soñaron con la democracia? El secreto de la revolución.

Los heroicos días de Tahrir no son más que una triste mirada, una veleidad democrática que ha perdido su sustento, se han convertido, en fin, en el actual silencio de sus creadores. Por lo tanto, es difícil, sumamente difícil, encontrar algún egipcio que quiera hablar abiertamente de la revolución o de los días de Morsi en el poder. El total desmantelamiento de Al Jazeera y posterior encarcelamiento de sus periodistas es razón por demás obvia para sustentar dicho temor.

El desvergonzado populismo de Sisi se ha encargado de demonizar a los Hermanos Musulmanes y a los héroes de la revolución. Mientras un joven universitario me dice que Sisi, el próximo presidente egipcio, es un asesino, este es idolatrado y generalmente definido como “un buen hombre” entre los vendedores callejeros. A través de dicha demonización, perpetrada con la toma total de los medios de comunicación, Sisi ha sepultado las consignas surgidas de la emancipación del autoritarismo.

Afortunadamente, el astigmatismo al que ha sido reducido el recuerdo de la revolución, aún guarda una leve esperanza de sacudir del letargo a Egipto. La revolución y el leve trance democrático que vivió el país guarda una dicotomía imperecedera en la clase universitaria que hace tres años se irguió contra la corrupción y la opresión. Ese silencio,  a pesar de que aún no está listo para convertirse nuevamente en una voz de cambio, es una memoria. Aunque habrá que esperar para que ese silencio madure, aún le guardamos esperanza pues, a falta de medios de comunicación independientes, se ha refugiado allá donde más daño puede hacer: en la mente de una clase educada. El cambio en Egipto radica hoy, más que nunca, en el silencio de sus revolucionarios.

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