El sentido de la vida

Por Arturo Castañeda Fernández

En algún momento de la vida -sea en los primeros o en los últimos años de ella-, el hombre se pregunta a sí mismo la razón de su existencia, como si tratara de justificar su estancia en este mundo.

A algunas personas les resulta fácil evadir el tema con los propios ciclos de la vida, argumentando que son los placeres, la juventud, la familia, el trabajo, las obligaciones o el descanso y el reposo lo que los sujeta a este planeta y los mantiene anclados a la Tierra.

Sin embargo, a otros individuos les resulta más difícil encontrar la verdadera razón de su existencia, pues se dan cuenta que la vida es más relativa, frágil, confusa y efímera de lo que en verdad parece, y se rehúsan a aceptar un dogma como principio de vida.

¡Qué contradictorios somos!, no sabemos a ciencia cierta para que vivimos, pero por ninguna razón queremos morir.

Y es que si nos ponemos a pensar fríamente nos percataremos que el viaje por esta realidad no es nada sencillo, pues en ocasiones todo lo que percibimos a través de los sentidos no es suficiente para responder siquiera las dudas filosóficas existenciales más comunes.

¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿hacia dónde debemos ir?, ¿cuál es la finalidad o el sentido de la vida?, ¿para qué fuimos arrojados a este mundo?: ¿para conquistar planetas y estrellas o para ser esclavos de nuestras propias pasiones?; ¿para amar o para odiar?, ¿para reír o para llorar?, ¿para ser feliz o para evolucionar?

Estas y otras interrogantes más vienen a la mente de aquellos que deciden pensar y repensar el objetivo de la vida. Y aunque sea irónico, parece que entre más se duda y más respuestas se encuentran, más se ignora.

Y si a eso le sumamos la relatividad en la que estamos sumergidos, nuestras interrogantes crecerán aún más, formándose una especie de círculo vicioso que nos orillará a preguntarnos y respondernos de manera casi infinita lo que debemos buscar en esta dimensión.

¿Venimos a acumular dinero, a obtener gloria, a alcanzar la fama, a disfrutar con la familia, a deleitarnos con los placeres, a experimentar lo desconocido, a vivir como queramos, a ser mejor como persona, a obedecer las reglas, o a qué? ¿Cuál es el sentido de la vida?

La respuesta dependerá de quien contesta.

Es muy simple, pero al mismo tiempo muy difícil de encontrarla, pues a pesar de estar frente a nuestros ojos muchas veces no la podemos o queremos ver; no debemos buscarla fuera de nosotros, no está en los roles, en la moda, en las expectativas sociales, en el trabajo, ni mucho menos en los sueños de otros, sino dentro de cada uno de nuestro ser, esperando a ser revelada, aceptada y alcanzada.

Cuando cada individuo sepa el propio sentido de su vida, habrá encontrado la verdad, y podrá caminar a ella libremente, sin prejuicios, sin miedo y con la seguridad de que transitará al lugar correcto, porque será al sitio que en realidad pretenda llegar.

Un músico por convicción no debe vivir el sueño del médico ni del abogado, así como el matemático por convicción no debe vivir el sueño del pintor ni del escultor.  Cada uno debe vivir su propia vida y su propio sueño, a su manera, siempre y cuando no ponga el riesgo la de lo demás, porque siendo así, sería un delito contra la propia humanidad -recordemos que siendo nosotros parte del todo, no debemos afectar el orden cósmico-; la naturaleza es muy sabia y ha dotado de pluralidad a la Tierra; cada ser humano posee determinadas características que lo hacen único e irrepetible, que le dan individualidad y capacidad de especializarse en diversas áreas, pero que al mismo tiempo, le posibilita unir esfuerzos para complementar y formar una especie de red universal en la que cada uno tiene su oportunidad de vivir, de construir y de alcanzar.

El sentido de la vida es pues, el que cada uno de nosotros quiera darle; no existen respuestas únicas ni verdades absolutas, porque cada persona es arquitecto de su propio camino, médico de sus propios males y ejecutor de sus propias leyes.

Sin duda, podrán existir personas que nos inspiren, que nos influyan y quizá que hasta nos encaminen, pero tendremos que edificar nuestra historia con nuestros propios gustos y objetivos, pues eso nos hará libres y auténticos.

Más que buscar ser mejor o peor que alguien tendremos que vivir nuestra propia experiencia, porque sólo a través de nuestros sueños, de nuestros anhelos y de nuestra lucha encontraremos la felicidad.

¿Y qué importancia tendrá la felicidad, si por lo regular esta es considerada como un estado de total plenitud en el que todo se ha alcanzado y realizado? -una condición imposible al parecer-.

Pues exactamente, creo yo, con la felicidad sucede lo mismo que con la utopía. Recordemos la frase que dijo en una conferencia el gran cineasta Fernando Birri (frase que por cierto erróneamente es atribuida a Eduardo Galeano, tal y como éste mismo lo reconoce):

“La utopía está en el horizonte y si está en el horizonte yo nunca la voy a alcanzar, porque si camino diez pasos se va a alejar diez pasos, y si camino veinte pasos la utopía se va a colocar veinte pasos más allá, o sea que yo sé que nunca la voy a alcanzar. Entonces, ¿para qué sirve? Para eso: para caminar.”

¿Para qué sirve la felicidad si sabemos que nunca la alcanzaremos, porque si comienzo a vivir y a disfrutar, algo me va a faltar, y si me acerco a mi objetivo y a mi propio mejoramiento habrá algo que no podré subsanar?, ¿entonces para qué sirve? Pues para eso, para vivir, para dar sentido, para disfrutar, para tener algo por qué luchar, para soñar e incluso, para evolucionar…

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