El principio del final

Por Alicia García

Todo lo que empieza se termina. Esta es una ley natural de la vida, no existe nada en el mundo que no tenga un inicio y un final. La escuela termina, el verano acaba, un helado se consume, el amor se va, las estrellas mueren, la mermelada se caduca. No hay nada en el cosmos que se salve del paso del tiempo y con él, del principio y del final.

Desde siempre a la raza humana le ha obsesionado el inicio y el fin de todo lo que le rodea, alaban los comienzos y los nacimientos tanto como temen los definitivos y las muertes. Por doquier se celebra el comienzo de cualquier acontecimiento, llámese nacimientos de personas, animales o plantas; llámese nuevas etapas en la vida de los seres; llámese cualquier indicio de un nuevo punto de partida. Y como no existe una moneda que no contenga dos caras, asimismo se recela y se desprecian los finales ya sean muertes, periodos, caminos. Para ser más claros, este es el paradigma al que estamos sujetos: todo comienzo tiene un final. Tal paradigma nos permite percibir ambos instantes como polarizados, de extremo a extremo. El punto A y el punto B del viaje. Sin embargo, ¿es posible unir ambas puntas y formar algo más?

La cuestión es la siguiente: dejar de lado el enfoque que nos dice que el punto B es el final del camino sin ninguna posibilidad de un más allá y cambiarlo por otro (igualmente fascinante) donde el principio y el final se unen nuevamente para dejar de ser un espacio lineal y convertirse en algo más cíclico. En algo más eterno.

Es cierto que ambos modelos tienen sus ventajas. Llevar desde el principio hasta el final algo marca perfectamente claro la duración de cualquier cosa como el tiempo en el que vivimos en esta tierra, el tiempo concreto en que podemos consumir nuestros alimentos, el periodo de estudio en la primaria, el lapso de tiempo y de espacio que co-habitamos juntos, el momento que dura un lunes o un jueves.

Por el otro lado tenemos aquel enfoque que nos dice que todo final es un inicio y que tarde o temprano todo vuelve a empezar y ciertamente muchas cosas en el universo lo son. Los ciclos lunares, los meses o los días son un ejemplo, también están los minutos y los segundos que con cada hora que pasa vuelven a reiniciar su incesante conteo. La primavera es un bello ejemplo de cómo la tierra muere solo para volver a nacer en esta época del año. Brotan de nuevo los capullos congelados en invierno, renace el verdor de los paisajes, comienzan a proliferar nuevas familias de conejos, aves, oseznos… no hay límite para la (re)creación.

Los definitivos son dejados de lado para dar paso al renacimiento de tantas cosas que bien no podrían existir sin el final previo de su antecesor. Hay estrellas que han sido formadas con el polvo estelar de sus antecesoras, el planeta Tierra mismo es una ejemplo de la formación de algo completamente nuevo a partir de partículas cósmicas producto de explosiones previas de otros cuerpos cósmicos. No hay principio sin final ni nada que quede desaprovechado en el basto universo que habitamos.

Así llegamos a una de las referencias más populares de los ciclos eternos de los que vivimos rodeados: el uróboros. Permítanme explicarles un poco acerca de ello. Carl Jung, el famoso psiquiatra suizo, señalaba que el Ouroboros o Uroboros es un antiguo símbolo que representa a una serpiente o dragón comiendo su propia cola. Simbolizan la autoreflexividad o carácter cíclico, sobre todo en el sentido de algo constantemente en recreación de sí mismo, el eterno retorno. Incluso hace una comparación con el ave fénix que de igual forma se conduce por ciclos que comienzan de nuevo tan pronto como terminan.

Habrá quienes prefieran creer en la reencarnación y vivan limpiando su karma para renacer en mejores seres de luz en la siguiente vida; habrá otros más que se limiten a creer en la vida después de la muerte y despertar al fin en el paraíso prometido. Lo que sí es innegable son los miles de inicios-finales-inicios de los que somos testigos todos los días. Lo que me lleva a plantearme la siguiente pregunta, ¿tendremos un propósito mucho más profundo del que sólo nos planteamos para la duración de nuestra efímera vida en la Tierra? ¿Sabremos morir y renacer en todos los ciclos a los que estemos sujetos durante nuestra estancia en la vida?

Personalmente creo que esta es la pregunta del millón, ser verdaderos aprendices de celebrar los finales tanto como celebramos los comienzos, dejar ir y aprender a cerrar ciclos para poder iniciar otros aun más increíbles. Vivir en armonía con la eternidad ya que somos ser seres infinitos que danzan y danzan en la misma espiral y porque como ya lo dicen los que saben, no hay inicio sin final.


Imagen: https://encyclopediasatanica.wordpress.com/2013/09/05/ouroboros/

 

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