El precio del futuro

Por Noemy Gonzalez G

El presente se ha encargado de vestirse de futuro, desde hace un par de décadas atrás nuestra realidad está impregnada de ideas entorno al “Futuro como incuestionable encarnación de lo superior” (Torres i Prat, 2004) las marcas han reforzado esa idea, el mejor ejemplo es la empresa Apple, que a mediados de agosto de 2017 presentó su iPhone X, junto con los modelos 8 y 8 plus, para un año más tarde renovar estos artefactos por la serie XS y XR “cuya finalidad es provocar artificialmente una dinámica de envejecimiento y relanzar el mercado” (Lipovetsky, 1987) 

El siglo XXI y venideros parecen prometedores, la suplantación de hombres por máquinas son la realidad viviente de lo que los discursos cinematográficos proyectan. Imaginarse que empresas como Amazon tienen a robots en su plantilla laboral, o que Bancomer suplantó la mano humana por cajeros 24 horas, más allá de emocionarnos debería preocuparnos. Aparentemente nos dirigimos a la modificación de la evolución: de plantas a animales después hombre y finalmente  máquina, reforzando la idea de que “posteriormente, el artefacto conseguirá superarlo” (Torres i Prat, 2004)

El proceso de industrialización hace que las personas sean ajenas a su producción, compramos productos estadounidenses, armados en Japón y con materia prima de diferentes países sin saberlo. Pero lo único que ignoramos no es eso, sino también, la mano de obra que interviene en su creación y las condiciones en las que laboran, además, de los recursos naturales agotables y los países que son explotados, justificando que, los 35,000 pesos que pagamos por un teléfono inteligente recuperan esas pérdidas. 

Parece ajeno e irreal el iceberg desprendido en el 2017 en la Antártida, equivalente a cuatro veces la CDMX, sobre todo, que no es nuestra culpa y no está en nuestras manos el cambio climático, que no vivimos en China, Estados Unidos, India, Rusia o Japón (principales países emisores de CO2) para responsabilizarnos de su 60% de emisiones totales, pero seguimos renovando teléfono, pantalla de TV o el closet como forma de vanguardia o terapia psicológica. 

Graham Murdock, en el coloquio de economía política y medios digitales 2018 celebrado 10,11 y 12 de octubre en la UNAM, logró erizarnos la piel a más de un oyente con la comparación de las redes en los barcos con esclavos y las de la fábrica Foxconn, principal fabricante de Apple; ambas para frustrar el suicidio, lo que nos lleva a preguntarnos el nivel de explotación que sufren los empleados y a reflexionar que de fondo, seguimos fomentando prácticas salvajes e inhumanas de trabajo. 

Las plataformas socio digitales cada vez intentan humanizar más su uso, cosas en Facebook como las reacciones, grupos y recuerdos, nos acercan más a una realidad virtual y nos apartan de la naturaleza, anula la diferenciación (ya que solo nos acercamos con los que compartimos gustos y opiniones) y fomentan el egocentrismo, creemos que estas “bondades” del internet son gratuitas y que no se afecta a nadie por su uso, pero no tomamos en cuenta asuntos como el robo de datos o la utilización del agua para el enfriamiento de los servidores. 

La Encuesta Nacional de Estadística y Geografía de 2017 señala que 72% de los mexicanos arriba de seis años ya frecuentan el teléfono celular, por lo cual, junto con las promesas inherentes post adquisición, hacen que el consumo, uso y abuso de la tecnología aparente ser obligatorio a las generaciones nacientes.

Parece imposible salir del círculo de la globalización, el control disfrazado de seguridad hace que Google vea nuestra ubicación todo el tiempo, que la eliminación del espacio privado en forma de educación logre que los profesores tengan grupos para sus alumnos en Facebook, el consumismo con máscara de necesidad se apodere de las tarjetas de crédito y que incluso, nuestras mismas leyes estén alineadas al capitalismo, por ejemplo, las vacaciones, que pareciera que se trabaja solo para pagarlas. 

En parte es verdad, el no conocer los neologismos impregnados en el léxico de chicos y grandes nos encasillan en un no lugar, ignorar los memes y chistes circulantes en la web nos hace ver anticuados y que no figure en nuestro teléfono la última aplicación da la idea de estar fuera de onda. No se trata de correr a una cueva y apartarnos, se busca ser usuarios más conscientes e informados. 

Históricamente las nuevas tecnologías han dado inmediatez, pero no han modificado la comunicación, ni la forma de relacionarnos, pero si el planeta. Instagram era el álbum de fotos que tiene nuestra abuela, Facebook la tarde con amigos y amigas a modo de chismógrafo, Netflix adelanta los sábados por la mañana esperando la caricatura “El recreo”. 

Quizá es una apuesta difícil, el odio imperante en la web o los linchamientos digitales es el mejor ejemplo de la poca consciencia que tenemos de la otredad, pero más allá de mover masas, se busca mover individuos, que de verdad pongan en una balanza los beneficios y las consecuencias de la adquisición de una marca (física o digital) e ir proliferando el cambio en las esferas cercanas. 


Lipovetsky, G. (1987). El imperio de lo efímero. París: Gallimard.

Torres i Prat, J. (2004). Consumo, luego existo. Barcelona: Icaria.


Imagen: http://www.lixoeletronico.blog.br/2014/01/

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