El peligro de volver a empezar

Por Aarón Rojas

No sé ustedes, pero a mí siempre me molestó esa antigua y gastada frase que nos repetían cuando más jóvenes. Aquella que te hacía dudar para emprender, que temblaban tus piernas con el solo hecho de pensar en poder evocarla. Esa que veías en los ojos de los más grandes y sabios cuando veían a un conjunto de niños imberbes, saltando y corriendo sin control ni preocupación.

Esa, era una o varias, no se de cuántas formas se pueda decir la misma frase. Pero era aquella que advertía PELIGRO, que rezaba PRECAUCIÓN. Casi como si se estuviera esperando que algo saliera mal, solo para que sus labios pudieran tener el gusto de soltar esas palabras, de forma de grito o sollozo maternal. Como si sufrieran, pero también disfrutaran ese sufrimiento, porque nosotros lo merecíamos.

Y es que pareciera que al crecer la gente olvida lo hermoso que es ser niño y no preocuparse por nada más que divertirse; incluso el niño más hambriento pensará en jugar antes que en comer. O acaso ya olvidamos como preferíamos correr y escondernos a responder afirmativamente el llamado de nuestra madre para degustar nuestros alimentos.

Sí, quizá no lo teníamos todo, quizá no éramos los más felices. Pero vaya que la pasábamos en grande con solo estar unas horas lejos de la seguridad de nuestra casa, que para nosotros suponía más una prisión militar.

Pero al crecer uno debe ir moldeando su carácter, ¿no es así?, pocos son entonces aquellos que se perpetúan en el sagrado arte de la diversión sin límites, de la felicidad a pesar de aquellos momentos malos o desventurados por los que debamos de pasar, en nuestro día a día.

Permanecemos en una burbuja muy frágil de romperse, pero bastante más resistente de lo que podríamos pensar, dentro de la cual nos sentimos seguros, siguiendo una rutina marcada por la cotidianidad en la que muy pocas veces nos detenemos si quiera a admirar las maravillas mundanas que están dentro de ellas.

Sí, comprendo que los tiempos no ayudan mucho, pero ¡vamos!, siempre han sido malos los tiempos, y antes no nos fijábamos en ello. Tal vez sea el reiterado acordeón de palabras que se nos repitieron al ir creciendo las que nos fueron deteniendo, aquellas que finalmente terminaron ganándole a nuestra voz interior, esa que nos motivaba a hacer locuras. Ahora, si alguna vez logramos escucharla solo es para ignorarla; y peor aún si decidimos seguirla porque entonces, nos sentimos culpables.

Llega un punto donde ya no vale un “lo intento mañana” y eso duele, duele mucho más de lo que muchos creen, todos lo hemos sentido, pero pocos nos detenemos a reflexionar sobre ello.

Pero al grano, ¿Cómo es que llegamos a este punto donde no nos es permitido ni siquiera sentir? Y me refiero a sentir enserio. A no gritar cuando nos asustamos, ni reír cuando se nos da la gana. O llorar cuando nos caemos o nos golpeamos.

La respuesta no siempre es fácil e incluso a veces es muy complicada. Algunos responderán simplemente: “Es que ya maduré” o “Lo dejé de hacer cuando crecí”.

¿Da miedo no? o no sé ustedes, pero a mí me causa terror.

¿Nunca has sentido esa necesidad incontrolable de mirar hacia atrás, de hojear los viejos álbumes y desempolvar los antiguos recuerdos de la memoria o aquellos que guardaste en cajones?

Y cuando encuentras en la memoria el momento exacto que llevó a ese objeto o recuerdo y es como si volvieras a estar allí de nuevo, con las mismas dudas y temores de ayer. Pero al mismo tiempo, con la seguridad que te da el saber cómo terminará todo. Para consuelo o desgracia.

Y al fin regresamos al presente, y nos vemos obligados a darnos nosotros mismos cachetadas de realidad o tirarnos agua fría para entrar de nuevo en nosotros mismos, anhelando regresar, pero también y, de alguna forma, esperando avanzar. Con el miedo de la incertidumbre, pero también la fobia de volver a pasar por lo mismo de nuevo. Con más preguntas que respuestas, porque algunos creemos que, si lo hiciéramos de nuevo, sin duda lo haríamos mejor. Pero no hay que olvidar que somos los que hemos construido. A base de acierto y error.

Quizá es eso también, que tememos que empezar de cero. Como cuando guardamos constantemente nuestro trabajo en el ordenador por miedo a perder la idea, porque estamos seguros de que nunca nada nos había salido algo como eso. Pero al leerlo más tarde o pasado el fervor que alimentó el ímpetu del momento, nos damos cuenta que quizá no era tan bueno como pensamos o que tal ves subestimamos el valor de nuestras creaciones.

Más como reflexión que a modo de conclusión; me gustaría plantearles justo esa pregunta:

¿Serían ustedes de aquellas personas que, de tener la oportunidad lo volverían a intentar? o ¿se encuentran satisfechas con lo que han vivido y esperan mejorar el futuro a lamentar el pasado?


Imagen: https://huellasenmialma.files.wordpress.com/2015/05/sweet-memories-l-5dgnxw.jpeg

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