El país de los no lectores

Por Mónica Vargas

 

La ironía es un hecho que prevalece siempre en México: país subdesarrollado con una riqueza natural impresionante; hogar de ocho partidos políticos y abstención democrática  de 42%; albergador de uno de los hombres más ricos del mundo y millones de mexicanos viviendo en condiciones de pobreza; nacionalidad de literatos de gran renombre mundial (incluido un premio nobel) y un pueblo abiertamente no lector.

Hay muchas explicaciones de por qué el mexicano promedio desdeña la lectura, pero todas se remontan a la falta de hábito inspirado en la familia y en la escuela; la familia mexicana tradicionalista considera al libro como objeto de intelectuales y herramienta exclusiva de estudiantes, mientras que los programas educativos (que debieran ser la clave a través de la cual se rebatieran estas afirmaciones) están diseñados para repetir programas y adoptar asignaturas que si bien, fueron importantes históricamente, ya no forman parte de nuestra realidad; sería ilusorio cuestionar por qué no se renuevan dichos programas, ya que no son los únicos que debieran ser mejorados en una nación donde el presidente no recuerda los libros que lee, el secretario de educación no pronuncia correctamente “leer” y los diputados confunden títulos con autores; la respuesta no es que la ignorancia permee a nuestros servidores públicos, sino que la ausencia del ejemplo, la lectura por obligación y los tabúes alrededor de ciertos géneros literarios, son grandes peligros de los lectores en potencia. Imponer ciertos textos sólo acrecienta la aversión a ellos especialmente en edades tempranas; se pretende enseñar la fuerza de los clásicos y en vez de eso se enseña clásicos a la fuerza, dejar que cada individuo descubra la literatura en su momento y con sus reglas, comprende el gran reto de padres y maestros de la nueva era.

En México, como en otros países se nos ha juzgado a los jóvenes como el sector social que menos lee, pero lo cierto es que la frase “los jóvenes de hoy en día no leen” existe antes de que naciéramos los jóvenes de hoy en día; las cosas han cambiado y al día de hoy la literatura juvenil comprende 29% de ventas editoriales, quizá no leamos más que los adultos pero si leemos con más pasión, que esas emociones sean pisoteadas en el salón de clases por discriminar ese género es otra cosa. La literatura es sinónimo de libertad, con qué argumentos decir que un libro es bueno o malo para leer, cuando lo único importante es leer.

En el siglo XIX, la literatura fue exclusiva de la alta sociedad en muchos países, las bibliotecas personales eran un sinónimo de riqueza intelectual aunque en muchas ocasiones los libros ni siquiera eran leídos; algo así es lo que nos pasa actualmente, el número de escritores y publicaciones aumentan desmedidamente y pareciera que los lectores aminoran a su mismo ritmo, en pocas palabras: se escribe más de lo que se puede leer; reflejado esto en las bibliotecas familiares en donde una encuesta del Financiero (2015) revela que en promedio un mexicano adulto tiene 10 libros en casa, de los cuales sólo ha leído 3, mientras que una nueva encuesta realizada por el Universal (2016), señala que el mexicano adulto promedio lee 3.8 libros al año, casi 4  de los 74,521 que se publican en el mundo. No quiero decir que se debe dedicar la vida a leer, sino que nuestro paso por la tierra es tan corto que deberíamos reflexionar un poco más en qué ocupamos nuestro tiempo, ser capaces de llegar a una edad avanzada sin el remordimiento de no haber leído un cuento de Cortázar, los poemas de Benedetti, los ensayos de Paz, Las mil y una noches, La divina comedia, El Pedro Páramo o cualquier otra cosa… todos esos textos que se han convertido en referente de lo cotidiano y en el legado de la humanidad.

Nos han enseñado desde nuestra infancia que el libro sirve para “aprender”, y es verdad que la riqueza de saberes dentro de los libros es infinita, pero qué limitante es ceñirse a un solo significado; el libro sirve para viajar en la imaginación, proporciona un refugio del mundo material, actúa como inspiración para reír y llorar, ofrece los más sabios consejos para vivir, nos da la oportunidad de encontrarnos en la otredad. La literatura, como decía Borges “es una de las felicidades de la vida; negarse a la literatura es como negarse al amor, a la música o a la pintura…”, o en palabras de Tomás Eloy Martínez “somos lo que hemos leído o seremos por el contrario la ausencia que los libros han dejado en nuestras vidas” una frase terrible no por sus palabras, sino por lo que representa para nuestra mente, pues la ausencia y el olvido son los verdaderos enemigos del conocimiento.


Imagen: http://noticias.universia.net.mx/cultura/noticia/2015/11/11/1133532/mexico-segundo-pais-latinoamerica-lee.html

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