El otro sueño americano

Por Elisa Horta

Todos conocemos el fenómeno del sueño americano, la vida en nuestro vecino país de Estados Unidos de América y el éxito y la prosperidad que se supone que viene consigo. Cualquiera conoce historias, las ha vivido quizás, o su familia la ha experimentado en carne propia por diversas necesidades que surgen como hiedra venenosa en los campos más verdes y fértiles. Ya es un cuento bien contado, conocido, pero nadie habla de la otra cara de la moneda. 

En México, no falta quienes vivieron allá, quienes trabajaron, estudiaron, o acudían todas las vacaciones a trabajar “de lo que fuera” en cualquiera de los cincuenta estados del país de las franjas y las estrellas, documentados o no. Con o sin papeles. Todos tenemos tíos, abuelos, primos, padres, que vivieron una vida completamente distinta a la que se supone que tenían aquí para cumplir sus propios deseos y anhelos, esos mismos que quizás ni el tiempo ha podido borrar. Y ahora, que se han quedado del lado de sus raíces, muchas veces los tallos y las ramas que dejaron crecer se ven atravesadas por espinas de resentimiento y frustraciones. 

Orgullo, arrepentimiento, errores, inconsciencia, falta de madurez, de juicio, de preparación… son incontables las razones por las que “no se les hizo” a tantas personas que hoy cuidan de nosotros, que nos acompañan, que nos aconsejan, y que no quieren más que vernos cumpliendo sus sueños que por una u otra razón se vieron estancados cuando más debieron haber florecido. 

Mi caso es precisamente éste, el del otro sueño americano, aquel que se ve proyectado en mí porque mi papá es uno de cinco hijos de padres naturalizados que no lograron culminar una vida, un proyecto, una oportunidad en donde todo lo tenían. En donde, según ellos, todo es más fácil. Uno, entre cuatro, que han visto como uno solo ha terminado de lograr lo que los demás simplemente pasan a las manos de sus hijos como una misión que cumplir, porque el sueño americano no puede morir para cientos de familias que siempre quieren, y buscan, más. 

El otro sueño americano es aquel en donde los hijos de los primeros soñadores, de los primeros que cruzaron la frontera sin miedo y sin papeles, puedan lograr lo que ellos nunca hicieron por miedo, por inseguridad, por errores, y verlos tan lejos de sí pero tan cerca de la seguridad, del éxito, de la tranquilidad.

Es aquel en el que se ha visto, si, fracasos y derrotas, que está más lleno de lágrimas y sacrificios injustos que dulces y pequeñas victorias que quizás no se merecen del todo. Es aquel que tiene todas las de ganar, que está diseñado para ganar, pero se estanca, se hiere y no se puede curar. Aquel en el que es mejor regresar, en el que ya no queda de otra, en el que es la única opción.

Mi familia es una de inmigrantes, el mundo siempre se les ha hecho chico y yo, a mis diecisiete años, no cuento con la experiencia que la mayoría poseía a mi edad. Yo, sencillamente, he sido protegida, o alejada, de esa vida de nómadas porque saben que la llevo en la sangre. Y no hay nada más peligroso que una soñadora con decisión y un apetito insaciable por la libertad con la oportunidad de huir sin nunca volver a ver atrás. 

Es comprensible, en cierta parte, pero por otra no puedo ver cómo es que esperan, o temen, de mi cuando no he sido educada en la forma que mi papá. No conozco y no tengo las herramientas con las que él se armaba cada verano y usaba su tarjetita verde para cruzar la frontera después de dieciséis horas en camión. Y, aunque una parte de mi papá siempre estará enajenada por esta necesidad, por esa misma hambre de libertad de verme volar tan lejos como la cuerda de un papalote me lo permita, no quiere verme sola en un mundo al que no pertenezco del todo. 

Todas las personas pertenecemos a algún lugar, a algún momento, a determinado espacio, muchos de nosotros vemos la vida pasar y nos quedamos donde hemos nacido y crecido, mientras que otros se las arreglan para dejarse ir y cortar sus raíces para caminar y andar como si el mundo no fuera del tamaño que es, y de esa clase de personas está constituida mi familia. De esa clase de personas, nos convertiremos todas las próximas generaciones. 

A pesar de nuestros propios miedos, de las inseguridades y de esa falta de experiencia de la que se nos ha prevenido, los siguientes en línea para cumplir el sueño americano no son solo nuestros hermanos y hermanas del otro lado la frontera, sino también los que estamos de éste. Del lado donde hemos visto las causas y las consecuencias, los triunfos y las derrotas. Del lado en el que ya sabemos todo lo que puede pasar, las variables y las alternativas, donde conocemos las dos caras de la historia porque nosotros mismos estamos en una de ellas. Estamos del lado donde las flores tendrán demasiado sol, poca agua, y de todas maneras crecen y crecen y buscan la manera de conseguir más agua, un poco de sombra. Estamos del lado en el que, tarde o temprano, nuestras propias piernas nos llevarán al otro porque el sueño americano que se nos ha negado, el que hemos ignorado, está ahí, esperándonos. 


Imagen: Church of The Village

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