El olvidado (Parte III)

Por Noé Gabriel Portes Gil Bermeo

Cuando entré en aquel bosque de robles pude observar que la luz del sol se perdía cada vez más entre las ramas de éstos, y conforme más me sumergía en aquel mar de tinieblas, más se hacía notable una presencia en los arbustos, como si éstos me observasen prejuicios a mis intenciones; como si yo fuese un intruso en su morada. Las ramas y los troncos retorcidos se hacían cada vez más espesos, así como el aire que se percibía en el ambiente. Una humedad en el sitio comenzó a sentirse por todas partes. Era como si aquel edén se comenzara a tornar en el mismísimo averno, y los robles eran sus criaturas merodeadoras, pero después descubrí, por gran desgracia mía, y de nuevo por mi maldita curiosidad, de que no eran los robles quienes me observaban de entre tal penumbra.

Después de un tiempo de vagar sin rumbo por el sitio, pude discernir a lo lejos, con la poca luz que destellaba, un objeto extraño y peculiar, de aproximadamente unos 27 cm. de alto, éste se encontraba en un terreno llano, donde los robles formaban un círculo alrededor de él. Al acercarme y ver lo que era, el miedo y el horror me invadieron por completo. Era la misma imagen que me simbolizaba un terror inimaginable de joven, y que ahora lo volvía a vivir extraordinariamente. Retrocedí y caí con una de las ramas de algún roble, quedé ahí en el suelo por unos segundos contemplando y admirando aquella figura, y a su sombra, su aberrante y ominosa sombra; ese instante, ese momento, era como si yo esperase que ocurriese algo que terminara con mi agonía. Pero para mi sorpresa y consuelo, nada ocurrió, yo aún me encontraba bien, y por un momento sentí alivio; era como si mi mayor miedo se hubiese hecho presente sin haber ocurrido nada más; como si hubiese tenido una pesadilla y despertara de golpe hacia la realidad. La reflexión invitó al razonamiento del momento, el cual me hizo sentir avergonzado por el miedo banal que me había estremecido. Me levanté y caminé hacia la pequeña reliquia que yacía ahí extrañamente. En ese momento recordé al hombre que le había vendido esa figura a mi abuelo, y como si mi pensamiento hubiese sido la invitación para manifestarse este hombre, a un costado de la reliquia encontré una nota. Esta nota llegó a tocar una fibra muy sensible dentro de mí, tanto, que comencé a llorar en el lugar, pero he de aclararte algo antes de decirte lo que contenía tal nota, y es que a veces lo imposible y lo irreal pueden no ser como nosotros creemos, sino que en verdad estos elementos están basados en hechos reales, es por eso que se asemeja mucha la ficción con la realidad; y he de aclararte algo más, aquellas lágrimas no eran de dolor o melancolía, eran del terror que todo aquello me hizo sentir. La nota decía lo siguiente:

¡Iä Tempestas! ¡Iä Deus!

Han pasado ya más de 7 años desde que te perdí, pero cuando te recuperé fue tanta mi emoción que la vida volvió a cobrar sentido en tus manos. Te escribo ya que no puedo comunicarme contigo, ya que son tantos los idiomas que Tú dominas, y tantas voces con las que Tú hablas, que a veces no logro entender lo que me dices; y siento que no entiendes la lengua humana. Siempre te espero en mis sueños; cuando aquel portal del alba se abra ante mí y vea al ser que fui, soy y seré, así como tú eres la ley y la palabra; el pasado, presente y futuro; el alpha y el omega; lo imaginario y lo real; la primera, segunda, tercera y dueño de la cuarta dimensión. Aquel señor aún no le veo; ¡aún no me encuentro!

Aquel viejo amigo mío, a quien yo te vendí por imprudencia e ignorancia, mandó a su “ser” para seguir con sus investigaciones. Un día me contó que te le hiciste presente en uno de sus sueños, y que fue algo totalmente turbador, terrible y maravilloso, pero yo no le creí nada, pues algo tan increíble y fascinante no puede ser motivo de miedo o terror. Su “ser”, o su hijo, como bien me pude percatar, comenzó a hacer sus investigaciones conforme lo que su “padre” había descubierto de ti, pero tuve que envenenarlo porque a sus investigaciones las dominaron el miedo y se tornaron en un sacrilegio para ti, pues no buscaban más que tu destrucción. ¡Seres insignificantes! ¡¿No entienden que él es un Dios?!… Pronto me hice de tu imagen, fue muy fácil, ya que aquellos seres no comprendían la importancia de tu genio y poder.

Sigo en espera de aquel día en que el ocaso se manifieste en este valle que es tu paraíso, y donde tu fruto negro, el Baba Yaga, salga a relucir sus encantos ante tu presencia; sigo en espera de tu sueño; sigo esperando verme. Quiero contemplar la maravilla de tenerte como mi Creador.

¡Iä Tempestas! ¡Iä nos Kuöd!

Simon.

No sabía muy bien, en ese momento, a qué se refería esta nota, pero quien la firmaba, y el relato que narraba, vaya que los conocía. Era Simon, el busca-tesoros que le vendió aquella reliquia a mi abuelo, y que por sus deseos mundanos y hermenéuticos acabó con la vida de mi abuelo y con la de mi padre, ¡envenenándolo! El miedo que tenía, tanto de la nota como de la reliquia y el lugar, se tornó en un rencor que muy dentro de mí me carcomía. Tomé la reliquia con mis dos manos y la alcé hacia las ramas que dejaban entrar algunos residuos de luz, después, al silencio que reinaba el lugar se le unió otro más estrepitoso que éste; la reliquia ahora yacía destruida en el suelo por piedras, y esto me trajo consuelo, pero siendo que tales sosiegos fueran instantáneos en aquel bosque, pude ver, entre los restos, un papel, que tal parece se encontraba dentro de esta reliquia. Era un papel viejo, enrollado y muy delgado, tal vez por los años que llevó ahí encerrado. Tomé ahora aquel papel, lo desenrollé y lo que estaba ahí escrito fue lo que convirtió el rencor que sentía en el momento, por el horror que ahora temo y me persigue. Mi curiosidad fue mi sentencia, pues jamás debí haber leído aquello. En el papel no venía la firma de nadie. Quien lo haya escrito quedó en el olvido, pero su escrito prevaleció por los siglos, aunque debió de mantenerse así; oculto. El idioma, al principio, me pareció reconocible, y al cabo de unos segundos lo identifiqué como el griego antiguo, el cual, gracias a mi abuelo y a un conocimiento vago que tenía, pude descifrar en el momento lo que decía.

En este punto me gustaría hacer una pausa, pues “El olvidado” jamás me mencionó lo que decía tal papel, y se refiere a él, después de esto, como “el poema esotérico”, el cual no tiene autor, pero que su título y su contenido hielan la sangre a quien logra entender su significado, así como lo hizo con “El olvidado”. Desafortunadamente, cuando éste se fue, tiró un trozo de papel enrollado de su bolsillo, lo cual yo al instante quise regresárselo, pero la apariencia del mismo era tan atractiva que despertó la curiosidad en mí. Cuando lo abrí me di cuenta que estaba escrito en idioma que reconocí como griego, y de inmediato me puse a la tarea de investigar lo que aquellas palabras querían decir. Les advierto lectores, que su curiosidad será su sentencia, y que una vez habiendo comprendido el mensaje de aquel autor anónimo, su vida dará un cambio radical, así como lo hizo con “El olvidado” y conmigo. Antes de mostrarles aquel poema que lleva por título “Kαιρός”, eh de seguir con el relato que aquel extraño me contó, pues espero que esto haya servido como advertencia para ustedes quienes no paran de leer este manuscrito. Proseguiré ahora con el relato, el cual, desde este punto, comienza a tornarse alucinante, sombrío y horrible.

Una vez terminado de leer aquella profanación, blasfemia, impiedad, perjurio de las creencias del ser humano, las cuales jamás llegaron a parecerse en nada con lo que ahí se mostraba y ahora manifestaba, comenzaron a surgir de entre los robles unas especies de criaturas horripilantes, que con unos aullidos impíos pronunciaban “Veteris, Veteris, Veteris”; se referían a ellos mismos como “Los Antiguos”. El ensordecimiento por sus aullidos turbó mis sentidos; un tintineo dominó mi audición, y sólo pude observar sombras que se hacían más grandes enfrente de mí y no paraban de repetir “Veteris, Veteris, Veteris”. Llegó un momento en el que creí que me desmayaría, pero de pronto el tintineo se detuvo y las voces se apagaron; yo permanecía, por el miedo y la cobardía que me dominaban, en posición fetal, con los ojos cerrados y mis manos cubriendo mis oídos, pero cuando abrí mis ojos y alcé la mirada, pude percatarme del horror que aún me rodeaba, pues aquellas sombras seguían ahí, observándome detenidamente con unos ojos que no eran ojos, pues sus cuencas no daban indicio de tenerlos. Había cientos de ellos alrededor mío, simplemente observándome, unos eran más altos que otros, pero había un detalle en ellos estremecedor que los hacía ver como el peor horror de mi vida; que me hacía recorrer por todo el cuerpo un frío de terror y pavor; los hacía similares entre sí, e incluso conmigo. Era su apariencia humana la que me estremecía por completo; aquellos rasgos humanos que a la vez eran inhumanos; no puedo describirte con lujo de detalles lo que eran, pero te aseguro por mis ancestros que aquellos semejaban, lo más parecido, a lo que el ser humano conoce como Sátiros, pues sus largos y curvados cuernos eran dignos de ellos, así como que transmitían un horror indescriptible con sus rasgos y miradas. Después de esto comenzaron a recitar una serie de palabras profanas para mi entendimiento, ya que al principio no sabía lo que significaban o decían, y de las cuales me aprendí de memoria, pues aquel estribillo constante representaba en mí una atrocidad que no tardó en hacerse presente en aquel bosque; aquellas palabras entonaban lo siguiente: “Tempestas vestibulum consectetuer vive”, las cuales después descubrí que significaban “Tempestas vive”. A esto… Dios… no… Dios no… ¡Quien sea que tenga piedad de este hombre, hágame ignorante de este conocimiento, pues la realidad de lo maravilloso es más atroz a lo que imaginaba! ¡Créeme cuando te digo que lo vi! ¡Lo vi a Él! ¡Vi al Tiempo en todo su esplendor y su vetustez! ¡Es ese al Dios que debemos de temer, pues aquel ser divino y piadoso que el hombre creó no fue más que un engaño para su propio sosiego! ¡Él lo sabe todo; conoce nuestros comienzos y conoce nuestro final! ¡Él nos creó y Él nos destruirá! ¡Es a Él a quien nosotros retornaremos cuando conozcamos la muerte! ¡Es a Él a quien yo vi y volveré a ver! ¡Su sombra; su endemoniada sombra! ¡Él era la sombra! ¡Y su figura no era figura; no era algo que el ser humano haya visto antes! ¡Era completamente atroz y aterrador en toda su majestuosidad nebulosa! Y ese es el gran horror que hoy me atormenta, porque aún desconozco el cómo salí de aquel siniestro bosque, y que cuando quise regresar acompañado de otras personas, no pudimos encontrar rastro alguno de un bosque de robles amontonados entre sí. Ahora aquella región con enorme prado verde; con tulipanes de varios colores de un vino tintillo (sobre todo aquel endemoniado Baba Yaga), y lantanas sonrosadas; con unos riachuelos de gran caudal donde sus aguas entonan unos cánticos endiablados y danzan en su intemperie maldita; donde gran variedad de arbustos están bien definidos y colocados para resguardar a sus víctimas en sus sombras serenas y atroces, y un amplio camino recto de robles pérfidos que invitan a la caminata a un curioso del lugar; se han convertido en una infamia para mí, pero una lo suficientemente hermosa como para embriagarte de fruición y hacerte querer entrar aún más en sus fascinantes y terribles encantos.

Han pasado ya 3 años desde que sucedió aquello, mi tía falleció y yo comencé a vagar por todo el mundo con la herencia que ella me dejó; todo este tiempo viajando, intentando huir de aquella aparición, de aquel ente, pero siempre me encuentra en mis sueños, siempre toma una porción de mí en ellos. Cada día, cada noche, siento como si perdiese mi esencia, ¡¿Y cómo no me he de sentir así?! ¡Pues es Él quien me la arrebata con cada segundo, minuto, hora y día! ¡Es el mismo Tiempo quien avanza sin pausas y me arrebata mi vida! Pero esto es un infierno para mí porque ahora yo comprendo aquel mensaje, y entiendo el verdadero significado de la vida y de lo esotérico; aquellos ignorantes como tú no lo entienden y son felices, y yo los envidio por eso, y, lo que para mí es un infierno, para ustedes es algo ordinario, pero ¿qué pasaría si yo te dijera que por cada segundo que pasa tú pierdes algo de ti que te hace ser tú, y que eso que has perdido no ha sido más que un arrebato continuo de este ser que temo pronunciar su nombre, pues quien pone en palabras lo indescriptible, lo vuelve todavía más real?… Aquel ser es omnipresente y en estos momentos conoce todo lo que te he comunicado; conoce la conversación de todas las personas; te conoce; me conoce; conoce a tu familia y a la mía; conoce tus miedos y tus alegrías; Él lo sabe todo.

Anda pues con cuidado extraño, porque cuando comprendas la realidad que nos rodea, será entonces en ese momento que entenderás la vida; penetrarás lo impenetrable, con la única consecuencia de que perderás la noción de todo, y verás al mundo con el ojo de la verdad y la resolución, todo esto, con terror que te carcomerá por dentro y por fuera. Ya nos veremos hasta que Él nos vuelva a reunir, querido oyente ¡Hasta entonces!

Después de esto, se fue, y no volví a escuchar más de él. Investigué por todos lados su paradero, pero no encontré ningún rastro de su familia, ni de “El olvidado”; era como si la tierra se lo hubiese comido. Probablemente haya sido él quien borró todo registro de su historia y la de su familia, y no lo culpo, después de todo, información como la que él poseía es tan peligrosa que podría alterar todas las leyes de la ciencia en tan solo cuestión de segundos. Él jamás me dijo su nombre, y más nunca nadie lo sabrá; pasó de ser un completo extraño a ser alguien olvidado por el tiempo y el mundo. Para muchas personas, el ser olvidado puede ser sinónimo del peor terror que cualquier ser humano podría experimentar, pero en el caso de “El olvidado”, era necesario borrarlo de la historia, y que simplemente quedara en el olvido.

El tiempo ha sido maestro para todos nosotros, pues es él quien nos ha enseñado que el conocimiento es poder, y mientras uno posea más, más poderoso se vuelve, pero es tan diminuto el saber que posee el ser humano que con la sencilla explicación de algún fenómeno, él está tranquilo; bien dicen algunos avezados de la localidad “la ignorancia es sinónimo de felicidad”; y el saber, el tormento de quienes descubren lo esotérico que contiene la vida en todo su esplendor, ya que estos conocimientos deberían permanecer como uno los encuentra, ocultos y olvidados.

Cual sea que haya sido el motivo de “El olvidado” por contarme su historia, logró causar en mí, muy dentro de mi ser, un terror que a duras penas y puedo describir con palabras en este manuscrito; no logro explicar qué es esta sensación que me atormenta por las noches y me ha vuelto muy propenso a imaginar cosas totalmente irreales. Pretendo con este escrito darme alivio al alma para dejar todo esto en el pasado, y de cierta forma lo eh logrado, aunque no del todo.

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