El olvidado (Parte II)

Por Noé Gabriel Portes Gil Bermeo

Yo soy un simple humano como tú, como él, como aquel, como ella; yo solía ir todas las mañanas de domingo por un helado con mi familia; solía jugar videojuegos cuando salía de la escuela; solía tener una cuenta en Messenger donde conversaba con mis amigos y otras personas; yo era una persona común y corriente. Sin embargo, descubrí aquel día trágico mi sentencia. Perdona si lo que te digo no tiene sentido ahora para ti, pero lo tendrá cuando termine, así que por favor escucha atento. Te contaré todo para quitarte este desconcierto que me reflejas, ya que desde un principio no todo fue horror y pánico.

Mi familia nunca fue aceptada por la sociedad, esto se debía a que hace mucho tiempo, mi abuelo, un señor embustero y estafador, se la pasaba engañando a toda la gente del pueblo diciéndoles que él conseguía productos de muy buena calidad, y que eran exportados desde Suecia y la India, pero cuando uno de sus clientes descubrió que todo aquello era falso, pues un día vio a mi abuelo en su taller elaborando aquellas “artesanías”, el rumor comenzó a divulgarse por todos los pueblerinos y ya nadie volvió a comprarle a mi abuelo. Pero él no era del todo malo, pues lo único que quería era que se vendieran todas sus artesanías, las que él mismo elaboraba, ya que nadie le llegaba a comprar ni una sola hasta que comenzó a mentir sobre sus productos. Por alguna razón el pueblo tomó un gran rencor hacia toda la familia, amigos y conocidos de mi abuelo. Un día, cuando mi abuelo estaba en una gran depresión, recibió una llamada, la cual presentaba a un señor llamado Simon, quien era un viejo amigo de mi abuelo, y que había viajado por todo el mundo; en sus viajes a Roma y a la India, pudo encontrar un objeto bastante peculiar, uno que le vendía a mi abuelo por su fascinación de objetos extraños, esto hizo despertar en mi abuelo una esperanza por recobrar su dignidad y la de su familia, así que le preguntó a su amigo Simon si es que no tenía más piezas que le vendiese, el señor se portó muy atento y muy amigable con mi abuelo y le vendió algunas otras piezas a muy bajo precio. Cuando le llegaron los paquetes a mi abuelo, se apresuró tanto para abrir la puerta que jamás en mi vida lo había visto moverse con tanta agilidad y energía, más de lo que su cuerpo, a simple vista, sugería. Abrió las cajas con la misma excitación con que las recibió, y se dispuso a sacar todos los artículos, uno por uno con gran cuidado. Eran realmente objetos y artesanías raras y hermosas, completamente auténticas y extrañas en apariencia, pero hubo una que nos llamó la atención a mí y a mi abuelo, una especie de reliquia antigua, una que no se asemejaba a ninguna otra, porque ésta en especial, representaba algo, o a alguien. Esta figura me provocó pesadillas algunas noches.

Después de esto, mi abuelo comenzó a vender todo, pero con muy pocos resultados. Todos en el pueblo ahora odiaban a mi abuelo, y por ende, a su familia; no creían ni una sola palabra que el viejo les dijese, y esto volvió a deprimir más, a tal punto de que el pobre viejo llegó a cometer suicidio por la gran presión, y depresión que el pueblo le hizo sentir. Quedamos solamente mi madre, mi padre y yo. Conforme pasaban los días, todo comenzaba a tornarse más frío y melancólico. La figura peculiar que había comprado mi abuelo y que había conservado en su estudio, yacía en una especie de pedestal que mi abuelo le había hecho, justo en el centro de su despacho, donde la luz del sol entraba en vertical por la ventana que estaba justo por encima de la figura, logrando proyectar en la misma una sombra que se expandía retorcida y espantosamente; un día, incluso, me pareció ver que la sombra se dispersaba por todo el estudio, haciendo presente una penumbra acongojadora. Para mi abuelo representaba un artefacto totalmente maravilloso por su apariencia y detalles que tenía, y que “no estaba a la venta”, pero aquello representaba para mí un miedo indescriptible, un miedo, que al pasar del tiempo (y al decir esto me estremezco) se tornó en admiración, pero una que me hacía respetar con temor aquella imagen.

Cuando mi padre murió en circunstancias extrañas por una enfermedad, y que fue 2 años después de la muerte de mi abuelo, descubrí que aquél artefacto no era más que un simple reloj que utilizaban algunos nativos de la India para calcular el tiempo con su sombra; mi abuelo había creado aquel pedestal para ello, sin embargo, la figura, y la sombra que proyectaba la misma, me eran motivo de terror, pues jamás en mi vida, y no creo que algún otro ser humano con sentido común, había visto una imagen que simbolizara un horror indecible y que aún siguiese teniendo cordura. Incluso mi madre, sin decirme nunca una sola palabra de sus miedos, experimentaba la misma sensación que yo por la figura, pues nadie se metía al estudio de mi abuelo, salvo mi padre unas ocasiones; supongo que mi madre llegó a creer que el artefacto había sido el motivo de la muerte de su padre y de su esposo, pues su semblante de desconfianza era notorio cuando pasaba a un lado de aquel despacho solitario. Al cabo de unos días, un extraño llegó a nuestra puerta pidiendo que le vendiésemos aquella figura, al principio nos extrañó que supiera de ello, como si nos hubiese estado vigilando durante algún tiempo, pero era más nuestro miedo por el artefacto que decidimos dárselo al hombre. Queríamos regalárselo, pero un misterioso sentimiento de culpa nos afligía, pues no queríamos que aquel señor se viera envuelto en un círculo de muerte y depresión, así como de temor, pero al ver la imagen, el extraño, sorpresivamente, aguzó su mirada hacia el artefacto, y tal como un animal lanzó sus garras hacia la figura y dijo: “¡Lo tomo!”, aunque entre susurros pude escuchar que decía “Por fin es mío”. Mi madre y yo quedamos perplejos ante la situación y el hombre, pero de inmediato nos invadió una sensación de alivio y sosiego. Aquel señor se había llevado la figura que en el día nos aterraba y en las noches nos acobardaba.

Cinco años después, mi madre falleció, pero no en circunstancias extrañas, ella sufría del síndrome de Marfan, una enfermedad terrible que llegó a padecer sólo ella; es la única que tuvo, dentro de la familia, una muerte natural, pero igual de dolorosa. Después de su entierro, al que sólo yo asistí, me di cuenta de que ya no tenía a nadie en mi vida y que me encontraba completamente solo, pero fue en ese instante cuando recordé a mi tía que vivía en Holanda, un país hermoso y que yo quería visitar de niño. Me sentía devastado por la tragedia que vivió mi familia, tanto en vida como en muerte, pero la poca herencia que me dejaron mis padres y mi abuelo fue suficiente como para tomar el primer vuelo a Holanda, y visitar a mi tía. Esto le trajo cierto sosiego a mi dolor.

El viaje de España a Holanda no duró más de 2 horas, las cuales pasé totalmente melancólico y entusiasmado; aún puedo recordar la emoción que llegue a sentir cuando el avión volaba por encima de este país lleno de historia y lugares maravillosos. Al llegar, de inmediato me dirigí a casa de mi tía, quien me esperaba pacientemente después de no haberme visto durante 17 largos años. La expresión de exaltación en el rostro de mi tía, y el único familiar que me quedaba, era totalmente un tesoro para mí en ese momento; el extenso abrazo que me proporcionó fue tal que las lágrimas se hicieron presentes en ambos, pero eran lágrimas de alegría, a pesar de que unas semanas antes hubiese muerto mi madre.

La estadía con mi tía era digna de la realeza, todo el lugar era una increíble mansión, pero el estudio que tenía, y que le llegó a pertenecer a mi tío, me recordaba mucho al de mi abuelo, y a esa figura maldita. Después de unas semanas viviendo con mi tía, quise salir para apreciar mejor el lugar y despejar mi mente de aquella imagen turbadora, por lo que ella me recomendó visitar Keukenhof, un extenso y hermoso jardín donde las personas van a deleitarse por su majestuosidad, así que me preparé y salí para conocerlo. Cuando llegué quedé fascinado por el lugar, la fruición que reflejaba el sitio era digno de asemejarlo al edén, o al menos para mí era lo más parecido a ello. Pero como te dije antes, no todo lo maravilloso llega a ser como nos lo muestran.

En mi paseo por Keukenhof pude percatarme de este gran bosque de robles, todos amontonados entre sí, pero que dibujaban un trayecto para el curioso. ¡Digno es el ignorante, y desdichado es el curioso!, y mi curiosidad pudo más que el temor que aquel bosque me imponía, pero he de serte sincero, pues para que entiendas mejor la historia desde mi punto de vista, tienes que comprender esta relación; el miedo que el bosque imperaba era muy parecido al que yo sentía hacia aquel artefacto; un temor de admiración y respeto volvía a nacer en mí. ¡Maldita sea esta capacidad del hombre por relacionar las cosas, pues ahora te he maldecido con ella! Pero no temas, y sobre todas las cosas, no dejes que tu curiosidad te domine…

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