El olvidado (Parte I)

Por Noé Gabriel Portes Gil Bermeo

La región la constituía un gran prado verde, de deslumbrantes tulipanes, y hermosas lantanas que cubrían lo verdoso del lugar con un rosa tan vívido, que el deleite visual a quien lo presenciara requería la imposición de contemplarlo con grandes ojos, pues era simplemente hermoso; su tulipán negro, Baba Yaga, llama tanto la atención a quien lo aprecia, que el placer que transmite olfativa y visualmente satisface toda suposición que se crea del mismo. Sus reducidos canales donde el agua fluye con la brisa de los vientos en un baile y cantos inigualables, son sencillamente un encanto para las personas que lo contemplan. Sus arbustos están detallados de tal forma que invitan a la comodidad y a la tranquilidad que sus sombras ofrecen a sus visitantes; al igual de que una amplia avenida de robles representa un camino de incomparable admiración para quien lo cruce. Todo el lugar es una fruición para los sentidos. Keukenhof es maravilloso, y si algún turista me hubiese preguntado de un lugar donde pudiese pasar un buen rato y maravillarse de la histórica y famosa Holanda, sin tropiezos ni balbuceos yo recomendaría este hermoso edén; pero ahora no estoy seguro de hacer tal sacrilegio, pues sólo los enviaría a su perdición.

Más allá de aquel edén, dentro de sus empinados y retorcidos robles amontonados y muy cercanos unos de otros, se puede sentir una sensación de admiración hacia toda esa majestuosa agrupación de robles, o mejor dicho, hacia lo que aquel bosque resguarda, y que al mismo tiempo tornan esa sensación de fascinación en un miedo indescriptible. La primera vez que contemplé Keukenhof me había maravillado, pero jamás concebí dentro de tal deleite que el lugar pudiese contener un horror que fuese más allá de toda comprensión humana. Así fue como comenzó su relato aquel hombre extraño.

Antes de seguir y contarles la historia de este hombre, debo de aclarar ciertos aspectos. Esta no es una de esas historias o cuentos maravillosos de Algernon Blackwood, Lord Dunsany, Bram Stoker, o del mismísimo Howard Phillip Lovecraft, este es un relato real que un extraño alguna vez compartió conmigo. Hasta el día de hoy ignoro si aquel extraño, que por el momento nos referiremos a él como “El olvidado” (más adelante entenderán, queridos lectores, por qué), sigue vivo o si las manos frías de la muerte (o lo que sea) ha tomado su vida. Pero de algo sí estoy seguro y puedo defender, y es que esta persona estaba completamente cuerda cuando me contó lo que le sucedió en aquel paraíso endemoniadamente hermoso, pues la lucidez con la que hablaba pertenecía a la de alguien con la capacidad de un discernimiento sensato para el sentido común; también, y esto es algo que jamás olvidaré, es del horror y miedo que expresaba el rostro de “El olvidado” mientras me relataba su experiencia. Lo que estoy a punto de contarles, como bien dije, es un relato real, y me arriesgo a decir esto porque las expresiones de “El olvidado” no pueden transmitir una falacia para quien lo escuchase, y porque de cierta forma, al ser humano le consta que esto puede llegar a equipararse con la realidad; tal vez algunos la vean como una historia ficticia, pero una que se asemeja por mucho y con creces a la realidad que vivimos. Y si me atrevo a escribir esto, es para poder abrir los ojos de los ignorantes, haciéndoles ver que lo esotérico tiene un “cuándo” y un “por qué” en la historia del ser vivo, así que ahora les advierto lectores, que si siguen con esta lectura, quizás puedan ampliar su mente hacia tales conocimientos maravillosos y perturbadores, o quizá no logre nada en ustedes, pero algo sí les aseguro, y es que al razonamiento humano le resulta, y le resultará difícil poder comprender el universo, pues la mente humana es algo insignificante a comparación del amplio y vasto conocimiento que poseen las estrellas y sus galaxias. Todo tiene una explicación, y ahora la conocerán.

Era un día nublado, y yo me encontraba leyendo en un parque donde la soledad y la quietud estaban presentes, eso hasta que apareció “El olvidado” a relatarme, todo exaltado, inquieto y preocupado, lo que le llegó a atemorizar durante años. A pesar de la turbación que reflejaba con sus movimientos temerosos, la sensatez con la que se expresaba me transmitía una sensación de miedo (por la historia que comenzaba a relatar y por su aspecto) y de asombro por la tranquilidad que también llegó a reflejar en su semblante, así como de cierta veracidad por cómo me contaba su terrible y cruel anécdota. Él mismo, sin reparo en lo que hacía o a quién se dirigía, siguió con su relato.

Lo maravilloso que tiene la vida debe permanecer oculto para quien la disfruta, pues nadie nunca nos dijo que a veces lo maravilloso puede tornarse frío, inquietante y horrendo; nadie nunca ha visto lo que yo vi…


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