El mundo en tiempos de (guerra) humanos

Por Eva González

 

Hace meses que las noticias en los medios nos muestran constantemente que algo estamos haciendo mal como especie humana. No es sólo la elección de un racista que con mensajes de odio logró que millones sacaran su animadversión del closet para mostrarle a todo el mundo lo ansiosos que se encuentran de volver a los tiempo en que estaba bien dañar a la gente, por considerarla diferente al promedio en algún aspecto, ya fuese religioso, étnico, cultural o socioeconómico; también es la guerra en Medio Oriente que lleva años matando a gente inocente, desintegrando familias e hiriéndolos en todas las formas posibles; los animales que a diario mueren y corren el peligro de desaparecer; la tierra, los mares y ríos cada vez más deteriorados, convirtiéndose día tras día en vertederos de basura y desechos tóxicos; las personas que alrededor del mundo son víctimas de la violencia diaria en las calles y aquellos otros que son víctimas de la miseria; la gente en el poder que por incompetencia y una falta total de empatía hacia los demás o por una ambición desmedida, teniendo la capacidad y la autoridad para mejorar la situación de los ciudadanos prefieren tomarlo todo para satisfacer sus apetitos de riqueza.

Estamos viviendo tiempos de sinsentidos e incertidumbre del futuro inmediato, la gente se la pasa metida en redes sociales atacándose unos a otros, juzgando de acuerdo a sus personales creencias. A pesar del alcance que cada uno podría tener a través de internet, no tenemos un impacto real en los acontecimientos del mundo, no somos participes de lo que a diario pasa, sino, meros espectadores y jueces.

En las esferas de poder, a los representantes de las diferentes naciones del mundo, la situación se les está saliendo de las manos porque no pueden o porque no quieren detener las acciones que están dañando a sus pueblos y porque no les importa la gente salvo para conseguir votantes y seguidores.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”

Resulta doloroso entrar a un portal de noticias con todas esas muertes alrededor del mundo, todas las injusticias, la sangre inocente, los actos de violencia en contra de gente que sólo busca un refugio de las armas, de la pobreza, de la marginación. Hoy el mundo está más dividido que nunca, o tal vez sea que el acceso a las redes sociales nos permite verlo con una claridad que nunca antes habíamos tenido; el caso es que la gente se odia, se lanza injurias, se descalifican unos a otros, se lanzan amenazas, y todo por no pensar el uno como el otro.

La gravedad de esto radica en que hay mucha gente que quiere imponer un adoctrinamiento o una creencia que es personal o que pertenece a un grupo, y dado que su grupo tiene ciertas creencias, quieren imponerlas como verdades absolutas al resto de la gente. A su vez, confunden la libertad de expresión, porque una cosa es que expreses abiertamente tus creencias o tu particular modo de pensar y otra es transgredir a otros y querer coartar la libertad de los demás al expresarte tú. Hay mucha gente que saca la carta de la libertad de expresión, pero si tu libertad daña o limita la de otros a conveniencia, no estás actuando con apego a la libertad a la que has apelado para externar tus ideas, sentimientos, creencias y posturas con respecto a un acontecimiento o persona. Tal vez fue así que comenzó todo, queriendo imponer por medio de un argumento que solamente aplicamos a favor.

Sólo es hasta que las grandes desgracias nos sacuden que somos capaces de olvidar lo que nos hace diferentes: esas creencias y posturas políticas que tanto nos molestan y que atacamos fervientemente. Porque si estamos a punto de morir debajo de los escombros de un edificio, no vamos a preguntarle a la mano que nos está socorriendo de qué religión es o si es proaborto, si es vegetariano o si votó por tal o cual partido, si es homosexual o si es extranjero; porque sentimos que si no necesitamos de otros en este preciso momento es como si jamás los fuésemos a necesitar, pero hay que recordar que en 1985 un sismo de apenas unos segundos de duración cambió la vida de miles para siempre. Recientemente hemos estado enterándonos de las devastaciones en diferentes países y regiones del mundo provocadas por diversos fenómenos naturales, y aún así no pensamos en que muy pronto nos vamos a necesitar.

No sé si es necedad o egocentrismo, pero en un mundo tan diverso, querer imponer una ideología, un dogma o un sistema excluyente, es como creer que el mundo son dos cuadras a la redonda.

A los jóvenes correspondería observar los sucesos presentes y pasados, para aprender de los errores y aciertos. Finalmente, es un mundo en el que pronto seremos mayoría y nuestra responsabilidad es llevarlo por mejores rumbos. Tenemos que aprender a diferenciar, fuera de nuestra particular opinión, dónde están las libertades de unos y de otros, sin hacer juicios de valor creados por nuestro aprendizaje, y hay que saber cuándo es necesario defender al otro.

Está bien comprender que todos los animales en la naturaleza tienen conflictos, pelean por territorios y por recursos para su supervivencia, pero solamente, el ser humano es responsable de hacerle daño a todas las demás especies y sus congéneres sin justificación valida.

Y en medio de tanta rencilla mediática, tantas crueles realidades y tanto vacío en el espíritu de la gente, sólo me vienen a la mente las palabras de una niña sabia a la que no le gustaba la sopa y que decía: “¡Paren el mundo que me quiero bajar!”.


Imagen: http://www.actitudfem.com/entorno/noticias/el-personaje/las-lecciones-que-aprendimos-de-mafalda

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