El mexicano mecánico

Por Mónica Vargas

Todos nos hemos maravillado en alguna ocasión con el arte cinematográfico del maestro Stanley Kubrick, pero nada supera la explosión catártica de su adaptación de Clockwork Orange, en español La naranja mecánica. Un filme que va más allá del drama y la sátira, de los fervores dionisiacos y  la ciencia ficción; capaz de modelar el criterio de generaciones sin perder la esencia de la novela escrita en 1962 por Anthony Burgess bajo el mismo nombre.

La trama de esta obra gira en torno a Alex de Large, un joven desmedido y adepto a las drogas, la violencia desenfrenada y el sexo; no fue hasta su llegada a prisión que decide ser voluntario para experimentar el método Ludovico, un procedimiento gubernamental de aversión asistida que consta de condicionar al paciente mostrándole imágenes agresivas y horribles para el ser humano mientras éste se encuentra drogado y escuchando música clásica (que es su favorita) para que de esa manera vincule los actos delictivos con su propio modo de vida y el sufrimiento físico sea un alto para su comportamiento criminal, (en otras palabras se emplea el condicionamiento clásico propuesto por el psicólogo Iván Pávlov cerca de 1850).

A la fecha muchos pensadores, críticos y espectadores continuamos con el debate abierto sobre si el método Ludovico es humano o no en el sentido de la crueldad con la que se maneja. Sin embargo creo que este procedimiento ficticio pudiera considerarse una analogía con los métodos de control ejercido en nuestros días a través del poder de los órganos de gobierno y religiosos; los medios de comunicación y sus estereotipos implementados; así como las grandes empresas con productos dañinos  altamente adictivos.

En cada época histórica nos encontramos con alguna injusticia germinada a nivel Estado, desde una dictadura esclavizadora de sesenta años, hasta una desaparición forzada de jóvenes estudiantes en Ayotzinapa. Estos métodos queramos o no, son fundamentados en el miedo y la asociación que nace integrada a nuestro cerebro mexicano de manifestación y represión.

La religión a través de la iglesia es otro método de control social que si bien es más sutil y espiritual, promete el día de la justicia y castigo para el mundo entero si como seres humanos no completamos nuestra fe y la ejercemos con un comportamiento abnegado y conformista. Pudiéndolo comprobar con todos nuestros “hermanos” que fueron sacrificados en el nombre de Dios.

Los medios de comunicación que en nuestra era son imprescindibles para la vida diaria, también representan una fuerte presión para nuestra sociedad vulnerablemente dominada y con criterios vagamente cimentados; en donde la verdad histórica es la que se enseña a los niños y se publica en el diario oficial.

El capitalismo y los medios publicitarios trabajan juntos todos los días para enriquecer a los dueños de los medios de producción y empobrecer más y más a la clase trabajadora, particularmente a un sector ignorante y ridículamente influenciable.

Es ahora que nos damos cuenta de que el condicionamiento feroz que nos bombardea por todos lados a los mexicanos solo está demarcado por un pequeño y débil búnker construido a base de leyes, homilías, programas educativos y ferias de emprendimiento… ¿serán suficiente?

Si todos los mexicanos fuéramos Alex de Large, seguramente repetiríamos los mismos patrones de comportamiento “ideal” para una república armoniosa; el problema reside en que pareciera que en “todos los mexicanos” se excluyen los jefes de organizaciones criminales, líderes sindicales, servidores públicos, secretarios de educación, estrellas de cine, periodistas vendidos, empresarios y sacerdotes. Podemos prescindir de una ideología, pero no de una identidad que cada vez nos hunde más en el colonialismo disfrazado de democracia.

Para salvar a México no hacen falta un procedimiento Ludovico ni el canto de las sirenas de Homero, se necesitan vehementes discursos de líderes capaces no sólo de mover masas ni recaudar fondos, sino de ser sencillamente mexicanos; Leónidas que ante la adversidad pronuncien “pelearemos a la sombra”; maestros que nos enseñen la verdadera historia, la que estamos viviendo; ciudadanos conscientes y concientizados; religiosos con fe no sólo en Dios, sino en el ser humano; políticos con el trabajo frente a sus intereses personales; medios con visión profesional frente a la situación del país; activistas con valor y una lucha definida; jóvenes con intención y amor a la patria.

Creo que como la cinematografía que estelariza Kubrick en los 90, el arte es siempre un factor de manifestación, cuestionamiento y oposición, recordando que hay un lado del ser humano que es libre y sensible ante los ojos de la injusticia.


Imagen: http://www.hellofriki.com/cine/reportajes-cine/2017/01/15/la_naranja_mecanica/

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