El futuro

Por Ana Elvira Quiñones

 

Escuché un sonido estridente, parecido al de la sirena de una ambulancia, sonó alrededor de 10 minutos, e incapaz de conciliar el sueño de nuevo, abrí los ojos. Pude observar a través de una pequeña ventana, que aún era de noche. Rectifico, pareciera como si apenas acabara de anochecer. Pero como todavía estaba medio adormilada, pensé que lo correcto sería que estuviera por salir el sol; ya que de todas formas, cuando el sol se acaba de esconder o está por aparecer, la sensación que percibimos es parecida.

Sin ninguna otra opción y con el impulso de querer levantarme a causa de tener alguna responsabilidad, me quité una extraña cobija que tenía sobre mí y me senté en la cama de forma -pronunciadamente- oblonga y en la cual, apenas cabía mi cuerpo. En esta posición pude ver que aquel lugar en el que me encontraba, más que ser una habitación personal, parecía como si fuera una especie de albergue; pues había cientos de camas del mismo tamaño al de la mía y  se encontraban extendidas a lo largo de los dos lados más grandes del cuarto.

Mientras me daba cuenta de ello, me percaté del tipo de ropa que estaba utilizando; algo parecido a un traje de buzo que cubría todo mi cuerpo, dejando sólo al descubierto la parte del rostro. Por instinto, costumbre, inercia o lo que sea, toqué mi nuca para sentir el espesor de mi cabello dentro de ese extraño traje que cubría incluso mi cabeza. Sentí un vuelco en el corazón al notar con mis manos (las cuales al igual que el rostro estaban descubiertas) que aquel tipo de gorrito, que era parte de la indumentaria, no almacenaba nada que se sintiera como una larga melena, en lugar de ello, mi cabeza sólo se sentía como una enorme esfera. Sin duda alguna, estaba calva.

Aturdida por el lugar en el que me encontraba, por la ropa que estaba utilizando y por el hecho de descubrir que no tenía cabello, me puse de pie. Pero de manera casi mecánica me dirigí hacia donde iban todas las demás personas que se encontraban en esa especie de albergue. Llegamos a una habitación contigua a la que habíamos dormido. Ahí había suficiente iluminación y grandes armarios, de los que todos sacábamos un traje casi del mismo tipo al de un astronauta, sólo que en lugar de cubrir nuestras cabezas con aquella esfera de vidrio, la cubríamos con una máscara hecha del mismo material que el traje y con dos orificios que estaban cubiertos con vidrio polarizado, destinados al lugar donde se encuentran los ojos. A su vez dicha máscara contenía un tubo que iba de la nariz a una cápsula que debíamos colocar en la parte trasera del traje. Todos tomamos uno y ahí mismo nos lo pusimos encima de la ropa que ya traíamos al levantarnos; además añadimos guantes del mismo material para completar la indumentaria.

En dicha habitación, pude ver que había máquinas en el techo que desprendían aire, pero éste no era fresco ni caliente, sólo era aire con una aroma extraño, el cual pensé podía deberse a que utilizaban químicos (o algo parecido) para fabricarlo, porque algo era seguro: si usábamos el traje de buzo y había esas máquinas despachadoras de aire, y luego nos colocábamos el traje que contenía aquel tubo que conducía de la nariz a la cápsula, era porque debíamos salir al exterior de ese albergue, y en el exterior quizá no habría aire que pudiésemos respirar. Presa del miedo, esa fue la funcionalidad que pude encontrar al hecho de colocarnos aquel traje tan extraño.

Además de las máquinas que acabo de describir, vi un enorme reloj colocado justo encima de la enorme puerta por la que, una vez que todos nos pusiéramos nuestro traje, debíamos salir. El reloj marcaba las 20:30 horas. Por lo que, en efecto, cuando vi por aquella ventana no me equivocaba al inferir que pareciera como si se acabara de ocultar el astro rey.

Me sentía confundida, no entendía aquello. Una vez que hube observado todo lo material que componía a mi alrededor, por fin pude prestarles atención a aquellas personas que como autómatas se levantaron, se dirigieron a la otra habitación y se vistieron con aquel traje. Recordé que en todo ese tiempo no había escuchado voz humana alguna, ni siquiera había sentido la mirada de alguien. Dudo que aquellas personas pudieran ver algo más allá de ellos mismos. Sin embargo, luego de salir de aquella iluminada habitación, decidí acercarme a alguien. No sabía si era hombre o mujer, si era viejo o joven. No pensé mucho en lo que iba a decirle, de manera inmediata y desesperada la pregunta que le hice fue la de “¿Por qué hacemos esto?”.

La persona ni siquiera se interesó por saber quién le hablaba, asumo que para ella la pregunta debió parecerle estúpida. Pues supongo que nadie se sentía tan turbado como yo, y de la misma manera supongo que todos debían haber estado ahí por mucho tiempo, por lo que aquella imagen no debía parecerles extraña de la misma manera en que lo era para mí.

Una vez que salimos de la habitación iluminada, en donde se encontraban los armarios y aquel reloj, recorrimos un enorme pasillo y al salir de él, pude ver que nos encontrábamos en el mundo exterior. Sentí horror, tristeza, frustración. Pues afuera era como si nunca hubiese habido árboles, flores, césped o vida (además de la humana) en la Tierra. Todo lucía desértico, y aunque era de noche, en el cielo se observan unas manchas magenta entre el azul oscuro, que más que lucir hermoso, parecía como si el apocalipsis o el fin del mundo estuvieran cerca. Ahora lo entendía todo, me encontraba en el futuro. Y si utilizábamos aquellos trajes, era porque nuestro cuerpo ya no resistía las condiciones tan extremas del planeta, y si en lugar de utilizar la noche para dormir lo hacíamos en el día, era porque probablemente que de haber salido del albergue cuando el sol no estuviera oculto, éste hubiese consumido nuestros trajes y quemado nuestra piel a tal extremo de morir. Ahora lo entendía todo, la vida como la conocía ya no era posible en el planeta. Presa del pánico y la impotencia, sentí ganas de llorar.

Sonó de nuevo un ruido estridente. Al abrir los ojos tenía una lágrima derramada en la mejilla, en lugar del traje de buzo o de astronauta tenía puesta mi pijama. Por instinto, costumbre, inercia o lo que sea, toqué mi cabeza: no estaba calva, tenía el cabello tan largo como siempre. Di un salto de la cama y me asomé por la ventana. La abrí, sentí el aire fresco de la mañana, vi el sol resplandecer detrás de los árboles de mi jardín, vi los rosales que tanto cuida mi madre, escuché el cantar melancólico de las gaviotas y el paso de los niños que se apresuraban a la escuela con risa párvula y mirada alegre. Todo eso era hermoso, más que hermoso, eso era vida. Sin duda aquello  había sido un sueño, mejor dicho, había sido una pesadilla… o al menos sólo por ahora.


Ilustración de Pawel Kuczynski

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