El Crimen de la Educación

Por Elisa Horta

El otro día iba en el camión, luchando contra el cansancio y los auriculares bien puestos para escuchar el noticiero de las dos. Había salido del bachillerato. y me dirigía a mi casa después de una larga jornada académica; estaba pensando en lo mucho que dormiría en cuanto llegara a casa, pero de repente mi atención fue requerida en otro lugar y en otro momento.

La reforma educativa. (Sí, yo .)

Para mí, escuchar las noticias es un acto no de hábito si no de memoria. En realidad sólo lo hago cuando me acuerdo de ponerlo, prefiero leer rápidamente los periódicos en línea por lo que usualmente estoy oyendo música en lugar de locutores hablando por horas sobre el mismo tema en tonos condescendientes y poco profundos.

Sin embargo, esta vez fui sorprendida con la franqueza y el intento de asertividad que daba el analista en turno sobre la educación en México. Por su acento, sabía que no había nacido aquí pero la manera en la que se expresaba con respecto al país me dijo que sin duda tenía tiempo viviendo en él.  Ahora, para no gastar palabras intentando resumir lo que dijo en su cápsula noticiosa, me referiré inmediatamente a la brecha final de su comentario.

Sin haber escuchado toda su participación, tuve la suerte de saber de que trató de unos momentos después de que despertó mi curiosidad y pronto hilé las oraciones entre el locutor y su invitado para descifrar el tema de conversación. Resulta ser que discutían sobre los estados marginados, principalmente Oaxaca, en el contexto escolar y la manera en la que  su situación era abordada por las distintas campañas electorales del año. Como sabemos, esta entidad ha tenido un paro de clases y actividades académicas por maestros que tenían ya varios meses de manifestaciones en vez de clases. Hasta ese entonces, simpatizaba con casi todo lo que decía.

Hasta que llamó a nuestros niños “criminales”.

A mis hermanos y hermanas que llevan semanas enteras sin clases por profesores cuyos intereses no recaían en la enseñanza y educación de los más necesitados. Llamó criminales en relación directa, casi como si fuera proporcional, a los analfabetas y necesitados chiquillos del sur que no han podido aprender a leer y escribir porque su sistema educativo les ha fallado. Insultó a esos pequeños que llevan años sin saber resolver problemas elementales matemáticos porque sus escuelas y aulas han permanecido cerradas por horas y horas. Llamó “criminales” a infantes cuya única transgresión ha sido nacer sin las mismas oportunidades y ventajas que otros más afortunados en el centro y norte del país.

Lo único que me hizo dejar la estación intacta fue la necesidad de saber si corregiría su error.

Sorprendentemente, no lo hizo.

Me pregunté por un momento si era una metáfora, un recurso lingüístico que buscaba estresar su punto y hacer más contundente su opinión. Una ligera necesidad comparativa para profundizar su colaboración en el noticiero, quizá. Pensaba que no lo decía en serio, una parte de mi quería otorgarle el beneficio de la duda. Pero, ¿se lo merecía?

Independientemente de quién era esta persona que hablaba en el radio, yo misma tuve que aceptar que no era sólo él el que pensaba y hablaba de esta manera. Fuera un “decir” o no, él no era el único que usara esta clase de términos para referirse a los de menos suerte que la nuestra. Sabía, y sabía muy bien, que su comentario no era uno en un millón.

Para mí, representaba un sentir nacional.

¿Cuántas veces no hemos dicho que una persona, por verse de tal o cual manea, era de lo peor que podía haber? Todas las veces que nos encojemos sobre nosotros mismos al ver personas con abundantes tatuajes y perforaciones en el cuerpo, cuando volteamos a otro lado siempre que se nos para alguien al lado del coche en los cruceros o cómo cruzamos la calle repentinamente cuando vemos a un grupo de niños acercarse a toda marcha hacia nosotros. ¿Cómo nos comportamos ante lo diferente, lo inusual? ¿Qué cara pintamos, y les presentamos, a otras personas cuando caminan de nuestro lado? ¿Cuando los encontramos en las largas filas del banco, el súper, en el tráfico?

Muchas personas usan términos mucho más despectivos que “criminales” pero la intención es la misma.

No nos damos cuenta de que no conocemos a todos tan bien como lo pretendemos, que decimos saber mucho sobre nuestra situación y nuestros alrededores cuando en realidad ni nos damos el tiempo de ver lo que otras personas ven desde su punto de vista y sus contextos diarios. Preferimos ignorar a la mano que se extiende para pedir ayuda en vez de responder con la nuestra, como si fuera más fácil olvidar el sacrificio y sufrimiento de los otros porque pensamos que el propio es mayor y/o más severo.

Y, siendo realista, yo también culpo a la educación por la desigualdad del país. Y del mundo.

Los que podemos, beneficiados por un sistema que alega justica y equidad, aprendemos a sumar y a leer, a escribir y restar, incluso a tocar algún instrumento y conocer el nombre de las entidades del país desde temprana edad. Tenemos la suerte de conocer sobre las plantas y las fracciones, del lenguaje con el que nacemos y algunos más afortunados hasta logran comenzar a conocer otros idiomas. Mientras que otros permanecen sin poder poner pie en la escuela, haciendo lo que pueden desde casa, los que se supone recibimos nuestros diez meses completos de escuela por años somos los que los criticamos a ellos, como si fuera su culpa.

Siempre he pensado que la sistematización de instituciones gubernamentales no resulta eficiente, pues se dedica a beneficiar a unos pocos mientras que deja afuera a la mayoría. Y, usualmente, son los que más necesitan ser apoyados.

Ese pequeño, pero increíblemente molesto, comentario que escuché en el camión un día particularmente cansado me ha demostrado que es cierto. Se busca culpar a los más inocentes cuando en realidad ellos mismos son las víctimas. Y bien dijo el comentarista, que de no corregir el sistema y proponer legislación que refuerce nuestra reforma educativa los niños terminarán siendo carne de cañón. Y, aunque yo considero que por personas como él, y como nosotros que preferimos hacernos de vista pobre, los pequeños de Oaxaca y del mundo ya son exactamente eso.


Imagen: https://www.google.com/url?q=http://www.onunoticias.mx/los-ninos-hablantes-lenguas-maternas-tienen-derecho-recibir-educacion-lengua-unicef

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