El campo se está muriendo de hambre

Por Jimena Figueroa Gómez

Hace poco realicé un viaje de diez días por diversas comunidades de México, por parte de la escuela. Vi muchos cultivos (de distintas variedades) y diferentes formas de producirlos: la agricultura capitalista, grandes extensiones de tierra donde se siembra un mismo cultivo empleando químicos y variedades mejoradas; y la agricultura campesina, la que produce en pequeñas extensiones de tierra sembrando distintos cultivos sin emplear semilla mejorada ni agroquímicos.

En este viaje por las regiones del bajío guanajuatense, la zona productora de guanábana de Nayarit y una pequeña parte de la zona tequilera de Jalisco.  En el bajío entrevistamos a un productor que nos dijo: “El campo no deja ya, aquí hay años en los que nos toca morirnos de hambre” , en ese momento no me di realmente cuenta de que tan ciertas eran sus palabras; sino que durante el transcurso del viaje y durante mis reflexiones solitarias en el autobús fui, finalmente, capaz de apreciar dos cosas:

1.- El campo se está muriendo de hambre.

2.- Lo estamos matando nosotros.

Y no estoy hablando del campo como una extensión de tierra, sino del campo que es vida y que, más importante aún, da vida.

Ese campo hecho a mano que se construye todos los días con el sudor de la frente de un campesino; ese campesino que con cayos en las manos, pies llenos de polvo y ropa sucia  de tanto trabajar tiene la consideración de portar siempre una sonrisa en su rostro.

Actualmente ese campo, que representa en su mayor parte al campo mexicano, es víctima de intermediarios y no por no vender sino por vender a bajos precios o los “coyotes”, personas que se dedican a comprar los productos y revenderlos (un producto agropecuario puede llegar a tener hasta 6 o 7 coyotes). Por ejemplo la guanábana llega a tener un precio en el mercado de hasta $45 pesos; sin embargo a un productor se la pagan a $10 y para cuando llega al mercado ya ha pasado por 3 o 4 intermediarios, quienes al final de cuenta se han quedado la ganancia.

El campo también es víctima de las empresas nacionales y  transnacionales que les pagan lo que quieren por el producto y que además de ello les ponen una cantidad de condiciones de calidad muy estrictas, como lo son los tamaños en las frutas y verduras y el trato que se le debe de dar al producto en campo, vamos que pase lo que pase, la empresa nunca pierde.

Además el gobierno no coopera: muy pocos productores reciben ayudas económicas del gobierno o la que reciben es insuficiente, además la gran mayoría nunca ha recibido una asistencia técnica especializada en su cultivo y mucho menos algún tipo de certificación.

Sin embargo la realidad es que el campo también se muere de hambre por falta de conciencia nuestra, porque nosotros le regateamos a un productor siendo que si vamos a Walmart no nos ponemos a regatearle al gerente y mucho menos  a la cajera, pero si lo hacemos con un campesino, con un artesano, con un artista; a ellos sí les regateamos; sin embargo, ellos, aún así no escatiman en el amor que le ponen a las cosas que hacen.

Porque siempre buscamos lo de “mejor calidad” al precio más barato aunque, en algunas ocasiones, lo de mejor calidad resulte ser lo mas dañino a nuestra salud (cargado de fertilizantes, pesticidas y demás químicos de tratamiento poscosecha).

A veces preferimos lo que tiene una mejor presentación y aspecto a aquello que, aunque cuente con mejores cualidades, no se ve tan apetecible.

Y aunque no tenemos el control sobre los demás factores que afectan al campo, sí tenemos el control de nuestras acciones, de lo que hacemos y, en algunos casos, dejamos de hacer. El hacer progresar al campo es tarea de todos y comienza con pequeñas acciones que podemos realizar diariamente como: comprar, o por lo menos intentar comprar, directo de los productores; no buscar siempre lo que se vea mejor o tenga mejor presentación e intentar consumir lo local, además de dejar se regatear con los productores a costa de su trabajo.

Que el campo muera o no está, al final de cuentas, en nuestras manos.


Imagen de @enigamtino

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