El caminante contra el puente (anti)peatonal

Por Sergio Andrade

En la actualidad, la seguridad vial es un concepto que cobra vital importancia debido al incremento del elevado número de accidentes de tránsito que se registran día a día. Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año 1.3 millones de personas pierden la vida a consecuencia de los traumatismos causados por el tránsito (es decir que cada 15 minutos muere debido a accidentes viales), mientras que entre 20 y 50 millones padecen traumatismos no mortales. Los traumatismos causados por los accidentes de tránsito constituyen la principal causa de defunción entre los jóvenes con edades comprendidas entre los 15 y los 29 años. De continuar la tendencia actual, en 2030 las colisiones en las vías de tránsito se habrán convertido en la quinta causa más importante de muerte.

Todo esto supone que dichos accidentes podrían evitarse si se tuviese una conciencia de seguridad vial. La seguridad vial está orientada a la prevención de los accidentes de tránsito o la minimización de sus efectos, especialmente para la vida y la salud de las personas. En ese sentido, las normas reguladoras de tránsito y la responsabilidad de los usuarios de la vía pública componen la piedra angular de la seguridad vial.

El puente peatonal es una estructura que permite el paso de peatones de una acera a otra sobre las vías de tráfico motorizado y es la principal infraestructura con la que cuenta el peatón para resguardar su integridad durante sus traslados, o al menos eso es lo que nos han hecho creer.

En realidad los puentes peatonales son el principal medio de discriminación de nuestras ciudades, pues no integran a la mujer embarazada, al individuo de la tercera edad, al ciudadano con muletas o sillas de ruedas, al peatón que carga el mandado, etc. Además de que no son universales, los puentes incrementan casi en 400 metros la caminata del peatón, sin contar el esfuerzo de subir las escaleras o rampas de inclinación, factores que no promueve su uso.

El lector podrá coincidir que es mejor salvaguardar la vida a través del esfuerzo, que es mejor subir 100 escalones y recorres 400 metros más que arriesgarse a cruzar la vía de tráfico, incluso algunos tacharán a los peatones como flojos e imprudentes. Sin embargo, más allá del esfuerzo y el cansancio, el principal factor por el que los peatones no usan el puente peatonal es el factor tiempo. Cuando se trata de movilidad, todos queremos llegar a tiempo a nuestros destinos, la cosa es que para el peatón no es nada sencillo. Al peatón le construimos puentes, los cuales son espacios que, por naturaleza, rechazamos, pues el trasladarnos por ellos implica mayor esfuerzo y más tiempo.

Los puentes peatonales suelen ser peligrosos, escenarios perfectos para asaltos y violaciones. Un reporte en 2010 aseguró que en el Distrito Federal 90% de los puentes peatonales eran inseguros. El Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) reportan que de los 600 puentes peatonales que hay en la Ciudad de México, 10% está en óptimas condiciones, 60%  no recibe mantenimiento y 30% incumple con lo que establece el Reglamento de Construcciones para el Distrito Federal. Además de esto, los puentes peatonales son feos, estructuras de cemento y metal sin ningún tipo de estética, lo que por naturaleza, desmotiva su uso.

Pero el lector pensará que los puentes peatonales no están hechos para ser lindos o para reducir tiempos de traslado, si no que el puente peatonal sirve para resguardar al peatón. Sin embargo, las cifras de accidentes viales no han disminuido ni un poco incluso con la creación de éstos.

Un estudio realizado en el 2008 por el Instituto de Geografía de la UNAM,  reveló que 26.68 % de los accidentes en la Ciudad de México ocurre a menos de 300 metros del  66.45 % de los puentes peatonales. El principal problema, aseguran, es que los puentes peatonales provocan que el automovilista se confíe que no habrá personas en la vía.

El Instituto Nacional de Salud Pública ha publicado una investigación realizada en el 2010, en donde aseguran que los puentes peatonales no cumplen con la función de separar de forma segura los espacios entre los usuarios de la vía pública y que además, han traído la exposición a otros riesgos sobre la salud como la violencia urbana, sin olvidar los peligros derivados de la falta de mantenimiento de su estructura.

Todo lo anterior no parece tener lógica cuando entendemos que el peatón que ya de por sí camina, no contamina y prácticamente no nos cuesta, y pese a esto, a él no le damos ninguna facilidad. Parece claro entonces que los puentes peatonales no son para los peatones, sino que son intervenciones dirigidas a incrementar el flujo vehicular, pues tienen la intención de que el peatón no “estorbe”, por lo tanto los puentes peatonales son infraestructura vehicular, disfrazada de espacio peatonal.

Yazmín Viramontes, coordinadora de Proyectos de Diseños de Calles del ITDP, señala que en lugar de los puentes peatonales se deberían de aprovechar los semáforos para que los automóviles se detengan y enfatiza en que no deberían seguir construyéndose ese tipo de infraestructuras.

La construcción de un puente peatonal suele ser de costos elevados, logrando alcanzar un costo de más de 1.5 millones de pesos, sin considerar los gastos de mantenimiento e iluminación. El ITDP afirma que un cruce seguro para peatones con semáforos puede tener un costo estimado de 800 mil pesos.

Los puentes peatonales deshumanizan a las ciudades. Recordemos que las ciudades más bellas, con un tejido social más fuerte, son aquellas que se pueden caminar y que son seguras para el peatón. Además, el puente peatonal contribuye a la sumisión del peatón, incitando el uso del automóvil como medio de transporte y haciéndonos creer que el coche es quien debe tener siempre la preferencia y el mandato sobre las calles.

La necesidad de mejorar la seguridad y garantizar la integridad física de los peatones hacen necesaria la implementación de medidas de prevención que favorezcan la recuperación del espacio público, que garantice el acceso libre y seguro de los mismos a toda la infraestructura urbana. Lo anterior se complementa con el componente de la educación, sobre la necesidad de promover comportamientos y actitudes de respeto mutuo.

Para resguardar la seguridad del peatón, primeramente debemos de entender que todos somos peatones y que si de incidentes viales se trata, somos los más vulnerables, y es por ello que resulta imperativo incidir en políticas públicas que realcen el papel del peatón como el principal actor en cuanto movilidad se trata, políticas que lo protejan y resguarden, políticas que garanticen e impulsen la movilidad de una forma segura, equitativa, saludable y sustentable para todos y cada uno de los actores que comparten día a día la vía pública.


Imagen: http://www.info7.mx/a/noticia/557758

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