El autor-personaje

Por: Fernando Cruz Quintana (@fer_cquintana)

En un artículo previo que apareció en este blog, y al que titulé “Oda al silencio escrito”, reflexioné, a partir de la novela Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas, 2000), sobre aquellos escritores que adoptan la hoja en blanco como última expresión de su escritura. Esta vez continuaré con una de las vertientes más curiosas que se desprenden de aquello que se ha convenido en llamar “bloqueo del escritor”, aunque lo haré a partir de dos ejemplos cinematográficos y no literarios.

Dos historias coincidentes ofrecen a los autores una alternativa para no engrosar las filas del club de los bloqueados de creatividad (aunque seguir una directriz para la escritura es quizá la mayor muestra de la aceptación de carencia de ideas): 8 ½ (Federico Fellini, 1963) y El ladrón de orquídeas (Spike Jonze, 2002).

Considerada como una de los más grandes películas de Federico Fellini —director y co-guionista de la misma—, esta obra narra el infortunio del cineasta Guido Anselmi (Marcello Mastroianni), quien ha caído en un ocaso de ingenio y se siente incapaz de estructurar su siguiente filme. La angustia de Anselmi queda magistralmente retratada: intuiciones de saber cómo comenzar que se desvanecen más pronto de lo que surgieron, imposibilidad de decir qué es lo se quiere hacer, aislamiento que busca evadir las distracciones (aunque es más para eludir la vergüenza de saberse perdido).

Aún cuando no sea una representación que intente mostrar un hecho real en específico, es indudable que Fellini mismo fue su propia inspiración crear a Guido Anselmi (el espejo como ventana para la construcción de musas, o “muso”, si se me permite la expresión). El autor se revela a sí mismo como un humano errático antes que la deidad artística en la que solemos transformar a los grandes creadores de las distintas artes.

Durante la visualización del filme siempre me asalta una idea: no existe una metodología específica para la creación, y si la hubiera, insisto, reduciría aquello de innovación y de sorpresa que se exige de la obras artísticas (soy severo: que se exige de la vida). Pero, entonces, ¿en donde reside el principio de la creatividad? En todos y en ningún lado. Mi pregunta retórica es absurda e incontestable. El protagonista de este filme deambula de musa en musa, de recuerdo en presente y de circunstancia en acción hasta conseguir la tan anhelada “iluminación” que le llega justo al final de la película en una hermosa secuencia.

El ladrón de orquídeas

No hablaré de Spike Jonze, el director del filme; hablaré del guionista, Charlie Kaufman. El título en inglés de esta obra es Adaptation, puesto que la historia habla sobre la problemática de adaptar una obra literaria —llamada El ladrón de orquídeas— al cine.

Regresemos a las preguntas que nos importan aquí: ¿Qué hacer cuando enfermamos del cáncer de “no-puedo-escribir”? ¿Es problema de una mente revuelta? ¿Y si me apego a una fórmula? Cuestiones como las anteriores surgen también en la cabeza del protagonista de esta película, quien por cierto lleva el nombre de Charlie Kaufman (Nicolas Cage), puesto que está basado en Charlie Kaufman mismo. Me explico por si resulté confuso: con un arrojo de inspiración elizondiana (imposible no referir “El grafógrafo”) el guionista se auto-abduce y se mete a sí mismo en la historia, aunque su papel sea interpretado por otro actor: Nicolas Cage.

¿Por qué meterse a una historia que no trata sobre él? Sencillo: porque no la puede adaptar de manera interesante para el cine. La trama, entonces, termina siendo la narración de cómo Charlie Kaufman no puede trasladar una obra y decide entonces contarnos esa vergonzosa impotencia.

Como en el caso de 8 ½, está ficción está inspirada en la realidad pero contiene elementos ficcionales que la distancian de ella. En la película, por ejemplo, Kaufman cuenta con un hermano gemelo, también guionista —y también interpretado por Nicholas Cage—, que es del tipo de escritores que gustan de trabajar a partir de esquemas predispuestos para hacer historias con un alto grado de posibilidad de éxito.

Adaptation muestra la vergüenza que sienten los escritores impotentes de expresión y nos orilla también a preguntarnos sobre el motor para que surjan las ideas. Las mujeres, la soledad, la múltiple lectura de temas relacionados a los intereses de nuestra escritura, todas estas opciones son desechadas como soluciones al problema de Kaufman. Al final, aquello que parecía nunca una posibilidad, tiene mucho que ver con la respuesta buscada.

Permítaseles a los genios fallar: a veces las sobre interpretaciones que hacemos de las películas se enredan sobre motivos casuales o sobre elementos circunstanciales; no siempre los autores son aquellos ídolos irrefutables que controlan hasta el más insignificante detalle de sus creaciones. Temamos de caer en las fauces de la privación de la inventiva, y salgamos como podamos de la vaciedad de la hoja en blanco.

Kaufaman y Fellini han convertido la incapacidad en virtud: construyeron de la nada historias que empezaron y terminaron en ellos mismos. Aprendamos que a veces, cuando no se tiene nada que decir, se puede expresar precisamente eso: “no tengo nada mejor que decir que: <<no tengo nada mejor que decir>>”. Falaces griegos: cuando se nos nubla la escritura, a veces ni las musas ayudan.

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