El arte de no importarnos nada

Por Jimena Figueroa Gómez

Los jóvenes de hoy en día contamos con varias características que nos distinguen como excepcionales: nuestra gran capacidad de textear a gran velocidad, el hecho de poder establecer relaciones a larga distancia (desde amigos hasta novios).

Sin embargo una cualidad impresionante es el como hemos convertido la indiferencia en un arte: “El arte de no importarnos nada”.

Este arte consiste en ser lo más indiferentes posibles no sólo a lo que ocurre a nuestro alrededor, si no a casi todo aquello que no nos vaya a producir un resultado a corto plazo o una bonificación de cualquier tipo (¿Quién se interesa hoy en día por lo que le ocurre a los demás?)

Aunque eso de no importarnos nada, nada, no es del todo cierto, ya que realmente hay cosas que sí nos interesan, como el número de likes que tienes en tu nueva foto de perfil o si hemos recibido o no un mensaje importante de un amigo.

En este arte lo más importante es elegir qué te va a interesar y qué te será indiferente, y es aquí donde me atrevo a pensar (o en este caso escribir) que sólo nos interesan las cosas materiales: si nos comprarán (o compraremos) el nuevo celular, si tenemos la ropa de moda de este año o si nos vemos lo suficientemente bien en la selfie que recién nos hemos tomado y subiremos a Instagram.

Además lo más interesante no es el hecho de ser indiferentes, si no el cómo maquillamos nuestra indiferencia para fingir que algo nos interesa, cuando en realidad no nos interesa nada. Y es que en esto existen varias técnicas que hemos logrado perfeccionar con el tiempo:

Una de ellas es fingir un interés, por así decirlo, desinteresado; en pocas palabras, “dar el avión”. Ya sea fingir un interés sincero con preguntas y participaciones activas dentro de la conversación o solamente participar con monosílabos en forma de afirmación a todo lo que sea que la gente esté diciendo. Además tenemos la técnica infalible del teléfono celular, ésta se puede adaptar a las otras técnicas mencionadas anteriormente, aunque en algunos casos puede llegar a denotar que, de hecho, no te interesa para nada.

Y es que cuando se trata de fingir literalmente no hay límites, si se busca, por ejemplo, una interpretación más “realista”  aplicamos una técnica de remembranza (o “flashback” como me gusta decirle). Esta técnica consiste en, cuando la conversación está sumamente aburrida, recordar cosas que nos interesen o agraden y mirar a la persona para hacerla creer que esa sonrisa o interés es por su plática.

La tercera, y ya que vamos a sincerarnos: la más usada y creída, la sonrisa falsa, sí, esa técnica que ya te sale por si sola cuando alguien dice algo que no te importa y temes lastimarlo si le dices la verdad, así que pones una sonrisa tipo concurso de belleza y sólo asientes, ya sea la cabeza o añadiendo “sí” de vez en cuando para que la gente no se de cuenta de que en realidad no has escuchado nada de lo que ha dicho.

El no importarnos nada, en algunas ocasiones, funciona (¡Y vaya que lo hace!) le hacemos creer a todo el mundo que nos importan, cuando en realidad sólo nos importamos nosotros mismos. Lo malo es que durante este proceso, durante el cual hemos perfeccionado nuestras técnicas de desinterés, nos hemos olvidado de que la mejor parte de estar y convivir con alguien es: escuchar, pero sobretodo ser escuchado y saber que te escuchan y comprenden a pesar de que, en realidad, no les interese el tema.

Somos expertos en el arte de no importarnos nada, que hemos vuelto un arte en una forma de vida: si no me pasa a mi, ¿Para qué me preocupo?; sin embargo (y retomando las palabras de Emma Watson en su reciente discurso a la ONU) “[…]Si no lo hago yo ¿Quién?, si no es ahora ¿Cuándo?”.

No les estoy pidiendo que les (o nos) importe todo, es sólo que escoger nuestras prioridades con más cabeza fría no nos haría tanto daño.  Quiero decir que nos debe interesar no lo que nos afecta a corto plazo, si no lo que llegará a afectarnos a largo plazo.

Hay cosas que nos afectan, o nos afectarán, pero que por alguna razón no nos interesan. Pero cuando no llegan a afectar de manera más directa, entonces si es cuando nos quejamos y nos preocupamos por ellas.

Todos, ni yo me salvo, hemos caído en esto por lo menos una vez en nuestras cortas o largas existencias; sin embargo, algunos, dentro de nuestra indiferencias y preocupaciones absurdas encontramos un espacio para preocuparnos por una causa perdida (como el cambio climático, la equidad de género, el libre acceso a la educación, etc.) y pensar qué haremos para cambiarla.

En este arte hacen falta perfeccionamientos, el mundo no se cambiará solo.


Imagen hecha por el autor,.

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