El arte como instrumento de la rebelión

Por Elisa Horta

Es cierto que actualmente no existe ninguna especie de paz nacional, ni mucho menos internacional, el mundo hoy más que nunca sufre una incesante y dolorosa metamorfosis que nos obliga a cambiar con él. Las guerras y los conflictos armados no dejan de aparecer y los problemas sin necesidad de derramamiento de sangre tampoco parecen cesar. La contaminación y el cambio climático, las diferentes clases de opresión que sufren las minorías (que, como hemos visto, parece que solo van en crecimiento) y la discriminación del más débil, o del más desprotegido, persiste hasta nuestros días. Las buenas noticias son cada vez más difíciles de encontrar diariamente, y siempre que aparece una, llegan las malas a opacarla. 

Y, como si fuera poco, el sobrevivir parece costarnos cada vez más. 

Pero de una manera u otra lo logramos, llegamos a los fines de semanas con vida o al cierre de ciclos escolares, año nuevo y demás con un sentimiento increíble de cansancio y pesar pero, hasta eso, relativamente ‘bien’. Pero, ¿qué podría ser lo que nos ayuda a perdurar por encima de todo esto? Ciertamente nos distraemos con facilidad, sufrimos o pretendemos ignorancia y fingimos que todo está bien; inclusive si no es tan sencillo. Lo curioso aquí es que la sociedad ya tiene un enfoque específico con el que ignorar todo lo que sucede detrás de sí: El Arte. 

Aunque este suene más elegante de lo que muchas veces es, sencillamente con hacer referencia a la música que escuchamos camino a casa o los libros que leemos en nuestro tiempo libre, las películas que ponemos en la televisión… en fin, todo aquel entretenimiento que nos rodea tiene su propia técnica y características que sin duda lo hacen eso: arte. Por más mundano, e insignificante e inofensivo, de lo que pensemos. 

El arte, sin embargo, no tiene absolutamente nada de inofensivo. 

A través de los años, decenas de regímenes políticos y sistemas gubernamentales han perseguido e intentado suprimir las manifestaciones artísticas, acabar con los fondos culturales o desaparecer a todo artista. Y eso que muchas veces, no todo el arte era precisamente revolucionario. Pero, ¿y qué si lo fuera? 

Lo que no nos atrevemos a decir, lo que nos callamos y fingimos no estar ni siquiera pensando, lo que compartimos o nos quedamos; todo lo que se da y se va, cuando es para uno mismo o para alguien más, cuando es para muchos más, etcétera, se puede decir con el arte. Lo que se quiera hacer, pensar, soñar, hablar o incluso borrar y eliminar puede representarse de mil maneras. Verso, prosa, en pintura o a lápiz, con acuarelas y óleo o en piedra o papel, con lo que compras, lo que tienes, hasta lo que se roba y se regala, no hay límites mientras uno jamás piense en ellos y con hacer, y no dejar de hacer, es más que suficiente. El arte es la única disciplina liberadora, catártica, aquella que siempre necesitaremos como humanos. Es quizás, por eso mismo, que es tan oprimido como es buscado. 

Sin recurrir mucho a fechas y hechos concretos, porque entonces tendría que hacer una lista interminable, podemos pensar y mencionar varios momentos en donde el arte fue un parte aguas tan importante como cualquier guerra o asesinato, donde el crear fue tan, o más, poderoso que la destrucción. Pero no lo fue simplemente por ser, lo fue por la manera en que lo usamos la raza humana. 

Desde el mundo occidental hasta las culturas orientales y cualquier otra ajena al mundo colonizado y capitalista, las personas acuden a sus diferentes trabajos y obras artísticas para alzar la voz y comenzar una discusión necesaria. Hemos hecho todo lo posible por comunicarnos de toda manera posible por y para todas las inquietudes que cualquier persona ha atravesado durante su vida, y hasta antes de ella. 

Keith Haring protestando contra el silencio del gobierno americano durante la epidemia de VIH+/SIDA en Estados Unidos, la propaganda política internacional de cualquier sistema en el que se pueda pensar, los muralistas mexicanos como Diego Rivera que defendían al pueblo y al comunismo en momentos de necesidad, Ana Mendieta que se reveló contra los roles de género y avocó por el feminismo mucho antes de la segunda ola americana, William Kentridge contra el Apartheid de su natal Sudáfrica y el ridículo sistema de segregación racial, en años anteriores al siglo XX como las hermanas Brontë o Jane Austen que el simple hecho de haber poseído obras literarias publicadas, siendo mujeres, dijo más que muchos de los hombres de sus épocas.

El arte hace ruido, incomoda, despierta sentidos y mentes que se abren ante las realidades que nunca antes pudieron haber concebido como reales, y ese es uno de los más grandes poderes poseídos por las personas. 


Imagen de Bansky

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