El amor en tiempos de la realidad…

Por Aarón Argaéz

Crecer es difícil con todo lo que implica, no siempre podemos adaptarnos bien a esos cambios que conlleva adquirir responsabilidades y tener que afrontarnos a la toma de decisiones. Lo cierto es que hay formas de prepararnos pero nada nos da seguridad… Crecer, madurar y volverse adulto, es inevitable, es como caer al vacío; una vez que comienza no se puede detener. Al menos como un proceso biológico no, pero siendo honestos ¿qué significa madurar? Es un tema complicado ya que creo yo que se trata de una postura ante la vida y las situaciones de ésta.

Cuando uno es pequeño necesita ayuda para todo, mientras más pequeño se es más dependientes somos, pero al crecer nos vamos desarraigando más y más de ciertas costumbres que antes nos hacían sentir seguros para encontrar seguridad en nuevas costumbres o por el contrario perder miedos. Quizá eso es parte de lo maravilloso de crecer, el perder miedos, sin embargo también ganamos nuevos, y uno de los que más nos asustan es amar…

Amor.

Una palabra que actualmente perturba y asusta por la seriedad que conlleva y ante un mundo tan acelerado, en un mundo conectado las 24 hrs. del día, los 7 días a la semana, los 365 días del año, ¿qué es el amor? No nos pongamos cursis ni metafóricos, la cosa no va por allá. Antes hablábamos de crecer así que volvamos un poco atrás; quizá uno de los cambios más significativos que determinan que uno ha crecido es el hecho de querer compartir con otro, compartir tiempo, espacio, relaciones, economía, en fin… unir ciertos aspectos importantes de nuestra vida con otra persona. Cuando somos niños somos egoístas, queremos todo para nosotros y lo queremos ahora, irónicamente también somos realistas, sabemos que si no es ahora no es nunca porque a fin de cuentas lo único que tenemos es el aquí y ahora.

Cuando ese egocentrismo infantil de “todo para mí ahora” se remplaza por un “para nosotros en su momento”, aprendemos el valor del trabajo y de la paciencia, entendemos que existe una diferencia entre metas, sueños, caprichos y proyectos. Sin embargo el amor, o al menos lo que más se le parece en tiempos modernos, se ha convertido en un extraño consumismo emocional, una constante idea de necesitar de otro para que esa persona cumpla nuestros deseos, entonces fijamos expectativas de la relación, idealizamos a la pareja, construimos estereotipos y sobre todo, construimos un marco social alrededor de nosotros para mostrar al mundo nuestra felicidad.

Ojo, que esto no es una crítica, en ningún momento digo esto esté mal; es simplemente una reflexión que nos llevará a un punto en concreto. Pero vayamos con calma, hablar de esto es complicado.

Si bien no está mal hacer las cosas que nos hacen felices, por más absurdas que éstas sean, hay que preguntarnos ¿qué clase de felicidad estamos generando en nuestra vida? A veces pensamos que felicidad es sentirnos plenos y dichosos, que es mirar de forma optimista y aceptar con buen ánimo las circunstancias favorables, pero existen felicidades efímeras, felicidades que son como pequeñas dosis diarias que nunca alargan sus efectos. Al final acabamos apesadumbrados porque no logramos mantener esa dicha, nos frustramos porque ante esos instantes de alegría, de pronto hay temporadas de problema tras problema, fracaso tras fracaso, sentimos que crecer es horrible porque de repente hay que pagar cuentas, hay que trabajar, hay familia, hay que cumplir expectativas, dejamos de planear a futuro, dejamos de soñar, olvidamos que el mundo sigue girando más allá de la siguiente quincena…

Crecer nos parece muy difícil, hasta triste, porque nos damos cuenta de lo buena que parecía la vida antes, descubrimos que la felicidad es una cosa inconsciente que pareciera sólo encontrarse cuando se mira en retrospectiva. Cuando eres feliz no lo sabes, lo vives y después reflexionas sobre eso. Al final lo que nos queda es el recuerdo, quedan las palabras, quedan los lugares, las personas se van pero lo que nos hicieron sentir permanece. Eso nos ayuda a crecer, a madurar, a afrontar la vida con una mentalidad objetiva, al final cada experiencia aporta un poco a nuestro crecimiento.

¿Y entonces el amor? Creo que amar es el acto más maduro que uno puede tener, se forja con tiempo, con experiencias, no hablando sólo del amor de pareja sino el amor de la familia, el amor para con los amigos, el amor a nuestro trabajo, a nuestra carrera, es una forma de compartir con otros y que otros nos compartan de sí mismos. En nuestro mundo actual es fácil caer en la envidia, ver los triunfos ajenos y lamentarnos por los fracasos propios, culpamos a la suerte de las oportunidades privilegiadas de quienes a nuestro parecer no las merecen y después dudamos de nuestras capacidades preguntándonos si realmente somos buenos para lo que hacemos.

Pareciera que estamos siempre en una constante confrontación, contra la espada del futuro y la pared de las limitaciones. Vivimos asustados pero sobretodo apresurados porque ya sea la hora de la comida, de salida, porque sea viernes, quincena, fin de mes, vacaciones, fin de año, la jubilación…  pensamos siempre en el siguiente respiro y mientras nos sentimos ahogamos.

El amor en tiempos como éstos, donde se exigen resultados, donde hay números y estadísticas, donde necesitamos seguridad para continuar, se termina convirtiendo en un trámite burocrático del corazón, una relación con acuerdos legales de permanencia voluntaria. A pesar de todo, y con esta reflexión termino, como dijo Khalil Gibran “el trabajo es amor hecho visible”.


Imagen:  http://jerishoots.deviantart.com/art/PAIN-15612041

Comentarios

Comentarios