Dos niños en casa

Por Guillermo Alvarado.

En casa hay dos niños. Desde temprano se nota su presencia; despreocupados entran al baño y se tardan horas. Cuando por fin salen, es mejor esperar un poco antes de ingresar. Nunca prenden el boiler, pero siempre entran primero a bañarse, y al salir, sin preguntar a nadie, deciden que lo mejor es apagarlo, no importando que falte por bañarse toda la familia.

No ayudan en las labores de la casa, se salen temprano y regresan pasando el mediodía. Exhaustos y con hambre, se ponen de malas al saber que aún no está la comida, prenden la televisión a volumen muy alto, van de un cuarto a otro buscando de qué quejarse, exasperan pero no auxilian ni dan cabida a opiniones. Para ellos, su verdad es absoluta.

Son los primeros en sentarse, los últimos en terminar sus alimentos, recogen de vez en cuando sus trastes y disfrutan hacer sobremesa, platican y ríen, son dos niños sin tantas preocupaciones.

Hay días en los que no amanecen tan bien, son más enojones de lo acostumbrado, toman sus medicinas con el ceño fruncido, les cuesta andar y prefieren no salir a la calle; se la pasan largo rato dormidos o en cama, ni ganas tienen de quejarse, contestan grosero, pero en sus ojos existe explicación a su mal humor, se refleja su malestar.

En casa hay dos niños, una nena de 78 años y un varoncito de 80 años, en casa, estos niños son un verdadero desastre y dan ganas de darles sus nalgadas a cada berrinche y su jalón de orejas a cada grosería o desatino. Pero agradezco al cielo que aún puedo disfrutar de sus travesuras.

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