Distracción involuntaria

Por Arianna Carli

 

Voy a la tienda de la esquina y la cajera tarda en darse cuenta de que estoy enfrente de ella, esperando, ¿Qué la tiene tan distraída? De regreso a mi casa en el camión, ¿Qué hace el conductor en el alto y a veces, incluso, mientras maneja? En la mesa cuento una de mis interesantísimas anécdotas a mis familiares y mientras lo hago, les cuesta trabajo ponerme atención, ¿Por qué? Voy al cine con una amiga, y saliendo de la película, ella no tiene idea de qué se trató porque estuvo en otra cosa… ¿En qué?

Probablemente a este punto ya se han reconocido en al menos una de estas situaciones, y saben a lo que me refiero. Sí, se trata de nuestro gran amigo, presente en toda ocasión, indispensable y cada vez más demandante: el celular; no físicamente él, sino aquella realidad virtual que vive dentro de él y que logra que grandes y chicos se olviden de aquella otra realidad en la que se supone que nos movemos.

No puedo criticar sin antes admitir que yo me he comportado de la misma manera y que sigo cayendo una y otra vez en lo mismo, sin embargo, no me gusta. No, no me gusta. Me he sentido culpable, genuinamente mal, después de que la persona con la que estoy físicamente se da cuenta de que no he escuchado nada de lo que me ha dicho pues he estado ocupada escribiéndole a la persona que está del otro lado de la pantalla, que además ahora, gracias al “visto” de Facebook y las palomitas azules de Whatsapp, se ofende si ya leí y no contesté. Sí, una cosa más por la cual sentir ansiedad en nuestras relaciones sociales.

¿De verdad tenemos esa obligación de estar siempre disponibles para los demás en todo momento a través de las redes? ¿Qué pasa entonces con nuestro contacto con lo que nos rodea físicamente? No me malinterpreten, agradezco tener acceso a internet. Agradezco poder comunicarme con quien quiera, casi siempre de manera inmediata. Pero al mismo tiempo creo que la situación se nos ha salido de las manos y lo que más me cuesta explicarme es el por qué. ¿Qué nos resulta tan atractivo del mundo virtual? ¿Estamos acaso aburridos de nuestra “otra” vida? ¿Qué es lo que estamos evadiendo?

Para muchos, dar una imagen maquillada de sí mismos a través de las redes es lo que los tiene conectados. Todos podemos mostrar sólo aquella parte de nosotros que nos gusta en las redes. En la red nos sentimos protegidos, tenemos la opción de editar todo lo que compartimos y podemos ocultar aquello que es imposible ocultar cuando nos miramos a los ojos.

En los últimos meses he hecho varios viajes a Cuba, donde las telecomunicaciones no son tan buenas y desgraciada o afortunadamente, el internet móvil no es parte de la cotidianeidad como lo es aquí en México. Digo desgraciadamente porque sé que es algo que los cubanos deben tener, es necesario que llegue la modernidad y que la gente tenga acceso a la información y a la comunicación vía internet de manera generalizada. Pero también digo afortunadamente, porque en estos viajes me he sentido liberada de mi pequeño mundo virtual, de la responsabilidad de contestar en todo momento, de despertar y como un hábito revisar Facebook, Twitter, Whatsapp, Instagram, Youtube, etc, etc. Hay algo especial en ese mundo alejado de estas herramientas, algo que hemos olvidado los que constantemente estamos mirando la pantalla, algo que se puede traducir, por ejemplo, en una verdadera conversación, sin las ya usuales distracciones virtuales.

Una amiga hizo uno de estos viajes conmigo, y para ella fue más difícil que para mí, de vez en cuando abría Whatsapp, sin conexión, y al cuestionarla sobre esto me contestó: “Lo abro para recordar cómo es”.

Mi intención no es sugerir que no deberíamos estar conectados, o que las redes sociales son “malas”, al contrario, las considero herramientas muy útiles y muy poderosas, cuando sabemos usarlas. Pero como lo mencioné antes, algo se está saliendo de las manos, así que esto es más bien una invitación a reflexionar sobre lo que tal vez nos estamos perdiendo de ese mundo que estamos dejando a un lado y a que simplemente nos detengamos un momento a mirarlo.

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