Discusión

Por Dante Noguez

 

 

Más que una discusión, el libro de título homónimo escrito por el ciclópeo Borges es una bonita exposición de breves pero densos conocimientos y razonamientos elaborados desde la curiosidad.

Hacia el inicio de uno de sus ínclitos ensayos, Borges confiesa: «Soy un lector hedónico: jamás consentí que mi sentimiento del deber interviniera en afición tan personal como la adquisición de libros, ni probé fortuna dos veces con autor intratable, eludiendo un libro anterior con uno nuevo». La frase, a mi parecer, resume lo que puede esperarse de Borges en este libro: un ávido lector que con cariño comparte los asombros que sus lecturas le otorgaron. Si buscamos una salida del típico texto académico infumable, siempre podemos recurrir a Borges, quien desdeña todas aquellas lecturas especializadas y supersticiosas que solo buscan «tecniquerías» y se ciñe a establecer una relación más entrañable con su lector, una relación donde se comparten pequeñas felicidades del intelecto.

El libro no podía ser de otra forma: el hambre de conocimiento de Borges nos regaló ensayos que van desde la filosofía y la teología hasta la cinematografía. En una breve nota, después de reflexionar acerca de la literatura ficcional, y recalcando que los filósofos son los maestros de ese género, pues han elaborado increíbles teorías sobre dioses abstractos con la sola imaginación como herramienta, escribe:«los católicos creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan en él. Conmigo ocurre lo contrario; me interesa y no creo». Así, a vuelapluma, Borges, casi sin quererlo, manifiesta esa inquietud por conocer; esa constante exigencia de su inteligencia que, como niño pequeño, no está tranquila sino hasta que le dan un juguete para que se divierta desarmándolo y armándolo y desarmándolo y armándolo.

Cuando uno lee los cuentos y poesía de Borges sabe que está frente a alguien de lucidez e ingenio monumentales. Su versión ensayística no se queda atrás. Con una agudeza desconcertante para notar cambios, transiciones y detalles lingüísticos, estilísticos, estéticos, literarios y lógicos en lo que lee, nos descubre numerosos significados y astucias escondidos entre líneas. Cuando Borges no está explotando y alborotando y jugando con nuestra inteligencia en sus cuentos, nos está llevando de la mano a una aventura abracadabrante, reflexiva y edificante en sus ensayos.

A pesar de la «casi inextricable complejidad de los artificios novelescos», y de la falta de un «vocabulario especial [como el del analista de una pieza forense]», Borges emprende y logra felizmente la tarea de entender y enseñar todo artificio literario. Aunque Borges diga: «la literatura carece de términos convenidos de tal forma que no puede ilustrar lo que afirma con ejemplos inmediatamente fehacientes», él mismo se las ha ingeniado para ilustrarla con detalles polícromos. Tal es el caso de su ensayo El arte narrativo y la magia, donde analiza, entre otras cosas, The Life and Death of Jason, de William Morris. Uno de los varios análisis versa sobre la manera en que Morris emprendió la tarea de hacer del centauro un ser verosímil. Para introducir al centauro en su texto, Morris escribe: Where bears and wolves’ the centaurs arrows find. Tranquilamente y sin asombro, al centauro le otorga el mismo origen que a otras fieras también extrañas. Morris no duda y da por hecho que el centauro vive entre ellos. El lector, al pasar por esas líneas, ineludiblemente ha quedado engañado por Morris: también considerará la vida del centauro como algo real y nada asombroso. Desde esa pequeña astucia morrisiana que Borges notó, ya el argentino está dejando ver su sutileza.

Después, en el texto, el rey ordena a un esclavo y a un niño que se dirijan a ver al centauro, advirtiéndoles que es de grave fisonomía y robusto. Ellos siguieron las órdenes y la segunda mención resultó negativa engañosamente. La habilidad de Morris, otra vez, juega con nosotros. Luego vemos otra astucia, pues Morris escribió «quick-eyed centaurs»; ahí Borges notó el delicado e ingenioso rasgo de los ojos veloces que animó bonitamente a aquellos míticos personajes. Morris, dice Borges, no necesitó una justificación ni una ardua descripción del centauro, a Morris le bastó con nuestra fe en sus palabras, como también le basta a cualquiera que narra una cosa en el mundo real. Morris se mostró como un maestro de la escritura, de la invención y de la persuasión del lector. Borges supo descubrir el truco detrás de tan bonita escritura. Esa pequeña dosis de la sagacidad borgeana para hallarle formas a la literatura podría reventarle los sesos a cualquiera. De la misma forma en que nos descubre a Morris, nos descubre a Wells, quien es un maestro de las invenciones circunstanciales. En su libro El hombre invisible, nos hallamos con ese personaje que no puede ocultar un revólver en su transparente mano; un personaje cuyos invisibles párpados no pueden detener la luz; un personaje que es el favorito de los accidentes de tránsito. Esos pormenores que demuestran la majestuosa habilidad de los escritores no se le escapan nunca a Borges. Los más minúsculos detalles de la literatura no tienen escape de la lupa borgeana. La lupa que Borges utiliza para leer, y que nos presta en estos ensayos, es un tesoro invaluable. Y tan solo esta torpe y vaga anotación que he hecho de un tema borgeano ya nos advierte que estamos frente a una desorbitada inteligencia.

Claro, la incólume y precisa pluma de Borges encuentra la manera de explicar sus temas mucho mejor que yo, pero la minuciosidad y grandiosidad de sus ideas es evidente. Entre sus ensayos encontraremos un análisis de la poesía democrática de Whitman, otro tanto de la poesía gauchesca, otro más de la temporalidad del infierno, aquel otro de las paradojas zenonianas, esotro de la mortal pero reservada prosa del injustamente olvidado Groussac. Análisis todos ellos llenos de belleza, de intimidad, de sencillez, de pulcritud, de erudición y, sobre todo, de inteligencia. Una prosa modesta, instructiva y placentera que nos permite un encuentro íntimo con una de las mentes más descomunales que han habitado este planeta.

Yo esperaba tratar muchas cosas más del libro, pero me he quedado con los tristes plumazos de un ensayo. Aunque, de cualquier forma, no me creo apto para englobar todo aquello. Jamás agotaré sus ideas. Un mortal como yo está condenado a no abarcar nunca la infinita mente de Borges. Ojalá otros, algún día, logren la entera y feliz intelección de ese aleph que llevaba por cerebro. Yo, por lo pronto, me quedo con una de las alegrías de la razón más bonitas que he tenido.


Bibliografía: Borges, J. L. (2017). Discusión. Ciudad de México, México: Debolsillo.


Imagen: http://www.clarin.com/viste/frases-borges-van-dejar-pensando_0_S1gxvIxI.html

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.