Dignidad y auto-respeto: conceptos en lugares inauditos

Por Miguel Téllez

Hablaré de la dignidad y del auto-respeto en su dimensión técnica, como suelen entenderse en el derecho y la filosofía política y moral. De hecho, como defenderé, esa es la dimensión en los que deben ser empleados: usarlos en otro contexto lleva detrás una suerte de prejuicios, idea de vida buena y, en un sentido peyorativo, juicios de gusto. 

Como he señalado en diversos textos, emplear conceptos no es cualquier cosa: hay que delimitar qué entendemos por ellos, cuáles son sus implicaciones y si el contexto en el que los utilizamos es el adecuado. Si no realizamos lo anterior, tendremos un malentendido con la otra persona, o haremos que la otra persona interpreta cosas que no pretendíamos decir.

Dignidad y auto-respeto son conceptos de mucho talante: especialmente en su acepción jurídica y política-moral. Un ejemplo de la envergadura de “dignidad”, la hallamos en el filósofo Immanuel Kant, para quien este valor es una suerte de joya preciosa que no tiene equiparación. Sin embargo, no sólo la entiende con aquella especie de metáfora, sino como un valor que hace que los hombres sean hombres, se trata de una capacidad que sólo posee la humanidad –es decir, los humanos. Esto quiere decir, tal vez de un modo forzado (según para algunos intérpretes), que alguien que no posea dignidad, no es humano. Y en términos morales, que no tendríamos deberes hacia él. 

Dignidad en terminología jurídica implica, grosso modo, una suerte de esfera de intereses y derechos que no pueden ser violados. Se trata, pues, de una defensa de la integridad de la persona: existen deberes que los demás tienen con nosotros, y nadie puede ignorarlos ni tampoco, por tanto, humillarnos.

Como podemos apreciar, se trata de acepciones bastante robustas: hay una protección que tenemos en contra de algún tipo de abuso. Por ahora no interesa la queja que reza “pero los derechos son ignorados una y otra vez”, no por ser meramente ignorada o trivial, sino porque no compete a este escrito. 

El concepto de “auto-respeto”, que puede “sonar” parecido al de dignidad, también tiene mucha importancia. Siguiendo a José Luis Velázquez, “(…) cuando se habla del respeto que se tiene uno a sí mismo, lo que se quiere decir es que es consciente de sus derechos y del valor que tienen para hacer demandas a los demás”. Ya que tenemos la definición, no hace falta explicar porqué es que dignidad y auto-respeto no significan ni implican lo mismo. 

Ahora bien, el título de este escrito, además de hacer explícitos los conceptos que ya expliqué, dice “conceptos en lugares inauditos”. Con “los lugares inauditos” me refiero a los contextos o situaciones donde aparecen estos conceptos. Se trata de lugares donde, uno pensaría, no se hallarían tales términos.

Hay un contexto concreto donde los términos suelen aparecer, y es el asunto de las relaciones amorosas, noviazgos o como se les quiera llamar, pero que impliquen –los términos- una relación más o menos concreta, donde hay aquello que llamamos “amor” o “pretensiones”, y que se da entre dos personas: noviazgo, en términos llanos.

Ya tenemos el contexto concreto, pero hay un escenario específico donde los conceptos que nos interesan suelen salir a flote: cuando una persona, luego de que la relación se terminó, o después de estar intentando mucho en conseguir que la otra persona lo quiera o lo acepte, insiste en estar con el o la pretendida. En las palabras cotidianas, se suelen entender los casos anteriores bajo el rótulo “estar rogando”. Pero, lo que de manera particular me llama la atención, es que en ocasiones la gente diga cosas como “ten dignidad, ya no lo (la) busques”, o de manera análoga “ten algo de auto-respeto”. En ocasiones se suele intercambiar “autoestima” por “auto-respeto”, pero ambos conceptos son muy distintos: el primero hace referencia al campo de la psicología y el segundo ya sabemos a qué.

Como lo veo, usar los términos “dignidad” y “auto-respeto” en los casos que menciono (esto sólo en los que describí, sin duda que si hablamos de la violencia en el noviazgo, las cosas, evidentemente (gracias a los conceptos) son distintas), parece sugerir una especie de normatividad en el cómo deben conducirse las personas en los ámbitos del noviazgo –cuando se pretende conseguir tal estado o cuando ya se terminó tal estado. Lo anterior puede parecerte cosa sumamente trivial y mera pedantería de mi parte: que la gente use las palabras que quiera mientras no te afecte. Sin embargo, yo te objetaría que se trata de algo más o menos interesante y profundo: las palabras que usamos no son meros ruidos que intentan hacer referencia –en el mejor de los casos- a un objeto, sino que regularmente llevan el peso de nuestro sistema de creencias.

La discusión acerca del lenguaje inclusivo parece seguir siendo larga porque detrás de ella hay un sistema de creencias, y no cualquier tipo de creencias: son de índole moral. La discusión del aborto –que le compete ahora a Argentina pero que ha sido extendida a América Latina (por la misma razón que a continuación se dirá)- a veces suele parecer intrincada, pero es por los conceptos que se emplean, su mal manejo y, es arduo el asunto, porque es un asunto moral. Cuando queremos normativizar una conducta, o bien parece que queremos hacer que tal conducta se parezca a una “actuación moral” o que sea penada –esto es, como si la tildáramos de ilegal. 

Puede parecer extraño, pero mi intuición es que las personas que usan los conceptos ya explicados quieren decir algo profundo en una situación que no tiene nada de profundo –en términos morales. Es decir: ¿por qué usar términos jurídicos, políticos y morales para algo que es muy cercano a una decisión meramente instrumental o prudencial? Como en algún escrito escribí –parafraseando al escritor Muñoz Oliveira-: en asuntos del corazón no hay justicia, qué terrible sería que existiera la policía del corazón: a la cárcel por decirle “no” a quien no amas ni te interesa. 


Imagen: https://www.secretosdeclaire.com/2016/05/encontre-al-amor-de-mi-vida.html

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