Días de ira

Por Dante Noguez

 

A pesar de que Jorge Volpi manifiesta (muy jocosamente) en su libro Días de ira no haber descifrado todavía la utilidad de la crítica literaria, me atreveré a elaborar esta reseña crítica que, a lo mejor, ayude a recalcar la utilidad de este tipo de textos que considero herramientas indispensables para acercar personas a los libros y alejar escritores de las malas costumbres.

El libro de que tratamos está dividido en tres relatos que retratan fielmente la maduración de la escritura del mexicano. Volpi lo inicia diciendo que estos relatos son del género media distancia, término que no comparto y que creo demasiado ambicioso, por lo que los consideraré cuentos. No vale la pena entrar en dificultades. Estos tres cuentos, como ya digo, manifiestan el florecimiento de un escritor prometedor. El inicio nos muestra breves intervalos de lucidez que terminarán consolidándose hacia el final con tramas y astucias literarias atrapantes.

Empecemos. El primero, seré honesto con mi lector, es apenas rescatable. La escritura manifiesta una timidez, una inseguridad y una oscuridad que hacen trabajosa la lectura, cosa que nunca debe suceder. La lectura (sigamos a Borges y Alfonso Reyes en sus ideas) debe significar un placer, no una dificultad. Las metáforas son demasiado herméticas, difíciles de descifrar. A Volpi le preocupó más ocultarlas, hacerlas parecer interesantes y difíciles, que hacerlas bonitas y expresivas. El cuento, a ratos, solo se mantenía en pie gracias a que nos asignaba la tarea de desentrañarlo. Sin embargo, la trama y algunos ejercicios literarios logran rescatar su relato. Volpi manifiesta durante gran parte de su libro una inquietud por difundir a los escritores mexicanos y eso se aprecia: Cuesta, Elizondo, Urroz y Paz son algunos de ellos. En este primer relato, llamado A pesar del oscuro silencio, nos deja ver unos peculiares experimentos: unas cuantas veces, el narrador principal le cede espacio a una narradora para que nos cuente su versión de la historia. Lo curioso es que la narradora interpela directamente al lector: narra los hechos dirigiéndose a nosotros, haciéndonos preguntas y confesándonos inquietudes. Con ese cambio, con esa curiosa astucia, Volpi atrapa al lector, haciéndolo sentirse parte del texto. Aunque, a la par, también dedica espacios al narrador principal que no son del todo agradables: el narrador, en un ejercicio egoísta y petulante, aparentemente escribe cartas de amor, pero de amor no tienen nada porque solo están repletas  de soliloquios y desvaríos ininteligibles.

No todo está perdido, ya lo digo. Este primer cuento deja ver en ciertos momentos la promesa de un buen escritor. Durante la trama, el personaje principal intenta comprender la mítica y poderosa mente de Jorge Cuesta, el poeta mexicano (a quien admira enormemente), y narra todo el proceso que lleva a cabo para hacerlo. Quiere comprender la locura y las ansias que el poeta tenía por permanecer invariable, plasmado para siempre en el tiempo. Al final, trágicamente, ese ejercicio convierte también al narrador en un loco. Ese declive, esa degeneración psicológica, Volpi supo narrarlos con cautela y destreza.

Pasemos al segundo relato, Días de ira, que me agradó y me pareció curioso. A diferencia del primero, éste es digerible y ameno. Se deja leer tranquilamente. Volpi continúa con esa interpelación al lector. Sabe cómo atrapar al leedor dirigiéndose directamente a él, le adivina los pensamientos y simula que lo observa. En este relato, el escritor mexicano se muestra más seguro de su escritura. Se le ve una prosa más madura, se presencia un experimento posmoderno que no es nada ridículo como uno podría esperar. Volpi logra su propósito y nos sorprende, juega con nuestra identidad al meternos en el cuento, nos convierte en un personaje de la trama y nos invita a la locura. Nos atrapa entre líneas y, al final, persuadiéndonos y adivinándonos, nos hace creer que formamos parte de su libro. En este texto, la trama versa sobre cómo un libro irrumpe en la realidad del personaje principal, transformando tan radicalmente su vida que termina volviéndose loco. Esa misma trama, con el transcurso de las oraciones, se convierte en nuestra trama: irrumpe en nuestra realidad para confundirnos, para hacernos creer que somos ese loco, para movernos el piso y aturdirnos, no sabiendo ni quiénes somos cuando terminamos de leerlo. Volpi se mostró astuto para hacer esa transición e incursión en la realidad del lector. Supo construir bonitamente esa metamorfosis psicológica; supo retratar, dibujar y detallar cada paso en la decadencia hacia la locura; y supo, sobre todo, hacernos creer que estamos locos.

Por último, hablemos de El juego del apocalipsis, otro cuento, como el segundo, que nos engancha y embrolla en una trama inquietante, desasosegante y misteriosa que permite ver otro toque de locura, otra faceta de la psicología humana. Los tres cuentos son psicológicos: Volpi analiza y juega con el imaginario humano, con sus límites. Maneja con plasticidad la mente y la saca de quicio, la hace rozar y rayar la locura. En este cuento, que narra un viaje a Patmos, una mítica ciudad que es más una idea que un lugar, más un símbolo que una isla, por su íntima relación con el Apocalipsis de San Juan Teólogo, Volpi se apodera de nuestra incertidumbre y del suspenso para retenernos, para obligarnos a leer de un tirón el cuento entero. Hace un bárbaro experimento psicológico con los personajes principales, incitándolos al desborde, divirtiéndose con la fragilidad e inestabilidad emocional de los mismos. Es, como su nombre lo dice, un juego. Un juego en el que Volpi nos hace ver lo increíblemente vulnerable que es el humano en su identidad, en su razón, en sus construcciones simbólicas e ideológicas. Un personaje enigmático y delirante titiritea tan fácil y ágilmente con otros dos, que hace manifiesta lo exánime que es nuestra naturaleza. Así como en cualquier momento podemos caer muertos, también en cualquier momento nuestra frágil razón puede devenir incurable locura. En cualquier momento nuestras edificaciones ideológicas pueden convertirse en polvo.

Me quedo, pues, con un libro inquietante y atrapante. Principalmente, los dos últimos relatos son perfectos para una tardecilla de ocio. Ambos son también ideales para jugar con nuestra psique y conocer sus vértices y aristas. Con Volpi se ejecuta un procedimiento totalmente inverso al retratado por El Bosco. Ojalá después no nos sean necesarias las palabras Maestro, extráigame la piedra, mi nombre es Lubber Das.


Bibliografía:

Volpi, J. (2017). Días de ira. Ciudad de México, México: Debolsillo.


Imagen: Extracción de la piedra de la locura, de El Bosco

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