Despertar en Honolulú

Por Emilio Suárez

Son las 8 de la mañana en el Pacífico norte. Un sábado que obliga a pocos a madrugar. Por el contrario, una gran parte de la población isleña de Honolulú se dispone a dormir de más. La mañana avanza entre los sonidos y las luces de ser un paraíso volcánico, las olas reventando en las murallas de piedra negra, acordes de ukeleles acompañan escandalosos alohas que cautivan a los turistas y les hacen sentir que el viaje ha valido la pena. Será una mañana para recordar en el atolón hawaiano, la calma está a punto de extinguirse.

A las 8:19 la paz es asesinada por un flechazo que acierta en la pantalla de los celulares de miles de hawaianos. Los primeros en leer el mensaje son fósforos que con la cabeza en llamas se lanzan a la hierba seca. Avisan a sus más próximos de la inminencia del peligro, los recién despertados se asoman a su celular en busca de orientación. Descubren ahí la causa del pánico: certero, sin mayor explicación, dejando todo a la duda pero lo suficientemente verídico para no ignorarlo, un mensaje informa que un misil balístico se acerca a la isla para llegar puntual a su cita con la destrucción.

El cerebro se pone a toda marcha, de inmediato los más informados atan los cabos de una anunciada guerra nuclear. En imágenes que se sobreponen una tras otra a velocidades bárbaras, se explican a sí mismos la historia de su muerte. Imágenes de un coreano gordinflón que presencia un multitudinario desfile; rojo, mucho rojo. En las banderas, en los uniformes, en los edificios aledaños. Siguiente: recuerdos de la noche del 8 de noviembre, la cena en familia con la televisión prendida que muestra una nación sorprendida por la victoria en las urnas de un temperamental fanfarrón televisivo.

En los más viejos, la memoria celular activa los sentidos, la sobredosis de adrenalina remueve el letargo de la edad y los pone bajo cubierto. Las células identifican la sensación del bombardeo inminente, conocedores del protocolo, quienes vivieron la historia del ataque a Pearl Harbor buscan resguardo en el baño. De nuevo la amenaza asiática, son más las similitudes que las diferencias: un reino hostil que se valida a través de la agresión, el factor sorpresa, y el destino de cumplir la función de víctimas colaterales.

Los más informados, conocedores de la historia, se comprenden a sí mismos como alfiles en un tablero mundial. Son solo la avanzada oportuna de un imperio en expansión, una torre de vigilancia con la vista hacia las conquistas futuras. Muy lejos de su metrópoli y tan cerca del enemigo. Son una cara caucásica que no empata en un cuerpo polinesio. Tan lejos de Oceanía como lo están de América, en medio de la nada, apartando un lugar que nadie más debe ocupar.

Para algunos, la situación transcurre con menos sentido que para el resto. Se acaba el lenguaje en la cabeza de los miles de niños que intentan dar forma a esa mañana extraña. ¿Qué es para ellos el fin del mundo si apenas lo están conociendo? ¿Con qué palabras se explica a un menor que su vida puede ser reclamada por un conflicto ideológico del siglo pasado? Algunos padres lo intentan pero cuando se ven a sí mismos hablando de la cortina de acero, de las balanzas de poder y de geopolítica desisten del intento y ruegan por que el cariño y un abrazo simplifiquen el odio irracional del que serán víctimas.

Es solo en el momento en el que la resignación se vuelve la elección más inteligente, ahora que las iglesias descubren su capacidad máxima y las filas del confesionario dan vuelta a la cuadra, cuando un segundo mensaje produce suspiros de alivio. Con la misma espontaneidad, dando respuesta a una pregunta que nadie hizo, los condenados reciben una vibración en su celular que advierte que todo ha sido una falsa alarma. Larguísimos 40 minutos de desesperanza se esfuman para dar paso a nuevas emociones, el abanico se extiende entre la risa y el coraje. Un error humano capaz de enfermar a quienes por dos tercios de hora se imaginaron siendo la tercera población en ver sobre sus cabezas el hongo atómico. Algunos incluso fueron más allá e imaginaron las reacciones internacionales, los encabezados, mensajes televisados del presidente declarando el inicio del holocausto nuclear, algún ciberactivista actualizando los artículos de Wikipedia que hablan de Hawái, bajando el número de población total a cero.

De entre las muchas enseñanzas que nos deja esta historia debemos prestar especial atención al estado permanente de psicosis en el que no han hundido un par de brabucones bien armados. Atender las amenazas de uno es validar la pertinencia de un conflicto que va más allá de lo grotesco; haciendo un llamado a la civilidad y la razón, las armas de destrucción masiva no tienen justificación ética y mucho menos cuando se utilizan en nombre de la justicia. Que no llegue el día en el que incluyamos una población más a la lista que iniciaron Hiroshima y Nagasaki. Por ahora Hawái vuelve a la normalidad pero la lucha por una paz duradera continua.


Imagen: http://nose4news.net/wp-content/uploads/2018/01/msg-800×445.png

 

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.