DESCOLONIZACIÓN DEL PENSAMIENTO: HACIA LA CONSTRUCCIÓN DEL CONOCIMIENTO MEXICANO

Por Hugo Sánchez

 

“No deberíamos hablar más que de sensaciones y de visiones:
nunca de ideas, pues ellas no emanan de nuestras entrañas
ni son nunca verdaderamente nuestras”.

E.M. CIORAN

Preciándose de un tino reflexivo difícilmente comparable, propio de la agudeza poética de quien disecciona todo cuanto a la vista se descubre, en cierta ocasión, con el tono solemne que singularizó el Siglo de Oro español, Pedro Calderón de la Barca sentenció: “quien vive sin pensar, no puede decir que vive”; resaltando con ello, la importancia que el pensamiento por definición tiene para el ser humano. Gracias a esta idea que ha sido entintada, presentada y proyectada –como sucede con todas las cosas humanas– de múltiples formas en los más diversos ámbitos espaciales y temporales, quienes en este plano existencial preponderamos a la razón, y en consecuencia al pensamiento, de entre todas las facultades humanas, no podemos sino reputar a esta último como el requisito mínimo e insoslayable de todo ser humano, a fin de ser reconocido –o quizá constituido– como tal. Si la negación de su naturaleza desea evitar, el hombre, pues, debe pensar. En una bestia, en poco más que un muñeco de carne envolviendo entrañas, devendría el hombre sin su pensar; no cabe la menor duda.

Sin embargo, aparejado al problema del pensamiento en cuanto a su existencia (del cual podrían ramificarse otras reflexiones alrededor, por ejemplo, de la paradoja del pensamiento que hace de éste una necesidad, y a la vez un temido lastre, para la mayoría de los contemporáneos), surge otro escollo epistemológico no menos importante: el origen autóctono de nuestro pensamiento. Es decir que, después de ocuparnos de la definición y trascendencia del pensamiento, necesariamente debemos cuestionarnos si hasta el último de los tiempos hemos verdaderamente pensado o si sólo nos hemos convertido en ecos y no voces, en sucursales y no fábricas de pensamiento.

Y es que la naturaleza del sistema educativo vigente –entendiendo al mismo en sentido amplio, es decir, como el nudo compuesto por familias, amistades, escuelas y demás ámbitos sociales de donde obtenemos conocimiento– confunde al pensamiento con la memorización y la repetición de los saberes predicados por otros, haciendo caso omiso de nuestro potencial creativo, mismo que constituye una valiosa puerta de acceso al progreso tanto personal como social. De hecho, la mayoría de los “intelectuales locales” de cuyo saber nos halagamos y sentimos orgullosos en diversas áreas, al grado de imitarlos y citarlos por doquier, son los principales culpables de que hoy carezcamos de un pensamiento autóctono: ellos –haciendo las debidas y honrosas excepciones, claro está–, sucursaleros del pensamiento eurocentrista, han alimentado y extendido este tergiversado concepto de pensamiento, pues lo confunden –quizá por comodidad, por falta de ingenio o por cliché– con adopción, más no creación, y con reproducción, no así invención.

Tratándose del pensamiento, la sociedad mexicana –influida por residuos colonialistas fuertemente arraigados y difíciles de sacudir– se ha convertido en una extremidad más –junto con el resto de las sociedades latinoamericanas– del longevo eurocentrismo, negando de esta manera, no sólo sus orígenes y su capacidad creativa, sino también al conocimiento mismo. Si atendemos a la noción más básica de la generación del conocimiento (según la cual éste es producto de la interacción entre el sujeto que conoce y el objeto conocido), es dable concluir que, hasta nuestros días, la sociedad mexicana –liberada física pero no intelectual y espiritualmente del colonialismo– se ha ocupado en prohijar pensamientos correspondientes a realidades diametralmente opuestas a la nuestra. Esto, más allá de frenar todo progreso nacional, abona la férrea utopía que permea entre los hombres de ideas en nuestro país. Al haber nacido en contextos distintos, los pensamientos eurocentristas ciegamente adoptados, alejan a nuestros pensadores de su entorno inmediato. Cual globos llenos de helio, los mexicanos colmados de ideas foráneas se elevan, sin fin determinado, por encima de la realidad nacional que tanto los necesita.

Luego entonces resulta claro que carecemos de un pensamiento autóctono, mexicano, pues la mayoría, si bien con ciertas variaciones producidas por el lenguaje o por el grado de evolución, se deleita con repetir. Somos sucursales y no fábricas del pensamiento. Nadie con una mínima lucidez mental pondría en tela de juicio la importancia de pensadores tales como Hermes Trismegisto, Pitágoras, Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Guillermo de Ockham, Immanuel Kant, Francis Bacon, Rousseau, Hegel, Carlos Marx, Schopenhauer, Nietzsche, Unamuno, Max Scheler, Bertrand Russell, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Hermann Hesse y un largo etcétera; mas dicho reconocimiento no implica ni válida recostaros cómodamente en las ideas de alguno de esos pensadores, permutando nuestra labor intelectual por una simple paráfrasis. Por el contrario, debemos darnos a la tarea de crear un conocimiento que obedezca a las características de nuestra realidad, pues sólo así podremos transformarla profundamente. No perdamos de vista que todo pensamiento eurocentrista para nosotros reviste un punto de suma valía: fue gestado en el seno de una realidad distinta a la nuestra, por lo que, a lo sumo, deberá valorarse como un referente, no como un dogma.

Por ello, a diferencia de quienes hoy marcan los cauces de la intelectualidad mexicana, es necesario que las juventudes nacionales forjen una generación cuyo principal presupuesto ideológico sea el pensar distinto y originalmente. Sólo así contaremos con un pensamiento verdaderamente mexicano que responda a las inquietudes de nuestra sociedad. Sólo así la ideología empatará con la realidad, como antiguamente lo deseaba el pueblo Tenochca. Con esto no quiero decir, cual recalcitrante nacionalista, que renunciemos a todo pensamiento extranjero –empresa que de suyo resulta imposible–, pues ciertamente el valor del pensamiento no conoce de fronteras, sino de elementos mucho más profundos. Tampoco quiero decir que nos privemos del deleite ocasionado por pensamientos gestados en otros horizontes, ni mucho menos que no adornemos u orientemos nuestro criterio con ideas ajenas. Me refiero a que justipreciemos todo pensamiento que resulte ajeno a nuestra realidad, ya que de no hacerlo se corre el riesgo de prolongar el estancamiento ideológico hasta ahora conocido en nuestro país, cuyo silencio es tan sonoro como el propio ruido de los restantes problemas sociales. Si bien el conocimiento, per se, es universal, lo cierto es que no podemos hacer a un lado el entorno donde se desarrolla, pues en gran medida aquél es reflejo de éste.

La comprensión del problema representa apenas el deseo de avanzar. Para emprender la construcción del conocimiento mexicano, se hace necesaria la presencia de otros factores. Entre ellos sin duda se encuentra la implementación de un sistema educativo –entendido en el sentido amplio anteriormente referido– que a través de la exacta comprensión del verbo pensar, incentive la capacidad creadora de las personas. La memorización adoctrinada de la enseñanza tradicional, ha demostrado sus fracasos con creces. Es momento de un sistema que nos ponga en contacto con nuestra realidad, antes de introducirnos ideas ajenas, impropias de nuestro ámbito de acción. En todo caso sería válido reproducir el pensamiento eurocentrista que nos invita a la creación. Si algo debemos imitarles a las sociedades europeas es el ánimo por innovar y reformar su realidad; lo demás no es más que referencia.

El progreso social representa uno de los mayores retos intelectuales. Su complejidad no puede reducirse a unas cuantas ideas. Sin embargo, estoy seguro de que dicho progreso depende, en gran medida, de aspectos culturales e ideológicos. En ese sentido, la generación de un pensamiento eminentemente mexicano, hasta ahora inexistente, sería un factor de gran relevancia en el despertar social que tanto se ansía. La emulación ideológica que practican nuestros intelectuales, ha puesto en marcha un sinnúmero de ideas contranatura, las cuales, lejos de propiciar el progreso social, nos supeditan al vaivén de otras sociedades.

La emancipación de los pueblos latinoamericanos no se agota con el triunfo de los movimientos independentistas. Una vez derrocado el imperialismo material, ha de sobrevenir la redención espiritual que revive y enaltece nuestros orígenes. Quien prescinda de este llamado, estará condenado a vivir en el peor de los colonialismos. Quien no se atreva a repensar nuestra realidad, no sólo nacional, sino latinoamericana, fuera de todo eurocentrismo, jamás abandonará su condición de “sucursalero intelectual”. Todavía falta un eslabón por romper: extirpemos esa mente forastera.

 


 

Imagen extraída de: www.ricardomartinalmada.com

Comentarios

Comentarios