Desayuno (imaginario)

Por Guillermo Alvarado

 

Ayer en el trabajo salí a comer, al llegar al comedor todas las mesas ya habían sido ocupadas; en muchas había grupos de gente, algunas otras mesas estaban ocupadas por parejas. Pienso que el romance en oficina es una práctica de alto riesgo por la que muchos llegan a perder la cabeza y de paso, el empleo.

No llevaba mucho para merendar, había desayunado en casa y en realidad salía a mi hora de comida más por protocolo que por gusto o hambre. Utilizaba ese tiempo para mandar algún mensaje o darle alguna leída o releída a algún artículo de algún blog, sin embargo, en esta ocasión parecía que tendría que prescindir de mi  tiempo de almuerzo, pues el comedor estaba abarrotado.

Me disponía a regresar a mi cubículo cuando vi una mesa sin toppers de comida sobre ella; no había mucho más que una servilleta, seguramente se habrían ido sin tirarla a la basura. Me aproximé y me senté en la única silla que disponía la mesa, saqué mi almuerzo, el cual era nimio y algo insípido, una ensalada verde con trozos de pollo blanquecino sumamente procesado y de los cuales, costaba trabajo saber cuánto tiempo vivió aquel pollo y a qué edad fue sacrificado, pues la blancura de  su carne era irreal, como trozos de magnesio.

De pronto, casi sin percatarme, un hombre se encontraba a mi lado. Vestía de azul, mirada cansada y perdida.

-Disculpa, ese era mi lugar- me dijo con voz neutra.

De inmediato me incorporé, le tendí mis más sinceras disculpas, pero él no pareció inmutarse. No tenía expresión de enfado o de sorpresa o ninguna que pudiera un ser humano expresar, era más bien como una roca, impávido me comentó que no había problema en compartir la mesa, él ya había desayunado y sólo esperaba a que fuera hora de regresar. Dicho lo anterior, me senté robando una silla de la mesa contigua.

A cada movimiento y ruido que hacía al comer la ensalada, veía de reojo a aquel hombre de azul. Estaba esperando que comentara algo, cualquier cosa y entonces podría existir una charla amena en la hora del almuerzo, pero aquel hombre no permitía momento idóneo para conversar, tampoco era que él se mostrase frío o indiferente a mi persona, me veía comiendo y regresaba su mirada en cuanto notaba en mí el interés por platicar o tan sólo decir alguna palabra y asustar el silencio de la mesa.

No charlamos y media hora se fue como en un parpadeo, mi comida desapareció también. Sin duda en aquel edificio de escasos tres pisos, el tiempo transcurría de manera diferente que en el resto del mundo. Resignado a que no cruzaríamos palabra, me disponía a lavar mis trastos y regresar al trabajo, pero al adivinar mi pensamiento, aquel hombre empezó a hablar.

-No “soy” realmente… -hizo un énfasis en la palabra “soy”- Me refiero a que no estoy en realidad aquí, no es que esté “aquí” sentado, sino que, en algún punto del mundo, otra persona sueña que existo y que trabajo en este lugar…así que en realidad sólo dependo de que esa persona siga soñando con ello.

Lo escuchaba; su voz era neutral, no había exaltación, ni misterio, ni locura en su tono, tan sólo era un hombre sincerándose, declarando que no era más que un sueño de otra persona, que su existencia misma se veía limitada a la imaginación, al interés o el capricho de otro ser; era un hombre imaginario, literalmente imaginario.

Al notar que lo escuchaba y no hacía ninguna pregunta, el hombre siguió indiferente con su relato. Pude haberme levantado y aquel hombre hubiera continuado su confesión; no parecía importarle si lo escuchaba o no, sus palabras eran precisas, parecía que lo había ensayado o que en verdad era un ser imaginario, pues su voz era franca y no se detenía al hablar.

-Aparezco todos los días aquí, trabajo durante algunas horas, luego notan mi presencia y vengo al comedor a esconderme, a cubrir las evidencias de mi inexistencia, soy un rumor, una creación que “no debería” de existir, ni siquiera tengo nombre. Algunos me confunden con algún otro compañero de trabajo, otros me nombran al azar, además mi apariencia cambia constantemente, a veces tengo barba y otras veces soy más joven, soy lo que dicta el subconsciente de quien me sueña, no soy, sencillamente “no soy”-

Sentí lástima, al principio supuse que era un tipo con un mal día en la oficina, quizás estaba en la cuerda floja en el trabajo, quizás era su manera extraña de hacer amigos, o solo quería desahogarse y darle un panorama depresivo a un colega. Me reservé todo comentario, lo miraba y seguía con la mirada a nuestro rededor, él siguió hablando, de pronto se calló; no supe qué fue lo último que dijo, me miró con sus ojos fríos, no sabía si esperaba algún comentario o algo, intenté hilvanar alguna respuesta de acuerdo a lo que me decía el hombre de azul, pero no pude replicar nada, tan sólo asentí con la cabeza y empecé a recoger mis cosas.

Me levanté con mi topper, di un par de pasos y volteé, olvidaba mis llaves del locker, no había nadie en la mesa, no estaba el hombre de azul con facciones cansadas e inertes. Alrededor el bullicio del comedor había disminuido, muchos como yo subían a continuar con el trabajo, al salir del comedor aún tenía una extraña sensación de lo que acababa de suceder. ¿En verdad conocí a un hombre imaginado? ¿En verdad él era el producto de alguien más que dormía en otra parte del mundo? ¿O era yo el que había soñado haber platicado con un hombre imaginario? Antes de regresar a mi cubículo tuve que parar al sanitario; tan pronto entré, me vi al espejo, venía vestido con camisa, pantalón y saco azul, incluso mis zapatos combinaban, en mi rostro se divisaban unos ojos sumidos y unas facciones profundas de cansancio.

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.