Del sentimiento tragicómico de la muerte en México

Por Alexis Bautista

Sin duda alguna, una de las más grandes tradiciones que existe en México es aquella que se celebra los días 1 y 2 de noviembre: el día de muertos. Recién concluidas dichas celebraciones, hoy es un buen día para pretextar hablar de ellas, pues es bien sabido que esta celebración en México es conocida y reconocida internacionalmente (y si no pregúntenle al agente 007 o más recientemente a Coco).

En lo particular, puedo decir que esta celebración es una de mis preferidas (por no decir que la favorita), por las implicaciones que podemos encontrar en ella. Si bien el culto por la muerte no es algo exclusivo del pueblo mexicano, no conozco otro país en donde la muerte represente al mismo tiempo un símbolo de respeto y temor (por lo que en sí mismo representa), pero también la figura hilarante del destino que a todos nos espera, mediante la catrina y su representación masculina, el catrín.

Curioso es señalar que esta festividad surge del inexorable y trágico destino que a todos nos aguarda. El carácter trágico de este acontecimiento natural lo experimentamos, en todo caso, con la muerte ajena (pues nunca podremos experimentar conscientemente la muerte propia, o al menos eso es lo que se sabe), cuando la experiencia nos enseña que una vez que alguien ha muerto, no podemos volver a interactuar con esas personas. Esta perspectiva vale no solo para quienes han fallecido, sino también para uno mismo, cuando nos imaginamos que somos nosotros quienes ocupamos ese lugar. Por supuesto que tal temor, angustia, etc., aumentan cuando son seres amados con quienes sabemos dejaremos de interactuar. Independientemente de cualquier temor que tenga su génesis en el instinto natural de supervivencia, pienso que el mayor de los temores encuentra su razón en la idea de no volver a tener contacto con las personas amadas.

Pero si bien, tener contacto con la muerte nunca o casi nunca (por pensar en contraejemplos de casos agónicos de sufrimiento)¹ es agradable, celebrar este día nos brinda la oportunidad de recordar con júbilo y hasta seguir en contacto — o eso se piensa, al menos de forma espiritual— con esos seres amados que han dejado de ser, y por lo tanto de estar, entre nosotros. Es, en este sentido, que la celebración del día de muertos implica pasar de ser una experiencia dolorosa y amarga, a una festividad llena de colores, olores y sabores peculiarmente placenteros.

Luego de este tránsito que va del luto a la festividad y del llanto a la algazara, esta linda tradición deviene en irreverencia —que, por lo demás, es característica propia del mexicano. De pequeños se componen calaveritas literarias a los maestros, sugiriendo de manera cómica su muerte próxima; de grandes nos pintamos la cara imitando un cráneo, pues es la imagen que mejor ilustra a la muerte, y hasta la imitamos según el imaginario colectivo la reconoce: con guadaña y ropón negro; y, en fin, entre comida, flores y disfraces, nos detenemos frente a la muerte para reconocerla e invitarla a estar entre nosotros y hasta, por qué no, reírnos de ella (mientras aún nos lo permita, claro está). De esta forma, el reconocimiento de la muerte significa el reconocimiento de nosotros como seres, irremediable y afortunadamente, finitos. Esta actitud de recordar que algún día moriremos, debería ser estimable en todo momento, por más que en nuestro quehacer diario siempre hablemos de un mañana, como teniéndolo seguro; o, quizá, justo por esto es que tal actitud debe ser así: estimable.

Así pues, el día de muertos en México representa la oportunidad de reencontrarnos, de alguna u otra forma, con nuestros seres amados que han fallecido, haciéndoles saber (recordándonos más bien a nosotros que a ellos mismo) que se les sigue teniendo en mente y extrañando, lo que —a mí entender— se convierte también en un pretexto para compartir con nuestros seres queridos aún vivos; representa la ocasión para poder tener presente nuestro destino y no enmudecer ante a él, sino por el contrario hacerle frente y asumirlo; pues en este día, un país entero recuerda de forma nostálgica, pero divertida también, la condición en que nos hallamos en el mundo, misma que, por lo demás, nunca debiéramos olvidar.


¹ 1 En un primer momento me vinieron a la mente los casos de protagonistas trágicos griegos tales como Prometeo, siendo devorado desde sus entrañas por un ave rapaz o Sísifo y su interminable labor, etc.; personajes que por su condición nunca podrán morir. También pensé en los personajes de Las intermitencias de la muerte, quienes claman a la Muerte que vuelva a sus labores. Sin embargo, decidí omitir en el texto estos ejemplos, pues no necesariamente debemos acudir a la literatura cuando bien podemos remitirnos a casos reales.

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