Del pueblo al soberano, el ciudadano 

Por Fernando Rocha

La democracia, antes relegada por sus peligrosas deliberaciones y libertades, hoy es la forma de gobierno y de organización política considerada más viable para el mayor proyecto humano: la sociedad.

Tanto el estado natural de Hobbes, de Locke y de Rousseau desembocan natural o accidentalmente en la guerra. No obstante, el estado natural puede ser un estado de organización colectiva según el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, pero jamás cultural ni social porque es prepolítico. La política es el máximo surtidor. La política, al prometerle seguridad al individuo, le garantiza el mundo.

De por qué la política: la necesidad. De cómo la política: la palabra, el logos. De para qué la política: conservación y permanencia. De dónde y cuándo emergió la política: una íntegra propuesta filosófica es la de Rousseau en su Segundo Discurso.

En cualquier régimen político existe Estado, pueblo, autoridad, soberano, ciudadano, súbditos y gobierno. De cómo se relacionan responderá distintamente cada teoría política.

El Estado es la mejor evidencia de política, este cuerpo manifiesta un contrato social, una institución colectiva, una asociación en virtud de un interés o necesidad común, la presencia de un poder político (un gobierno sobre libres) y no de un poder señorial (un gobierno sobre esclavos). El pueblo son los miembros del Estado, son los asociados. La autoridad es el derecho de realizar un acto otorgado por otro; si el Estado es un cuerpo político donde se designa a un tercero para encauzarlo a su fin (que generalmente es la seguridad y paz del pueblo), este hecho no es más que un acto de representación: yo cedo mi poder y mi libertad a este o a estos individuos, por lo tanto yo soy autor y él, actor porque actúa por mí por autorización mía. He ahí por qué Antaki afirma en Manual del ciudadano contemporáneo que la autoridad es hacerse obedecer sin violencia, por qué Weber en El político y el científico definió al Estado como aquella comunidad poseedora del monopolio de la violencia física legítima, pues cada individuo (por eso es monopolio) otorgó derechos (de allí deviene su legitimidad) dentro de los cuales está el de sancionar, castigar. El soberano es el poseedor de la soberanía, poder absoluto para dirigir el Estado y ejercicio de la voluntad común. Los ciudadanos son individuos que participan de esa autoridad soberana, que la hacen. Los súbditos son individuos sometidos a esa soberanía (que generalmente se expresa en la ley), que la obedecen. El gobierno es el ejercicio legítimo del poder ejecutivo (fuerza del Estado para aplicar las leyes, de las cuales se encarga el poder legislativo, voluntad del Estado que determina cómo ejercer la fuerza de éste), y los individuos encargados de ellos son los gobernantes, magistrados, etc.

Así, en todo régimen político el pueblo es ciudadano y súbdito (a veces más uno que el otro), pero sólo en la democracia también es soberano. La organización del pacto social es más visible en una monarquía o aristocracia, pues el tercero, el soberano, es un individuo o una asamblea y ya no todo el pueblo. Por lo tanto, la democracia se define, más que por ser el gobierno de los pobres o por ser un conjunto de reglas que establecen el acceso al poder, por ser el gobierno del pueblo. Demo-cracia.

La ciudad está donde esté el ciudadano, como escribió Aristóteles, y ciudadano es aquel individuo que puede participar en las funciones deliberativas o judiciales, aquel que vela por la seguridad de su comunidad y, por lo tanto, de su régimen. El ciudadano no es producto ni exclusividad de la democracia, pero en ella su repercusión trasciende más que en la monarquía o aristocracia.

Los peligros de la democracia son innegables, ya Platón en República describió sus vicios y la señaló como antecesora de la tiranía. Otorgar una libertad abundante a todos es casi retornar al estado natural. Rousseau deducía un regreso al estado natural (un estado peor que el original al ya no ser puro sino producto de una extrema corrupción) después de implantarse la tiranía y desaparecer la justicia, es decir, la desaparición del bien debido a una extrema desigualdad entre el pueblo y

sus jefes. Empero, la democracia es arriesgada por una extrema igualdad, igualdad que permite rugidos de libertad en las deliberaciones, que puede masificar a los ciudadanos. Antaki escribió en su Manual que la democracia transitó por dos etapas: la representativa y la social, donde prevaleció la educación democrática y las generaciones la efectuaron en práctica social. No obstante, ahora la democracia transita por la etapa de opinión, producto no de evolución política sino de la tecnología: los medios derrocaron a las instituciones y dejaron de ser un contrapoder para ser un poder más, además de acaparar el espacio de debate de tal manera que la realidad la determinan ellos. He aquí una de las causas de la imposición y contagio de la opinión en la participación política.

Ya bastante bifurcado está este artículo como para abrir inútilmente una vía para un llamado de “concientización política”, pues a los humanos no se les recrea con llamados sino con hechos.

La agenda pública, aquel conjunto de controversias públicas que merecen la atención de la opinión pública, es el espacio donde más soberano se es, donde más se influye en el Estado. Y la participación política no es un don que deviene por la mayoría de edad, por la integración al espacio de deliberación pública. Es un requisito, una aptitud que se forja con educación cívica.

Asimismo, no basta que el régimen político sea democrático, la democracia exige que la sociedad también sea democrática, por eso, del pueblo al soberano, más que el gobierno, el ciudadano, único soberano.

Y sobre los nuevos medios de participación, de sus condiciones y politizaciones, será asunto de otra ocasión.


Imagen: https://unsplash.com/photos/3y1zF4hIPCg

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