Dejar ir

Por Arianna Carli

 

Hace ya algunos años, cuando estaba de moda enviar cadenas por mail, me llegó una que recuerdo bastante bien, era una presentación de Power Point con todo y música de acompañamiento, pero lo importante no era lo bonita que estaba, sino de lo que hablaba: el vacío, un vacío que es necesario tener para que cosas nuevas y mejores entren a nuestra vida.

Siempre pensé que lo que me costaría trabajo en la vida sería lograr empeñarme, no dejar las cosas en cuanto me aburriera o ya no fueran fáciles. Pensaba que lo difícil sería no abandonar. Sin embargo, con el tiempo me he dado cuenta de que en ocasiones lo que realmente me cuesta trabajo es dejar ir. Dejar ir proyectos, amistades, amores. Dejar ir en general situaciones que no funcionan o que ya no me hacen sentir bien.

Quienes practican el budismo entrenan su mente para enfocarse sólo en el presente. Mirar demasiado al pasado, cargar con él, nos hace olvidarnos de lo que estamos viviendo en el momento. Hay veces en la vida en las que miramos con nostalgia todo lo que solía ser y ya no es; añoramos experiencias que vivimos o personas que tomaron caminos distintos al nuestro. Otras veces cargamos con recuerdos que nos lastiman, que nos traen no más que tristeza.

Para muchos, dejar ir representa un fracaso. El fracaso de nuestros intentos, de lo que hemos invertido en cierto proyecto o en cierta relación. Sentimos que lo que estamos perdiendo se está llevando la parte de nosotros que pusimos en ese empeño, o que nuestro esfuerzo fue en vano. Pero es importante saber que la elección de dejar ir también requiere de esfuerzo y hay veces que se convierte en un acto de valentía. Aunque no lo creamos, generalmente nos premia con algo mucho mejor que lo que no queríamos soltar. Parece un cliché, pero muchos podrán afirmar por experiencia que no lo es.

Dejar ir es necesario pero también es difícil. Dejar ir algo o a alguien, puede ser, de hecho, lo más difícil a lo que nos tengamos que enfrentar, y no sólo eso, sino que puede ser que tengamos que hacerlo muchas veces a lo largo de nuestra vida, pero de ello puede depender nuestra propia felicidad.

Intentemos dejar ir aunque sea una cosa pequeña, algo que no tenga tanta importancia, un par de jeans que llevamos años guardando en el closet aunque están rotos y ya no nos quedan, sólo por la nostalgia de lo bien que nos quedaban.

Lo que nos puede facilitar las cosas es saber que hay un principio y un final para todo y que todo cambia constantemente. Sobre todo el ser conscientes de que no todo llega para quedarse. A veces el inicio de algo es el inicio de una vida y su final es la muerte, pero otras veces el ciclo es mucho más corto.

Una vez escuché una analogía en la que se comparaba al ser humano con un árbol, las partes del árbol eran personas que formaban parte de su vida: las raíces, las ramas y las hojas del mismo. Imaginemos entonces que somos un árbol: las raíces nos sostienen, nos acompañan durante toda nuestra vida hasta la muerte, personas que no importa lo que sucede, siempre están, evidentemente las raíces son muy pocas; después están las ramas, que son personas que nos acompañan durante varias estaciones, puede ser por muchos años, te hacen crecer, te hacen cambiar, te acompañan en los buenos y en los malos momentos, pero eventualmente, si llega una tormenta suficientemente fuerte, las ramas pueden romperse; por último están las hojas, que son personas que pasan por nuestra vida de manera fugaz. Perder las ramas o las hojas puede ser muy doloroso, y el problema tal vez no es que se hayan ido, sino que tal vez dentro de nosotros creíamos que esa rama o esa hoja debían ser raíces. Pero la realidad es que no podemos esperar que todas las personas sean raíces, que todos se queden para siempre, que las cosas no cambien, que las estaciones no pasen. Todas las cosas, incluidas las personas, vienen y después se van. Podemos arrastrar ese dolor para siempre, o podemos cambiar nuestra perspectiva, agradecer por lo que nos enseñaron, por la vida y felicidad que nos trajeron, y finalmente dejarlas ir.

No todo se puede dejar, hay cosas que realmente vale la pena conservar, esas son las raíces por las que vale la pena luchar y que merecen todo nuestro esfuerzo. Confío en que todos, tal vez con un poco de esfuerzo, podemos distinguir entre las cosas que deben permanecer y las que no.

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