De Verne a la humanidad

Por Fernando Rocha

¡Aún no es necedad ni suicidio del hombre, sino soberbia y progreso de la humanidad! ¡Grandeza es la que develan las guerras con la pólvora y los cañones! ¡La ciencia y la ingeniería son madres de la destrucción y la destrucción es retoño de la omnipotencia de la humanidad!

Publicada en 1865, no vaticinaba la hazaña de un siglo después sino que la comenzaba. La imaginación y el deseo de viajar a ese satélite de leche, aun cuando hayan retozado en las cavernas, se propalan y se estructuran hasta De la Terre à la Lune, no limitando el sueño humano por las ideas de un autor sino concentrando las ideas humanas en la creatividad de Verne.

Esta obra contrasta de novelas como Voyage au centre de la Terre o Cinq semaines en ballon u otras donde la historia es una aventura, pues aquí la historia es la organización de la aventura. Lo que otras obras relataban en uno o tres capítulos, ésta lo hace en su totalidad. Ora el presidente Barbicane disipa el ocio del Gun-Club con una idea extraordinaria, ora una asamblea delibera la estructura del cañón o del proyectil, ora se construye un telescopio en las Montañas Rocosas. Empero, esto no relega a la fantasía pues Verne no describe un plan para llegar a la luna sino que lo inventa y lo argumenta; empleando la ciencia ―como es costumbre del novelista―, erige el principio de una aventura.

La empresa lunar no sólo sobrepasa las capacidades de una organización como la es Gun-Club sino también el de un país: los Estados de la Unión. ¿Cómo disparar un proyectil de 19, 250 libras, con una velocidad inicial de 12,000 yardas por segundo, para que alcance al astro en su perigeo? Si toda la humanidad desea contactar a la luna, toda la humanidad debe cooperar. Así, la novela no sólo es exposición del sueño de un viaje espacial sino la de una cooperación humana: no son los gobiernos de las naciones los que aportan los recursos necesarios, son los habitantes quienes contribuyen, traspasando lo político para hallar lo humano, lo fraterno.

Pero De la Terre à la Lune no puede abreviarse a un proyecto científico y a un esbozo ético, Verne dotó a la novela de gracia para que las letras fueran contagiosas y no sólo parlantes. Militares con patas de palo, cráneos de plata, manos de gancho, oradores en Union Square y en Tampa que afilian al lector, burlas como “no se trataba más que de enviarle un proyectil [a la luna], manera bastante brutal de entrar en relaciones, aunque sea con un satélite, pero muy en boga en las naciones civilizadas”. Además, ¿qué motiva a viajar a la luna? ¿Qué comienza a emprender este prístino sueño? ¿La ciencia, la política? No. La violencia. La violencia manifestada en las explosiones de los obuses y en los fragores de los cañones. Es el retorno de la violencia a un mundo de paz lo que motiva a viajar a la luna. Si ya no es posible realizar guerras y ya no es necesario producir armamento, que esa cólera erija un cañón gigante y dispare una bala a la luna para posiblemente comenzar a relacionarse con vida extraterrestre, con los selenitas. La violencia diplomática. La cólera racional.

¡Mas aún no es necedad ni suicidio, sino soberbia y progreso! Si el lector supone que tal empresa espacial resulte salubre al medioambiente, muy pura sería su imaginación, pero quien disponga de la obra editada por Pierre Jules-Hetzel e ilustrada por Henri Mountaut y Lorenz Froelich ―publicación original― o quien su imaginación ya sea una fumarada del siglo XXI, advertirá que el ambiente no es incólume a un viaje lunar: Tampa se urbaniza con un ejército de obreros para construir el cañón y el cielo se ennegrece con el tufo de las fábricas que funden el proyectil. Ir a la luna requiere desolar la Tierra.

Así, quien lea a Julio Verne, padecerá los sueños de la humanidad aun cuando esté repantingado sobre el siglo XXI, por lo que leer De la Terre à la Lune es viajar hacia la humanidad.


Referencia: Julio Verne, De la Tierra a la Luna, RBA, 2014, 284 pp.


Imagen: https://io9.gizmodo.com/383700/jules-verne-wants-you-to-shoot-the-moon

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