De los Templarios al área de cobranza: ¿de dónde vienen y a dónde van los bancos?

Por Emilio Suárez

Eran tiempos difíciles para las rutas que conectaban Europa con la recién capturada Jerusalén. De manera ininterrumpida miles de peregrinos viajan a Oriente Medio motivados por el siempre convincente perdón de los pecados. Es el siglo XII y las Cruzadas acaban de dar su primer espectáculo de intolerancia multicultural. Los caminos son venas taponeadas de peligros: ladrones primerizos, saqueadores profesionales, avanzadas musulmanas, trapaceros y desertores militares esperan a los peregrinos europeos, cargados de dinero en los bolsillos para solventar un viaje que solía durar tres meses. Son presa fácil.

Estas son las raíces de un solicitado servicio de nuestra actualidad: los bancos. La respuesta medieval fue un híbrido de monjes – guerreros con oficinas regionales. Uno depositaba su dinero antes de partir y podía recogerlo al llegar a Tierra Santa. Cobrando comisiones y amistándose con los Reyes y el Papa, la Orden de los Caballeros Templarios rápidamente acumularon riqueza y poder; sus contribuciones al manejo financiero de nuestros días aún perduran.

El peso estratégico de los bancos radica en su capacidad de liquidez. Ya sea en el medievo o en pleno siglo XXI, el dinero tiene un costo por ser prestado, a ese costo le llamamos interés. Desde los alocados tarjetazos del Buen Fin hasta las llamadas diarias del área de cobranza, el sistema financiero global ha crecido hasta ser parte imprescindible de la economía y de la vida diaria. Hoy, con los claroscuros de su actuar, es preciso preguntarnos: ¿Cuál es la banca que necesitamos?

Son varios los dilemas morales que giran en torno a la actividad bancaria y que debemos pensar como generación. En primer lugar, resulta necesario revisar los postulados del más reciente Nobel de Economía, Richard Thaler, quien por primera vez incluyó variables emocionales a las reglas que rigen el consumo. Durante siglos, la economía se jactó de ser una ciencia exacta, dando por sentada la racionalidad de los individuos. El estudio del consumo daba por sentado que los seres humanos nos guiamos por un análisis costo/beneficio, siempre guiados por la razón.

Basta darnos una vuelta por algún centro comercial el tercer fin de semana de noviembre para descubrir una multitud de personas guiadas por todo menos por la razón. El Buen Fin demuestra ser una oportunidad para comprar más allá de las necesidades, guiados por modas o factores psicológicos de autocomplacencia. Es claro que donde los sentimientos triunfan las finanzas personales pierden, y ante una banca que ofrece mecanismos de deuda al por mayor, el consumo excesivo adquiere connotaciones éticas que involucra a ambos, a quienes consumen y a quienes lo incentivan.

Por el otro lado, aún es muy pronto para olvidar la responsabilidad de los grandes bancos en la crisis financiera del 2008, cuyos efectos se extendieron por gran parte del globo, iniciando en las economías desarrolladas pero arraigándose en las economías en desarrollo. En aquella ocasión, un manejo irresponsable de las hipotecas derivó en la creación de una burbuja inmobiliaria que al reventarse puso en peligro las casas de la población y, ante el impago, un buen número de estos bancos quebraron.

Menos sonado pero más trascendente aún fue el rescate financiero al que se tuvo que recurrir para evitar que los grandes bancos quebraran. Tan solo en los Estados Unidos, el Congreso aprobó tomar de la Reserva Federal $700 mil millones de dólares para evitar la quiebra de estas empresas. El malestar fue una reacción natural, la opinión pública no recibió con buenos ojos que dinero de los contribuyentes fuera utilizado en esa magnitud para salvar empresas que habían quebrado en un entorno de reglas conocidas. Dicho de otra manera, ¿estará dispuesto algún gobierno en salvar los pequeños o medianos negocios de la quiebra justo como lo hizo con las grandes corporaciones? La respuesta la intuimos y por eso nos genera malestar.

De camino a una conclusión, vale la pena detenerse a conocer las nuevas tendencias financieras que surgen de lo más necesitado del mundo en desarrollo. Pionero en su causa pero con una capacidad de replicación impresionante la banca social se posiciona como una opción para brindar servicios financieros a las poblaciones en vulnerabilidad. Su fundador, Muhammad Yunus, fue pionero en los conceptos de microcrédito y microfinanzas, y con la creación del Grameen Bank en su natal Bangladesh, acertó a brindar préstamos para el emprendimiento de los más necesitados. Desde su creación en 1983, las microfinanzas se han extendido por gran parte del mundo, y ante la pregunta obligada, parece que será en 2019 cuando finalmente llegue un modelo similar a México. El banco concebido dará prioridad de financiar proyectos de desarrollo local, iniciativas ecológicas y emprendimientos sociales en general.

Basta con recordarles a los grandes bancos que el enriquecimiento a través de la deuda de los hogares no puede ser desmedido. En una clara lección de la historia conviene revisar cómo terminó el poderío financiero que empezaron los Caballeros Templarios. Habiendo acumulado grandes riquezas y teniendo a la nobleza francesa con deudas imposibles de pagar, un viernes 13 de 1307 el Rey Felipe IV ordenó el arresto y asesinato en la hoguera de los primeros banqueros del mundo occidental. Quizá, uno de los tanto hogares en deudas, no se piense necesariamente en el de este humilde y puntual autor, sueñen con dar un final similar a sus deudas contraídas con las grandes entidades bancarias.


Fuentes:

Richard H. Thaler, Premio Nobel de Economía 2017. El País. Madrid, Octubre 09, 2017.

https://elpais.com/economia/2017/10/09/actualidad/1507532364_821806.html


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