De la vida ordinaria al cambio extraordinario

Por Tristan Chavero

 

Los momentos más creativos para una sociedad no siempre ocurren en los parlamentos, sino en las calles, donde las personas ordinarias influencian cambios de regímenes y agendas políticas. Las guerrillas en Latinoamérica, los movimientos “okupa” o las revoluciones árabes, a veces con características antisistémicas, exigieron en las calles, arriesgando la vida, mostrando el desprecio a un determinado sistema y la dependencia de los Estados con políticas fundamentalistas y militares; el cansancio frente a una situación económica, política y cultural caduca.

La influencia no sólo ha sido política, sino social y cultural, capaz de producir algo que la actual democracia es incapaz de producir; conciencia. Ésta es fundamental para influenciar la dirección de la sociedad frente a las actuales problemáticas globales, dígase el calentamiento global, el terrorismo o la falta de democracia.

Se trata pues, de asumir la perspectiva de las mayorías, de tal manera que se eviten las metodologías experimentales utilizadas, pero que no son compatibles con la realidad actual.

Por lo tanto, es necesario entender la vida vista desde la propia intersubjetividad, es decir, su cotidianidad y su propia epistemología como una forma interpretativa distinta de la realidad. Lograr esto es enriquecer la sociedad de significados y símbolos; a mayor cantidad de símbolos, mayor cantidad de pluralidad en una sociedad,  es convertir lo privado en público; las dos grandes esferas estudiadas en la sociología.

Por lo tanto, lo que nos interesa, desde nuestra visión de lo ordinario a lo extraordinario, es el poder de las personas y su relación con el poder del Estado para la transformación, o en otras palabras, la influencia de las acciones de las personas ordinarias y su relación con la sociedad; aquello que desde Foucault conocemos como biopoder.

Como ejemplo podemos tomar los procesos de cambios sociales, impulsados a través de esta manera por nuestras experiencias en Latinoamérica. Podemos encontrar, como apunta Boaventura De Sousa Santos, toda una epistemología del sur, donde se encuentra el Buen vivir de Bolivia, las formas de resistencia anticapitalista, en muchas ocasiones cuestionadas por los medios de comunicación de Venezuela, y todo pensamiento y acción del mundo poscolonial como reacción en contra del neoliberalismo; sin olvidar el movimiento guerrillero zapatista de Chiapas, caso que representa un claro ejemplo de cómo se puede ejercer no sólo una influencia a la opinión pública de México, sino el rebase de fronteras y la conversión de la influencia social de las mayorías de un contexto local a uno global.

Éstas y otras formas de resistencia en la vida ordinaria de la sociedad tienen un inicio en la esfera privada, pero trascienden a la esfera pública por medio de la redefinición de símbolos, desde el arte en su contexto más puro como la poesía o la música hasta la sexualidad.

Lo que esto significa es que una genuina transformación no puede provenir solamente de las políticas estatales o la mediación de terceras partes, es necesario la influencia de movimientos culturales, desde la literatura hasta las movilizaciones sociales, con el fin de enriquecer las distintas visiones de la realidad y su forma de relacionarse con ella para construir otra nueva. 

La importancia del lenguaje cotidiano y la lógica del pensamiento ordinario radica en recuperar las palabras de la gente en las calles, en los espacios públicos y abiertos, sin confundir este rescate con la “opinión pública”, producto de los medios de comunicación masivos y agencias de marketing político, sino en las filas de los establecimientos, en los mercados, en plazas públicas, en los barrios, ¿y por qué no? En los blogs y el Internet.

La vida colectiva se congrega en las calles para hablar consigo misma, y cuando no, desde sus casas con la actual tecnología,  pero siempre con el mismo fin: salir a las calles y es por ello que es la administración la que debe salir a la calle y no la calle entrar en el parlamento.  Es entonces que lo político se acuerda de que es la calle quien lo legitima, quien le da existencia, su razón y su conservación.

En esta lógica encontramos la memoria colectiva frente al olvido social, en ella, la cotidianidad forma canales alternativos de expresión, desde paredes con graffitis, imágenes tatuadas en la piel, conglomeraciones y manifestaciones populares; formas de expresión en las que confluyen lo público y lo privado, lo cotidiano y lo estructural, lo ordinario y lo extraordinario. Los escenarios tradicionales de la vida pública como los medios masivos de comunicación, los parlamentos y las instituciones, están por regla general, cerrados a la participación social verdadera, ya sea porque su acceso es muy difícil, o porque están manejados por grupos de poder.

Nuestra tarea ordinaria es contrarrestar el cierre y secuestro de estos espacios públicos, es decir, ampliar la realidad de un contexto, enriquecer de símbolos a la sociedad y  convertirnos en lo que ya somos pero no nos dicen: extraordinarios.


Imagen: http://www.lainformacion.com/disturbios-conflictos-y-guerra/guerra/cuchillos-mujeres-redes-la-tercera-intifada-ataca-a-lo-ei_kYxrNUWB12DYowcp0iScy7/

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