Cultura política

Por Brandon Ramírez

Estamos en esa época en que no importa le medio de comunicación que se consulte, lo más probable es que se vea un spot o de precandidatos, de los partidos, o del Instituto Nacional Electoral (INE). Hay muchas y diversas opiniones sobre el uso que los partidos dan a éstos, al final son un mecanismo más para atraer votos para sí, pero el caso del INE es un poco distinto, ya que éstos se mantienen de forma constante, aunque cuando hay procesos electorales aumentan en número.

La idea, es que se conozcan las labores de esta y las demás instituciones electorales del país aun cuando no hay elecciones de por medio, todos sabemos que la labor más notoria es la organización de elecciones, seguida o quizá en el mismo nivel de conocimiento está la emisión de credenciales, que la inmensa mayoría usamos como identificación oficial, pero también hay otras tareas como la auditoria a todos los actores políticos, ayuda en la procuración de justicia electoral, en la transparencia y rendición de cuentas, quizá los más ambiciosos: promover el desarrollo democrático de México, entre otras estrategias, a través de la promoción de la cultura cívica en vista de construir una cultura política-democrática del país.

No sé si el INE logra parte de esos objetivos, en particular los últimos, a través de los spots televisivos dentro y fuera de los procesos electorales, que deben ser una de las principales vías por el número de espectadores potenciales (a diferencia de las distintas estrategias y programas que el INE lleva a cabo, pero requieren presencia física de los ciudadanos) de las cuales echa mano. Suena difícil, ya que la propia idea de cultura política es, en palabras de Yolanda Meyenberg, un “concepto manuable”¹ que, según nos dice, se ha entendido de muchas formas a lo largo del tiempo, congregados en dos perspectivas: la clásica y la contemporánea.

Básicamente hay cuatro preceptos que se describen para explicar el enfoque clásico, vistos, por ejemplo, en el famoso texto “Cultura Cívica”, de Almond y Verba. En primer lugar, tenemos la idea de que existen orientaciones predefinidas en las personas que interactúan con los diferentes comportamientos políticos, lo que conforma su cultura; es decir, una serie de patrones de comportamiento en las personas que condicionan su relación con lo social. Las hay cognitivas, afectivas y evaluativas; todas ellas, condicionan la realidad social, y el cómo se constituye el sistema político.

Por otro lado, tenemos las tipologías político-culturales que permiten entender la relación espacio-tiempo en que se realizan los comportamientos políticos, existe, para los referidos Almond y Verba, el tipo de cultura política participante, súbdita (en la que ubicaron a México) y parroquial, que a su vez pueden generar subculturas que mezclen características de uno y otro. El caso democrático requiere de una cultura a la vez participante y súbdita, para que el gobierno pueda actuar con libertad, pero con la amenaza latente de la participación de la sociedad en caso de que no cumpla y genere la rendición de cuentas.

El tercer precepto es la idea de la socialización, como elemento que permite asentar los rasgos necesarios para una convivencia política deseada. Este punto me parece crucial. La socialización, que sugieren que se da en las agencias principales: la familia y la escuela, determinan en buena mediad los valores y patrones de una persona; estos son, la mayoría de los casos, los valores que de hecho en ese momento “funcionan”, y que se requieren para que el sistema político siga operando de manera estable.

Por último tenemos la consideración de que existen comportamientos políticos que tienden a alcanzar la estabilidad. Se da por sentado que hay comportamientos positivos y negativos, cuyo carácter depende de su aproximación a dicha estabilidad. Bajo el entendido de que la modernización de la cultura acompaña la del sistema político en una relación estrecha, se debe buscar esta mejora estabilizadora.

Por otro lado, los enfoques contemporáneos y en el que el INE parece enfocarse, se entiende más bien que cada caso es específico, y que depende del contexto, aunque se basa en tres principios: legitimidad, representación y participación. La ciudadanía es entendida como una categoría construida con tres elementos: el político, el civil y el social. Se le da un papel importante a la educación, para generar ciudadanos completos, capaces de ejercer esos tres elementos. Sin embargo, el cambio de percepción aplica también al extender a esta categoría un carácter multicultural, dada la diversidad cultural de muchas sociedades, siempre tendiendo a la igualdad.


Referencias:

¹Meyenberg, Yolanda; “Cultura política: un concepto manuable”, en: Alarcón Olguín, Víctor (coord.), “Metodologías para el análisis político. Enfoques, procesos e instituciones”, México: Universidad Autónoma Metropolitana, Plaza y Valdés.


Imagen: http://www.familypromisecarteret.org/wp-content/uploads/2015/03/Volunteer_Hands.jpg

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