Cultura científica

Por Fernando López Armenta

 

El abordaje de la ciencia dentro de los modelos educativos de nivel básico continúa siendo un rasgo inmaduro que puede estar provocando muchos más estragos sociales de los que se podrían considerar actualmente. La instrucción científica erróneamente se ha considerado como una orientación profesional específica para un sector de la población y no como un estilo de pensamiento general que puede ser aplicado por cualquier persona, independientemente de su profesión o de su ocupación laboral.

Para evidenciar este planteamiento basta hacer una revisión de cómo diferentes países asignan presupuestos estatales para la educación y el desarrollo científico. No es ninguna sorpresa encontrar como resultado de esta búsqueda el hecho de que, en promedio, los países con menores índices de desarrollo son también los que menos recursos destinan a la educación y a la ciencia. Cuando se habla de estos dos conceptos muchas veces se tiene la percepción de que la cultura científica es algo posterior a los ciclos básicos de formación, en los cuales la ciencia queda restringida a experimentos simples realizados en laboratorios escolares deficientemente equipados, la aplicación de los principios científicos es mostrada como una actividad circunscrita a la manipulación de algunos matraces, la disección de algún tejido, la observación de un vegetal en un microscopio y poco más, sin embargo, esta concepción de la instrucción científica no podría estar más alejada de la realidad.

Los recientes recortes al presupuesto destinado a la investigación no son más que una clara evidencia de la situación tan crítica en la que se encuentra la cultura científica en nuestro país. En un análisis realizado por el Fondo Económico Mundial (WEF) en 2015 se reportó que en México la inversión que se destina al desarrollo científico y tecnológico equivale al 0.43% del Producto Interno Bruto (PIB), cifra que se posiciona como la tercera más baja dentro de los 35 países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), mientras que otros países como Israel y Corea del Sur destinan cifras superiores al 4% de su PIB.

Aunado a este preocupante panorama, es necesario considerar el último recorte presupuestario del que fue objeto el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), ya que este organismo inició el 2017 con una reducción de casi una cuarta parte de su presupuesto anual, si se toma como referencia el monto ejercido durante el año pasado. Evidentemente, la ciencia en México está devaluada y este hecho no se refleja solo en la asignación de recursos sino en el abismal distanciamiento que existe entre la sociedad y la comunidad científica, cuando lo ideal sería fomentar el pensamiento crítico propio de la ciencia dentro de ámbitos formativos tempranos e inculcar los principios de la metodología científica como una herramienta para confrontar las distintas problemáticas a las que se enfrentan las personas en el día a día y como una estrategia cotidiana para acceder al conocimiento del mundo.

Para el fortalecimiento de la cultura científica es necesario superar la idea de que la investigación experimental únicamente se realizan en centros especializados. Cambiar esta visión nos permitiría contemplar que el mundo en realidad es un macro-laboratorio en el que cada uno de nosotros es un científico con suficiente capacidad para recabar información e ir tras la búsqueda de la verdad para poder basar nuestros actos sobre evidencias empíricas. Mantener una posición pasiva y un rol meramente apreciativo de los distintos fenómenos que acontecen en nuestro entorno puede representar un costo elevado para la sociedad, ya que el ejercicio del método científico implica poner en práctica habilidades necesarias para el desempeño exitoso de una vasta gama de actividades. Una cultura científica sólida cuestiona lo establecido, propone alternativas, motiva a la búsqueda de información, permite dimensionar consecuencias y pone a prueba los esquemas tradicionales que frenan el desarrollo de la comunidad.

Fomentar una estructura de pensamiento divergente es sinónimo del desarrollo de herramientas alternas para dar soluciones a las problemáticas que afectan a nuestra sociedad, además de que este tipo de pensamiento exige también la práctica de valores imprescindibles para la convivencia pacífica. Dentro de la cultura científica es necesario mantener siempre una postura abierta a nuevas propuestas y ser flexible ante la posibilidad de que nuestros puntos de vista puedan ser enriquecidos con las aportaciones de los demás; la solidaridad, la tolerancia y el compromiso con el progreso son algunas de las piedras angulares en las que se encuentra cimentada esta ideología.

A partir de estos puntos se puede inferir la conclusión de que el precio de truncar el desarrollo científico puede ser mucho más alto que invertir suficientes recursos destinados a promover esta actividad tan necesaria para el desarrollo de un país. Alejar a las personas de la ciencia equivale a privarlas de la oportunidad que cualquier ser humano debería tener para interactuar con el mundo a través del conocimiento de lo que acontece en él. Por otro lado, es necesaria también la reflexión autocrítica de la comunidad científica para replantear las estrategias que actualmente se implementan con el fin de vincular a este grupo de profesionales con el resto de la sociedad y superar así el paradigma actual en el que la ciencia es vista como algo ajeno a la vida cotidiana, cuando en realidad hay mucha más ciencia a nuestro alrededor de lo que podemos imaginar.


Imagen: http://fentrepreneur.org/pensamiento-critico/

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