Cuando los héroes se desploman

Por Hugo Sánchez

 

Detrás de un gran hombre siempre
hay una sarta de mentiras
.

Frente a la insignificancia inherente a todo cuanto actualmente nos rodea, –esa que hace de los actos humanos simples y vacías manifestaciones pasajeras– no podemos sino concluir, a propósito del éxito socialmente acuñado del fin que se ha instalado en la mente colectiva, que los hombres son el reflejo de lo públicamente externado o ideado sobre su persona, con independencia de la veracidad o pertenencia que tras ello exista. El hombre, ante los demás, es lo que deja o provoca ver acerca de su persona, representa una exótica planta de dudosa procedencia. Se aprovecha del fértil desconocimiento que sobre él tienen los demás, sabe que nuestra visión es corta, que la misma llega hasta donde comienza la confianza para con el otro, hasta donde los sentidos se convierten en meros espectadores y  donde los espectadores pocas veces encuentran sentido. Y es que sólo un pequeño ámbito del otro puede ser explorado y conocido, el resto, o sea el fuero interno; lo esencial, se basa en creencias y mitos de difícil comprobación. A esto obedece el gusto por la simulación (pequeño obsequio al ego con tangibles consecuencias sociales) y el respeto hacia la crítica social (a la imagen pública). El hombre pues, no es sino materia envuelta en conceptos –y, en ocasiones, tan sólo un concepto sin correspondencia material–.

Así lo aprendí entre los hombres –incluso entre quienes encarnaban mi versión sobre el éxito–. Cuando de impacto social se trata lo de menos es la cosa en sí kantiana, pues todo estriba en la apariencia, en el cascarón (visible ante todos) y no así en el núcleo (visible sólo ante nosotros). Vivimos en medio de actores, con simuladores que moran en vidas prestadas junto a falsas existencias. El incesante correteo de las manecillas del reloj –cuya velocidad, tal parece, se incrementa en proporción al avance tecnológico–, so pena de que seamos eternamente cobijados por los brazos del olvido, nos impone la obligación de ser más pragmáticos –entiéndase, superficiales– hasta cuando nos relacionamos con los demás. Ya no hay tiempo de escarbar almas y conocer el ser, conformémonos con la fachada, con la punta del iceberg, con el parecer, después de todo nada es para siempre ni verdadero –se dicen implícitamente unos a otros–. Hoy, aquí, en este juego, gana quien mejor simule (¿verdad de Perogrullo?).

¿Cómo entonces, iban a seguir viviendo mis héroes? Los estereotipos de la corrección, el ejemplo a seguir; mis héroes (escritores, juristas, políticos, músicos, artistas, etc.), desde que la razón desenmascaró sus ocultos artificios sociales se han desplomado intempestivamente uno por uno, sin excepción. Comprendí que sus “superpoderes” –tan admirados y deseados– son producto de las ciegas y obvias concesiones de fe que, motivados por la desidia, les hacen constantemente sus creyentes.

Los héroes, salvo exiguas excepciones mitológicas –propias de una dimensión distinta a la nuestra–, viven gracias al aura de impresiones que los rodean y automáticamente los alejan del natural escrutinio de la mayoría. A los héroes –que ya no son los míos– se les obvia y dispensa de cualquier demostración; en eso radica su poder, su misterio, su liderazgo, su confianza. Pocas veces se les cuestiona y descubre. Los efímeros pero universales efectos del prestigio protegen y consolidan a los héroes, seres cuya creciente incertidumbre, a la manera en que sucede con los dioses, les dota de un poder que inspira, cuando no temor, sí respeto. Héroe, consecuentemente, no es quien mejor es sino quien mejor aparenta ser. Es decir que heroísmo, lejos de lo antiguamente aceptado, es sinónimo de prestidigitación y no así de valentía o poder. Nuevamente, ¿por qué seguir creyendo en los héroes?

Si lo pensamos detenidamente, la parafernalia del heroísmo encuentra su origen –como en el caso de múltiples fenómenos que hoy afloran– en la propia naturaleza humana, entre otras cosas, reacia y temerosa al compromiso. La hipengiofobia (miedo irracional a la responsabilidad) que permea en el grueso de las personas –pues quién pondría en duda que tan sólo un puñado es capaz de encarar sus obligaciones– hace que éstas busquen desesperadamente, por vía de la religión o de la política, delegar sus obligaciones sociales y hasta personales, a quienes, cuando menos en apariencia, son capaces y están dispuestos a redimirnos de todo mal. “¿Quién desea realizar lo que me corresponde?” –preguntan implícitamente las mayorías, como queriendo disimular su flojedad–. La gente acomodaticia, es decir, la masa, siempre busca dónde desechar sus deberes para (des)ocuparse en “cosas más importantes”. Es en este ámbito pavimentado de irresponsabilidad y olvido donde nacen los supuestos héroes: hábiles contenedores –basureros– de la negligencia humana que se vende a cualquier precio.

Aún recuerdo cuando de pequeño –es decir, cuando la falta de experiencias y referentes hacía de cada minuto un momento inigualable y colmado de felicidad– miraba con profunda atención, pero más con admiración, a esos héroes sociales cuyo solo caminar los distinguía del resto. Recuerdo que su sonrisa, así como su habla y hasta su aroma, eran sumamente diferentes, propios de una especie superior a la nuestra, propios de un héroe. Bastaba cruzarse con alguno de ellos para inmediatamente reducir nuestra persona a un simple espectador más. Su presencia siempre terminaba impresionándonos tras estrechar la mano con el héroe –no se diga después de haber entablado una breve charla con él– uno siempre se preguntaba: ¿qué habrá pensado de mí?, ¿qué estará haciendo en estos precisos momentos?, ¿tomará los cubiertos de la misma forma en que yo lo hago?, ¿algún día podré ser como él?; pues románticamente se pensaba –tal y como muchos actualmente lo hacen– que el héroe, hipotéticamente parido por los dioses, pertenecía a una realidad distinta que resultaba inaccesible para nosotros. Craso error: no existen héroes ni realidades distintas –tampoco dioses, cabe decir–, tan sólo simuladores y mitos.

Confieso que, embebido por el concepto tejido alrededor de los héroes a base de rumores, en alguna ocasión traté de imitarlos; me expresaba de la forma en que ellos lo hacían, no importando si entendía a cabalidad el trasfondo de lo dicho; adoptaba ademanes suyos que me parecían, además de elegantes, únicos; invocaba sus nombres y sus frases en cualquier tertulia para blindar mis comentarios ante la crítica; presumía la cercanía que eventualmente tenía con algunos héroes; criticaba a quien no los comprendía, y, en fin, los héroes, mis antiguos héroes, eran la referencia de todo cuanto en mi vida requería de una orientación genuina.

Sin embargo, –y aquí viene el alivio– con el transcurso del tiempo –no de cualquier tiempo sino del que se encuentra repleto de aprendizaje– comencé a compartir esferas de acción con esos “metahumanos”, con los héroes, y mi concepción cambió sobremanera. Lo primero que se desvaneció fue su carácter invencible; por supuesto que los héroes no cuentan con “superpoderes”, no son perfectos y tampoco infalibles, pues a lo sumo son expertos impostores –expertos, sí, pero al cabo impostores–. Después cayó su inflada capacidad; en realidad los héroes no pueden hacer, ni en cantidad ni en calidad, todo aquello que se les atribuye; de hecho, por paradójico que parezca, son los seres más inseguros de su ideado poder, de ahí que sean los primeros en caer presa de la envidia y la descalificación. En seguida se vino abajo su filantropía –y, por ende, su honestidad–; como todo ser humano, dotado de un ego que requiere ser alimentado constantemente, el héroe no vela más que por sus propios intereses, es egoísta, no obstante, de que su actuar se disfrace de altruismo o generosidad. Finalmente, la fama del héroe se hizo pedazos; comprendí que sólo una mínima parte de su reputación es verdad, ya que el resto está compuesto por mitos calculadamente diseminados entre la sociedad. El héroe no nace ni se hace, se fabrica. ¿Ahora se entiende por qué ya no tengo héroes?

Desvelando la verdad que hay detrás de los héroes, así comenzó el ocaso de los míos y, con ello, el ocaso de mis valores compartidos, de mis fines sociales, de mi esperanza hacia mucho de lo que hay en esta vida –por más difícil y tétrico que esto resultase–. Desde que sorprendí a la ficción ocupando el lugar que le corresponde al mérito, es decir, desde que advertí como el éxito actualmente se cimienta en engaños, he decidido regirme por reglas propias, ajenas al aplauso social pero sinceras, desconocidas aunque más justas, criticadas pero únicas. Ya no persigo el éxito pues quiero mantenerme auténtico.

Cuando los héroes se desploman es posible advertir que vivimos dentro de una gran ficción en la que, si se quiere protagonismo, se debe ser un charlatán. Los parámetros del éxito hoy día son desdeñables; se premia el esfuerzo siempre y cuando éste se emplee en la simulación y no en la formación. Cuando los héroes se desploman reparamos en que todo y, por lo tanto, nada tiene un valor intrínseco. Cuando los héroes se desploman nos liberamos de imposiciones sin sentido, somos libres. Cuando los héroes se desploman se nos abre la posibilidad de emprender un verdadero cambio. Por ello, matemos a nuestros héroes. Caminemos por una senda distinta. Que de ahora en adelante, sin tapujos, nos llamen “Antihéroes”.


Imagen: http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-12-02/como-ganar-unapartida-de-ajedrez-en-solo-dos-jugadas_1110984/

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