Crónica de un día en la oficina

Por Eva González

 

Ahí estás de nuevo, como cada mañana, con el cuerpo encorvado sobre ese escritorio tan estrecho que apenas alcanzas a extender los brazos para trabajar en el computador. Tienes los párpados a medio caer y los labios entreabiertos mientras manipulas el cursor sobre las celdas del documento en el que estás elaborando el reporte semanal.

Sabes exactamente qué hacer, tecleas fórmulas, copias, pegas, insertas gráficos, modificas cifras y cambias colores. Has cumplido con esta labor durante años y ahora lo haces casi automáticamente, es como si una máquina estuviera manipulando otra, un autómata del cual apenas se nota la respiración. El resto de tu trabajo no es muy diferente, pasas tus días analizando información y calculando números.

Cuando eras joven y tenías vitalidad en la mirada, tomaste este trabajo pensando que era tu gran oportunidad, demostrarías tus conocimientos y capacidades, te convertirías en el brazo derecho de la compañía y te promoverían de puesto, porque sabías y sentías en la sangre que estabas destinado a ser líder.

Con veintiocho años, el mundo estaba lleno de posibilidades para ti, pasó el tiempo y cumpliste treinta, seguías teniendo el mismo puesto que cuando entraste. Sentiste que la rutina de la oficina comenzaba a consumirte, pero te resististe a moverte, te mentías a ti mismo diciéndote que era algo natural y que todos pasaban por lo mismo. Aún guardabas un dejo de esperanza y te seguías esforzando por sobresalir.

Cuando cumpliste treinta y tres seguías percibiendo el mismo salario, ocupabas el mismo cubículo, pero ya casi no te quedaba entusiasmo y comenzabas a mostrar signos de calvicie. A pesar de que te repetías constantemente que pronto llegaría tu momento, en el fondo sabías que si no te movías de ahí era porque estabas atorado, habías caído en un estado de comodidad que más bien era de conformidad. Recibías tu pago dos veces por mes, te alcanzaba para pagar el alquiler del departamento y los fines de semana te dabas la licencia de ir a algún bar con tus amigos, podías entretenerte gracias al televisor y la conexión a internet, salías a la plaza comercial, ibas al cine y a uno que otro café.

Ahora llevas una vida sencilla, cómoda y poco relevante, nada parecido a lo que tenías en mente cuando llegaste a trabajar a esa compañía, emocionado por los grandes logros que ibas a tener y la gran vida que te ibas a dar cuando lo consiguieras. Te veías a ti mismo almorzando con los directivos de la empresa, en reuniones con otros empresarios importantes y te visualizabas en un apartamento grande con una terraza en la que harías festivas reuniones ofreciendo a tus invitados vino y bocadillos.   

Mírate ahora, con ese viejo traje que ya te queda ajustado por los kilos que año tras año has ido ganando y esa pronunciada joroba que pesa aún más que tu portafolio.

Cuando llegaste a los treinta y seis años dejaste de soñar y de luchar, sabías que era muy tarde para tratar de conseguir algo mejor en otra empresa, así que te quedaste y seguiste haciendo el trabajo que ya conocías. A pesar de que te daban más tareas, jamás te aumentaron un peso de sueldo, pero tú lo consentiste porque ya habías aceptado que nada iba a cambiar.

Ese pedazo de hombre que ves a diario en el espejo, no es lo que querías ser y tampoco fuiste capaz de hacer algo para evitar que te convirtieras en semejante piltrafa; la luz de tus ojos se fue, el poco cabello que te queda se está tornando gris y asumes como un rasgo de madurez a esas pronunciadas y eternas ojeras que te hacen lucir más viejo y derrotado.

Has terminado con el reporte semanal, escribes un nuevo correo electrónico y lo mandas para pasar a otras cosas que al final resultan ser lo mismo.

Te levantas con tu taza en la mano y te diriges a la cafetera, sacas de tu cajón un paquete de galletas abierto y durante dos minutos sorbes el café que te dará energía para soportar hasta la hora del almuerzo.

A tus espaldas escuchas un portazo seguido de unos pasos que se acercan hacia donde estás, es tu jefe solicitándote el documento que te encargó esa misma mañana, tratas de pedirle un poco más de tiempo porque tienes otras tareas que cumplir antes, pero es inútil, esa información es para la junta de mañana y él debe revisarla antes de la reunión con los otros directivos; sólo consigues apretar los dientes y te das vuelta para seguir con lo que tienes enfrente; diriges la mirada hacia el reloj y calculas el tiempo extra que deberás quedarte para poder entregar tus pendientes del día. Sabes que deberás acortar tu hora para comer, pero piensas que es mejor así porque no tendrás que quedarte a escuchar los chismes que cuentan los compañeros reunidos en el comedor.

Por años has sido testigo las mismas quejas, los mismos rumores y las mismas intrigas salidas de los pasillos de la oficina. Eres de los empleados con más tiempo en ese lugar y ya no te sorprende lo que los demás tengan que decir para traer un poco de aspaviento en esas horas vacías de emoción y llenas de rutina.

Ya pasan de las ocho y tan sólo quedan otras dos personas al fondo del pasillo que se preparan para dejar la oficina, pronto quedas en penumbra, la luz de monitor ha enrojecido tus cansados ojos; mandas el último correo, ya puedes abandonar ese lugar en el que llevas más de diez horas sentado, pero en lugar de eso, recargas la cabeza sobre el escritorio y cierras los ojos, en esa posición te resulta difícil respirar y en lugar de incorporarte e irte a casa, te quedas dormido. Nadie más queda en esa oficina por lo que pasas así la noche.

En la mañana el personal comienza a llegar acomodándose en sus respectivos lugares después de registrar su entrada en el checador. Nadie te nota, nadie se imagina que llevas ahí toda la noche. Pasa casi una hora hasta que la muchacha del cubículo de al lado se acerca para pedirte tu engrapadora, te toca en el hombro para tratar de llamar tu atención pero no respondes, sigues inerte con el rostro sobre el teclado. Ella sabe que si te descubren dormido pueden despedirte, así que tira más fuerte de tu hombro, te sacude una y otra vez pero no respondes, la rutina y el vacío consumieron poco a poco tu vida a lo largo de todos esos años que pasaste esperando que algo más sucediera, que tus jefes se dieran cuenta de tus grandes esfuerzos e hicieran algo por ti.     

Pronto aparece una publicación en una bolsa de trabajo solicitado una persona joven que pueda cubrir tu puesto, ahora vacante. Un par de semanas más tarde hay un muchacho de veintiséis años ocupando tu mismo computador y sintiendo la misma emoción que sentiste tú cuando tenías esa edad.


Imagen: http://nutricionsas.com/nutsasreport/dieta-estilo/karoshi-muerte-por-exceso-de-trabajo/ 

Comentarios

Comentarios

Jóvenes Construyendo

Jóvenes Construyendo es una plataforma en línea que ofrece un espacio de expresión para jóvenes con grandes ideas con el objetivo de compartir puntos de vista y propuestas sobre juventud.