Cosas que no cambian

Por Brandon Ramírez

Las noticias más relevantes del último par de semanas siguen, lastimosamente, mostrando lo poco que hemos avanzado en resolver problemas que arrastramos desde hace décadas.

Por un lado, el narcotráfico sigue impactando y siendo parte de forma directa o indirecta de los titulares en los medios ya sea por la violencia asociada a su combate, su presencia en regiones donde se sigue defendiendo que no ha permeado, o bien, como en casos recientes, por vínculos -en algunos casos aun supuestos- entre personalidades con renombre nacional e internacional y algunos miembros de cárteles.

Por otro lado, la corrupción que sigue dando nuevos capítulos y escándalos en torno a los últimos gobiernos, y en general entre un gran número de actores políticos que cobran más relieve por el contexto electoral que se avecina. No deja de ser curioso que, justo después de la asamblea nacional del partido en el gobierno, que marcaba las pautas que seguirán para 2018 y el futuro a corto plazo, se publicaran noticias que señalan a algunos de sus miembros y vuelve a centrar la atención mediática en cómo se aborda institucionalmente.

Una profesora en la licenciatura tenía una lectura del sistema político mexicano que a mi parecer era bastante acertada. Por un lado, se marcaba el porfiriato como el primer entramado institucional que buscó sentar las bases de un Estado, que generó y arrastró problemas que desde la independencia estaban presentes (dispersión de puntos de violencia, falta de un Estado de Derecho, debilidad institucional democrática, entre otros), y no logró reinventarse y evitar el estallido revolucionario que generaba una segunda etapa, que encontró su culmen con la creación del PRI, el presidencialismo y un Estado omnipresente en la vida nacional, que se enfrentaba a los problemas a través de la negociación, la cooptación y en contados casos la represión; la tercera etapa irrumpió como consecuencia de una incapacidad institucional para que a través de estos mecanismos se resolvieran las tensiones sociales, con un boom en los años sesenta, y comenzó a redefinirse el proyecto de nación, adoptando eso que se suele llamar neoliberalismo, y concediendo espacios y transformaciones institucionales llegando al punto de que en los 90 se cedió la organización y autoridad electoral a un órgano autónomo (con todo lo que eso conlleva), y la mayoría en el Congreso así como la Presidencia.

Desde esa época muchos siguen diciendo que lo que nos define como Estado es que somos una democracia en transición o consolidación, sentando las bases para un nuevo país en el mediano plazo, ya sea a través de reformas estructurales o nuevas políticas, instituciones, programas, etcétera. Pero para la profesora que mencionaba, más bien esta época que inició en algún punto de los años 90, es en sí misma una nueva etapa, donde nuestro sistema político opera aun sin un estado de derecho en estricto sentido, donde no posee la cualidad mínima que todo Estado debe tener, que es el monopolio legítimo de la violencia (ejército, policía, etcétera) y sin ser aun una democracia funcional. La transición se habría dado más bien en los 90, y la consolidación democrática nunca fue parte de esta etapa de la historia de nuestro país, según esta lectura.

Y nuestro país ha vivido en estos años en esa lógica de inestabilidad constante; se tiene un marco jurídico que funciona a medias y con muchos problemas, tolerando la corrupción y utilizándola de hecho como un mecanismo más, que va reformándose constantemente y sin un camino claro; se llevan a cabo elecciones, cada una más cuestionada que la anterior, se señala la cooptación nuevamente de los partidos políticos de la institución electoral autónoma que nació siendo ciudadana, sobre la que se quería construir nuestra democracia; y la violencia pública sigue sin ser controlada por el Estado, habiendo a diario enfrentamientos entre grupos criminales o contra las propias instituciones de seguridad en un conflicto que no parece tener solución por esta vía, en un combate que lleva 11 años infructuosos y con muchos muertos como, en su día se decía, daños colaterales.

Parecería, sin embargo, que esta etapa de inestabilidad operativa, que permitía pese a todo esto a nuestro país seguir creciendo (paupérrimamente si se quiere) y dotar de cierto sentido nuestro sistema político y social, estar llegando a su límite. La profesora que mencionaba, en una plática reciente que tuve con ella, señala en ese camino, sin tener claro si la elección de 2018 será, gane quien gane la presidencia, el punto de inflexión de dicho cambio de época, en el que se atienda, esos problemas que desde nuestro origen como país arrastramos (la falta de un estado de derecho, una democracia y la institucionalización de la violencia pública).

En otros países de nuestra región, con quienes, si que podría valer una comparación dada la cercanía histórica y cultural, la corrupción es cada vez menos tolerada, y grandes personalidades políticas son llevadas a procesos judiciales. El contexto internacional que está cada vez más incorporado en todos los contextos nacionales, quizá pueda sumar una presión más para que la siguiente etapa de nuestro país, en términos de sistema político, sea menos permisiva con estos temas y se avance, al menos, en atacar alguno de esos déficits.


Imagen: http://hazlodiferente.com/wp-content/uploads/2013/05/Una-esfera-inmutable.jpg

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